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Un día de campo en la ciudad

Un día de campo en la ciudad

viernes 02 de junio de 2006, 00:00h
Hace 75 años que la Casa de Campo pasó a manos de los madrileños. Desde entonces, este gran pulmón verde se ha reinventado a sí mismo.
La Casa de Campo no es sólo un parque. Después de más de 500 años de historia, de los que los últimos 75 ha pertenecido al pueblo de Madrid, ha atesorado un sinfín de joyas naturales y paisajísticas. Conserva las huellas del campo castellano en sus parajes -Garabitas, Rodajos, el Zarzón, el Bosque de las Siete Hermanas- pero está salpicado de elementos que la distinguen, la personifican y la hacen única. Proponemos un recorrido insólito en el que el paseante, ciclista o caballero que la recorra descubrirá cómo este pulmón verde se ha reinventado a sí mismo.

Hace ya 75 años que la Casa de Campo pertenece al pueblo de Madrid. El 1 de mayo de 1931, miles de madrileños bajaron desde la ciudad para pasar el Día del Trabajo en la Casa de Campo, hasta entonces un lugar reservado a la realeza y que ese mismo año, tras la proclamación de la II República, dejó de ser entorno exclusivo de monarcas y pasó a manos de los ciudadanos, que empezaron a disfrutarla. El 20 de abril, el Gobierno de la II República, en una de sus primeras decisiones, se inautaba de las 1.800 hectáreas de este parque y las cedía, por decreto, al Ayuntamiento de Madrid, con la condición de que lo dedicara a 'recreo e instrucción' de los madrileños.

La decisión del presidente del Gobierno provisional de la República, Niceto Alcalá Zamora, transformó la fisonomía y el carácter de este gran parque, que ha sabido reinventarse a sí mismo conservando trazos de la nobleza que la cuidó y la poseyó pero volviendo los ojos al campo castellano y a la serranía madrileña. Este monumento histórico artístico es variopinto y diverso; en el asoman desde centros de divulgación de fauna -cigüeñas, mariposas, ardillas- hasta valiosos monumentos como el Puente de la Culebra, diseñado por Sabatini Pero hay más, mucho más. Y entre pinares y encinas hay hueco para un gran lago, el zoológico, el Parque de atracciones, la cantería municipal o el Teleférico y hasta un Paseo Gastronómico, un recinto ferial, el Instituto de la Vid y el Vino o la Escuela de Hostelería.

La oferta es tal en esta larguísima extensión de terrenos - casi 1.800 hectáreas- que conocerla en una mañana no es cosa fácil, sobre todo si se hace a pie. Desde luego la bici o el caballo hacen más asequible un recorrido prohibido para vehículos a motor que comienza en la Puerta del Rey desde la que, por la carretera principal, se alcanza a ver el Bosque del Molinero, una de las extensiones de olmos más destacada de la Casa de Campo y que se trata cada temporada contra la enfermedad letal de esta especie, la grafiosis. Continuando por la carretera paralela al lago se pasa por delante del Mirador, una pequeña colina que ofrece una vista parcial del paisaje campestre de este parque. A la izquierda se deja ver ya el arroyo Meaques, que nace en la Venta de la Rubia, en Alcorcón, y después de atravesar a Casa de Campo desemboca en el Manzanares, al sur del Puente del Rey. En el entorno de su pequeño caudal crecen fresnos, chopos y olmos, además de encinas y pinos, y algunas especies algo más artificiales como los plátanos.

Rodando por la misma vía llegamos hasta el Pinar de las Siete Hermanas, donde unos inmensos ejemplares de 150 años de edad convierten al que los admira en una criatura insignificante. Y a sus pies, uno de los principales problemas de la Casa de Campo, según cuenta el subdirector general de Zonas Verdes del Ayuntamiento, Santiago Soria. Se trata de la arenisca "una arena de descomposición del granito de la sierra, que no tiene consistencia alguna ni se compacta. Es culpable de las numerosas cárcavas que se forman por la erosión y las lluvias en el pie del monte", donde con frecuencia se abren hondas heridas y surcos que entorpecen el paso y arrastran la arenisca hasta otros suelos de vegetación, "algo que sólo se puede combatir revegetando y dejando el pasto segado en el suelo". Aunque estamos a principios de junio y la estación estival aún no ha llegado, el campo aquí ya amarillea. Para prevenir el riesgo de incendios los operarios y encargados de su cuidado han segado las zonas más peligrosas y fáciles de sufrir fuegos, procurando así no ponérselo más difícil a las llamas.

El siguiente destino en este itinerario son los terrenos ganados al soterramiento de las vías de la línea 10 de Metro, una obra que, en el año 2000, devolvió a la Casa de Campo cinco hectáreas de terreno. Para ello se toma la misma carretera, llamada de Rodajos, en dirección al Zoológico, que quedará a la derecha. Giraremos a la derecha en la rotonda del Zoológico, que deja ver una zona propia del ajardinamiento urbano y que contrasta con el carácter campestre y salvaje del paisaje típico del parque. Frente a la rotonda se eleva el Pinar de la Virgen, que esconde una pequeña ermita con una imagen de María, venerada por algunos visitantes.
La Casa de Campo, en cifras

Por la carretera que va hacia Boadilla del Monte se alcanza por fin otra de las entradas a la Casa de Campo, la de la estación de Metro que lleva su nombre y frente a la que se extienden los 55.000 metros cuadrados recuperados en los que con las más modernas técnicas, como la hidrosiembra, se devolvió la naturaleza a estos terrenos. Se sigue el muro que rodea buena parte del parque hasta alcanzar, en el Batán, el pozo de aguas freáticas que, el 18 de agosto de 2005, fue recuperado para proveer al Arroyo Meaques de un caudal adicional. Un total de 45 metros cúbicos a la hora han permitido crear una pequeña vaguada artificial en la que no sólo crecen nuevas especies vegetales -sauces, chopos, retama- sino que se refrescan algunas aves, como ánades o patos. Y junto al nuevo arroyo del Pozo de Batán crece con muchas ganas un pinar de unos cien ejemplares. Hasta ahí la cosa no tendría nada de peculiar si no fuera porque cada uno de estos jóvenes ejemplares, de más de dos metros de altura, fueron trasplantados en plano mes de agosto, traídos desde los aledaños de la comarcal 111. Ninguno ha muerto.

Estamos ya en la zona del Zarzón, posiblemente una de las más bellas, sino la más bella del parque. Entre los restos de la Guerra Civil y la Senda Botánica se abre paso el Puente de la Culebra, de Sabatini, bajo el que pasa en todo su esplendor el arroyo Meaques, entre una frondosa corte de árboles y arbustos. Junto al puente de la Culebra se aprecia una fresneda protegida que incluye el ejemplar conocido como 'Árbol del ahorcado'. Bordeado el muro, por el camino perimetral que discurre paralelo al Camino de Húmera alcanzamos el Cerro del Espinillo desde el que sale una pista forestal en línea con el Arroyo Rodajos, el cual hay que cruzar para alcanzar, más adelante, una de las torretas para vigilancia, desde la que se otea el imponente paisaje madrileño, con este bosque y el Monte del Pardo en su costado.

Un camino de grava especial para bicicletas de 13 kilómetros de longitud lleva al paseante hasta el Encinar de San Pedro, cerrado al público desde 1997 por reforestación y en el que, sin embargo, con cita previa se puede visitar el mariposario, el insectario, el centro de cría de ardillas y el de cigüeñas. El recorrido toca a su fin dejando atrás el Puente Colorado, un antiguo viaducto recién restaurado y que salva el Arroyo Valdeza, el mismo que da nombre al camino que nos lleva hasta el Paseo de Piñoneros y al conocido quiosco de la Manzana.
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