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Violencia de género verbal

Violencia de género verbal

lunes 03 de marzo de 2008, 00:00h
Una nueva muerte de una mujer a manos de su pareja en Madrid y tres más en el resto de España en un solo día. Eso si que es una jornada triste para todos, insisto para todos. Pensando en ello de vuelta en el Cercanías se me viene a la memoria otro triste caso de maltratos, pero, sin embargo, diferente.

Comenzare con gran cautela, al saber de antemano que me adentro en un terreno fangoso y lleno de espinas, como es plantear una visión diferente en el tema de la violencia domestica. Una perspectiva diferente a la de victima femenina y varón maltratador. Quiero sobrevolar estos conceptos para poder, con una mayor perspectiva, plantear mi visión de este gravísimo problema. Por ello creo que es más certero usar el concepto de violencia de pareja, dejando el de machista para aquellos casos en los que se demuestre la culpabilidad del hombre.

Creo que cuando una mujer es agredida por su marido o incluso éste le causa la muerte, ha de caer el peso de la ley con toda su fuerza sobre el agresor, pero qué ocurre cuando un hombre es maltratado por una mujer. Cuando yo he planteado esta duda frente a otros seres humanos en alguna reunión, lo primero que he encontrado es un silencio seguido de miradas de los unos a los otros. Un silencio confuso, un sentimiento de incomprensión y sorpresa, porque las mujeres no pegan o apuñalan a sus maridos, ellas no hacen esas cosas, ni tampoco los maltratan psicológicamente.

Sin embargo no es difícil encontrar a nuestro entorno alguna pareja, en la que la mujer lleva los pantalones y maneja la vida de su pareja sin ningún pudor, incluso las hay que ejercen sobre el hombre un acoso psicológico extremo, hasta la aniquilación psicológica de éste. ¿Creen que esos hombres, que no son pocos, ponen una denuncia por malos tratos? No, porque lo más seguro es que en ese caso ya no sea solo su mujer la que se ría de él, sino que serán sus pares los que le marginen por 'calzonazos', así y con estas palabras.

Basta con teclear en Google la frase 'hombre maltratado por su mujer' y ¡qué sorpresa!, aparecen muchas noticias, como por ejemplo la de la mujer que mató a su marido con una escopeta de caza, cuando éste intentaba entrar por la puerta de su casa tras una estancia en la cárcel. La mujer reconoció el crimen, pero fue absuelta por la eximente de “miedo insuperable” hacia los posibles malos tratos que el marido podría haberle hecho al igual que lo había hecho en el pasado. Yo me pongo en su lugar y ciertamente debió de ser un miedo extremo. Ese homicidio fue disculpado por la experiencia anterior, llena de malos tratos públicamente conocidos. Un sufrimiento que la llevó a perder la cabeza y actuar en defensa propia.

 Esta noticia me ha traído a la memoria  un caso que me conmocionó en un pasado reciente: el de una pareja de personas un poco más allá de la mediana edad y con una triste historia. Esta pareja se separó a una edad avanzada para sorpresa de casi todos los que les rodeaban. Una pareja ejemplar, según opinión de todos los que les conocían. Sin embargo, la realidad era otra: ella era una persona con una enfermedad mental hasta ese momento desconocida para ambos y él, un hombre dedicado a ella y que puso todo la carne en el asador incluso la suya física por hacerla feliz, pero la enfermedad de su mujer se fue haciendo cada vez más presente y le hizo colocar a su marido en el punto de mira como su enemigo.

Toda su historia en común fue cambiada. Los recuerdos, tergiversados para mal, incluidas todos esas confesiones privadas y miserias que todos los seres humanos tenemos y mostramos a nuestras parejas como muestra máxima muestra de cariño se airearon para su mayor humillación pública. La rabia, la vergüenza y la frustración acompañaron a muchos de los que les conocimos, al contemplar tan desigual batalla en la que el trataba de entender el por qué de su mala fortuna e incluso disculpaba su agresividad, a pesar de no entenderla.

Aquellos que convivimos con esta pareja y sufrimos en tercera persona aquel infierno hubiéramos entendido que él, en un arrebato de ira, hubiera llegado a hacer algo realmente dramático. En algún momento el también lo pensó y se deshizo de algunas armas que guardaba en su casa como recuerdo de una afición ya lejana, ya que no se sentía seguro de que en un momento pudiera perder la cabeza y hacer una locura sobre ella, sobre él mismo, o sobre ambos.

El protagonista de tan triste historia separó su vida de la de ella con la ayuda de sus hijos en la última recta de su vida, pero me pregunto qué hubiera ocurrido si, en alguno de esos ataques de su mujer, hubiera perdido la cabeza por los insultos e injurias que recibía de su agresora, cuchillo de cocina en mano como solía hacer. Pienso que con la mayor injusticia del mundo se le pondría la etiqueta de maltratador y acabaría con sus huesos en la cárcel.

La muerte de estas cuatro mujeres me entristece e indigna, igual que la de otros hombres que también han sido maltratados o muertos a manos de sus mujeres. Me pregunto si el protagonista de mi historia contaría con el beneficio de la duda. En España no está bien visto, especialmente si tienes cierta edad, que tu mujer te maltrate; por eso algunas de las víctimas de los malos tratos, especialmente los hombres hay que buscarlos en las columnas de sucesos donde aparecen los suicidios.
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