La final de esta
Copa del Rey venía calentada por el
melodrama arbitral de la previa. Un tira y afloja entre Florentino y la Federación, resumido en dos tuits: “Al Madrid la comunicación le sale como la presión adelantada” y “No hay mago de la comunicación que pueda contra este tinglado”. Porque más allá del chorrafuerismo de los unos y el farolazo de los otros, queda una verdad innegable: los jueces se sienten más “presionados” por una televisión privada que por
los millones que el Barça les repartió durante más de veinte años.
El Clásico volvió a llevárselo el Barcelona, pero poco tuvo que ver con las anteriores entregas de esta temporada. La primera parte fue de los de Flick, la segunda de los de Ancelotti, y la prórroga, un fifty-fifty que cayó del lado de los azulgranas.
La cosa empezó tras una americanada. Es curioso, porque el show era técnicamente impecable, pero tenía algo que hacía imposible no rechazarlo como algo ajeno, más propio de la NBA que del fútbol, más del Madison Square Garden que de La Cartuja. Y eso que la profusión de rastas entre los jugadores le dotaba de algo de naturalidad.
Al turrón: lo cierto es que ni siquiera el 4-4-2 (Mbappé, aún tocado, fue suplente) que alineó Ancelotti sirvió demasiado para protegerse del buen fútbol del Barça. Durante los primeros 45 minutos, el Madrid apenas consiguió acercarse a la portería rival, pero tampoco asentar un bloque sólido, ordenado, que repeliera los ataques culés. Los efímeros –por fallidos– intentos de salida partían al equipo y dejaban un éter en el que flotaban los Pedri, Olmo y compañía.
Lucas sufrió mucho en transición: podría decirse que su aporte defensivo se limitó a desactivar, palo mediante, al que más cerca le pillaba, para luego correr hacia atrás ya rebasado. Después de un par de llegadas no demasiado peligrosas, llegó el golazo de Pedri (28’)… Lamine pisó línea de fondo por la izquierda y todo el Madrid –casi que todo el madridismo– basculó demasiado hacia el costado, dentro del área, y nadie se preocupó de la llegada en segunda línea. Ahí fue donde apareció el mediapunta canario para poner un derechazo en la escuadra.
La más clara del Madrid fue un gol en fuera de juego de Bellingham, tras pase mágico de Ceballos. Él propio Jude había iniciado la jugada, con una salida de presión impresionante en su propia área. Se hizo evidente que esta iba a ser una de las claves: que el inglés apareciera más abajo –en iniciación, que diría un panenkinta–, para aumentar las posibilidades de construir algo decente.
En la primera parte el Madrid no hizo mucho más. Vinicius, torpón; y Rodrygo…¿Dónde estaba Rodrygo? Se hizo evidente que había que encomendarse a Mbappé, tanto que Ancelotti lo metió en el descanso (por Rodrygo, lógicamente).
Por lo que fuera, el Madrid salió cambiado, y se vio ya en los primeros minutos. Otra vez Bellingham fue el que robó, dribló, y pasó a un Vinicius que no supo definir. El brasileño tuvo otra cinco minutos después, tras el primer caracoleo de Mbappé. Vini hizo lo que había que hacer, pero tampoco estuvo suficientemente fino. A partir de aquí fue cuando el Madrid se engrandeció y el Barça quedó un poco noqueado. Entraron pronto Güler y Modric (Valverde pasó al lateral derecho) para apuntalar un mediocampo que estaba ya roto, y funcionaron. El turco está muy cerca de ser lo que necesita el Madrid: volvió a hacer un partidazo de centrocampismo, sin dejar que su duende despreciara la seriedad necesaria para el puesto, pero sin esconderlo del todo. Estuvo bien colocado, abarcó campo y ganó duelos
Si Mbappé estaba renqueante, no se notó. Recibió en tres cuartos, salió de la presión con un caño y, con la pierna ya armada en boca de gol, se lo llevaron por delante. Igual la tarjeta roja habría sido mucho, pero la amarilla la acogió con gusto cualquier barcelonista. La falta la tiró el propio Kylian a gol, cruzada, a la cepa del poste de Szczęsny (70’).
En este punto, el Madrid ya era un equipo muy peligroso, y no tardó ni diez minutos en marcar el segundo. En el 77’, Tchouameni cabeceó a gol un córner bien servido por Güler. Se antojaba más probable que llegara el tercero del Madrid antes que el empate del Barça, que fue lo que acabó ocurriendo: marcó Ferrán el 2-2 en el 83’. No sé si Rüdiger ya estaba mermado (poco después lo envolvieron en vendas cual Tutankamon), pero ni él, ni sobre todo Courtois, que salió en falso, estuvieron nada finos. Errores que no desmerecen la grandísima asistencia de Yamal.
En el descuento, el Barça metió un arreón y, de no ser por el VAR, habría evitado la prórroga. En el 96’, Raphinha se metió en el área y Asencio intentó pararle con una entrada doblemente torpe y temeraria, por el lugar y el momento. De Burgos señaló penalti y el madridista, más que protestar, se echó las manos a la cabeza de lo claro que pareció en directo. La repetición desengañó a espectadores y colegiados: piscinazo de Raphinha, penalti anulado y prórroga.
La prórroga fue muy prórroga: dominó más el ímpetu que el fútbol. Algún golpe suelto de ambos lados y el crochet ganador de Koundé en el 115’. Ni Modric debió dar ese pase, ni Brahim esperarlo. El defensa francés cortó el cable y, desde la frontal, la pegó rasa al palo cruzado. Todavía tuvo tiempo el Madrid de un uy, con un penalti a Mbappé que se anuló por fuera de juego. Fue sólo un estertor de muerte. El Barcelona levantó la Copa del Rey, pero el Real Madrid perdió como se debe.