Hoy, cuando se cumplen cincuenta años de la muerte del dictador más criminal que ha padecido nuestro país durante la edad moderna, Gabriel Tortella, con quien guardo una antigua amistad, pero con quien difiero radicalmente en lo político, ha publicado el artículo «La verdadera naturaleza del franquismo» en el The Objective, en el que sostiene que «hoy el franquismo no tiene la menor vigencia política y, si tiene un residuo de ella, se debe al prestigio que le presta el impostado antifranquismo del sanchismo».
Bien sabe Gabriel Tortella que el sistema político franquista colapsó en 1957 y que el rescate practicado por el Banco Mundial, si bien lo salvó, hizo más imposible, si cabe, su viabilidad. Fue entonces cuando aquellos sectores del franquismo, que tuvieron la perspicacia suficiente para comprender lo que ocurría, empezaron a construir caminos a través de los cuales incorporar, en la mayor medida de lo posible, las instituciones del franquismo a un sistema político que, como los vigentes entonces en el resto de Europa occidental, consideraron que ineludiblemente llegaría en nuestro país. Por otro lado, se inició, a partir de 1962, un ciclo movilizador protagonizado, fundamentalmente, por una gran parte de los trabajadores, tanto en las fábricas como en los barrios, las regiones históricas del país –Cataluña, el País Vasco y Galicia–, los sectores liberales democráticos e intelectuales y artistas, con el objetivo único de acabar con el franquismo y constituir un sistema político democrático, también, como los europeos.
Así pues, el conflicto político habido, entre 1962 y 1976, no fue entre franquismo y democracia, sino entre democracia con franquismo o democracia sin franquismo o, como se denominó, ruptura democrática.
Aun con todo, la batalla fue dura, durísima para los demócratas: decenas de los cuales siguieron siendo torturados en las comisarías de la Policía o asesinados en las calles, así como otros miles encarcelados o exiliados. Aquello no fue una catarsis
que nos hiciera comprender que debíamos superar nuestras diferencias para transitar como hermanos por el camino de un nuevo sistema político. Al contrario, fue un dramático enfrentamiento que acabó con una inequívoca victoria de aquellos que pretendían incorporar el franquismo con naturalidad a la democracia porque, como advirtieron Fernando Claudín y Jorge Semprún en el seminario de Arras de 1963, los demócratas no logramos el apoyo social suficiente para inclinar la balanza a nuestro favor. Fue una derrota sin paliativos, prueba de lo cual es que la democracia naciera institucionalmente en un espurio parto de las propias Cortes franquistas, en vez de hacerlo en un proceso constituyente nacido de una movilización popular, es decir, según el modelo habitual que había caracterizado desde 1879 a los cambios políticos radicales en Europa. En definitiva, no hubo transición, sino un tránsito del franquismo hacía la democracia a costa de un trauma para los demócratas. Y como todo trauma, lo reprimimos o sublimamos con la democracia y con la incorporación al mundo occidental que acababan de llegar. Fue un trauma para una parte de la población que, además, se intentó cauterizar con el imaginario de la transición.
(De todos es sabido que las ratas negras, que son parasitadas por las pulgas que trasportan, a su vez, la bacteria que produce la peste, habitan en reservorios que a veces abandonan, sin se sepa muy bien por qué, dando lugar, así, a la difusión de esta mortal enfermedad).
Mientras tanto, el franquismo se ubicó en la democracia con aparente normalidad, pero lo cierto es que, según se fueron democratizando las principales instituciones políticas y sociales, lo cual requirió mucho tiempo, fueron constituyendo reservorios desde los cuales no han dejado de pervertirlas para liquidarlas o para hacerlas lo más parecidas a su añorada dictadura. Desde hace algunos años, las ratas franquistas han abandonado sus reservorios, y están infestado e infectado la sociedad democrática. Y no parece que esta peste tenga cura. No parece que seamos capaces de hallar el antídoto. Querido Gabriel, si no lo encontramos pronto, me temo que lo residual acabará siendo la democracia. No sería la primera vez que ocurriese.