La etapa de 0 a 3 años es crucial en el desarrollo emocional de las personas. En este período, el cerebro infantil se encuentra en pleno proceso de formación, creando conexiones neuronales que influirán en su forma de relacionarse con el mundo y consigo mismos a lo largo de la vida. Por ello, las buenas prácticas educativas son fundamentales para garantizar su bienestar emocional y construir una base sólida para su desarrollo integral.
La salud emocional de los niños a tan temprana edad está directamente relacionada con la calidad del vínculo que establecen con sus cuidadores y educadores. Un adulto que responde de manera sensible y consistente a sus necesidades, tanto físicas como emocionales, fomenta la formación de un apego que resulta esencial para que desarrollen una autoestima saludable, la capacidad de gestionar el estrés y habilidades sociales positivas.
Koala Soluciones Educativas, filial de Clece, cuida a la infancia, aplicando los principios de la pedagogía pikleriana (una propuesta educativa ideada por Emmi Pikler que promueve establecer una relación vincular con las niñas y niños proporcionándoles unos cuidados personalizados y un marco de vida estable, adaptado a sus necesidades, sustentado en dos principios fundamentales: la actividad autónoma y el movimiento libre. “Nuestra labor consiste principalmente en colocar los cuidados en la base central de nuestro acompañamiento”, resume Laura Calleja, coordinadora pedagógica de Koala Escuelas Infantiles. “Para nosotras es fundamental hacer de las rutinas cuidados de calidad a lo largo de todo el proceso de enseñanza y aprendizaje porque en el ciclo de 0 a 3 años lo cotidiano lo es todo. Es la base de cualquier aprendizaje futuro y, sobre todo, el pilar de un desarrollo saludable”.
En su continua labor de mejora, la compañía ha organizado unas jornadas educativas con el título ‘Transformando la escuela’. Según Calleja, “este tipo de encuentros permiten tejer una red de cultura de infancia, de personas que cuidan a las niñas y niños desde el respeto mutuo, la dignidad y el buen trato”. La coordinadora explica además que estas jornadas “son muy necesarias porque la reflexión y la conciencia en primera infancia son imprescindibles”.
Laura García Pérez, de Crecer Sumando, fue una de las ponentes de la jornada. La psicopedagoga comenzó su intervención con una ‘lluvia de ideas’ sobre los ingredientes necesarios para fomentar las buenas prácticas en la educación temprana: empatía, escucha, comprensión, paciencia…
Continuó con la exposición ‘Buenos tratos y buenas prácticas en 0-3 años para una buena salud emocional’, en la que resaltó el valor de la Ley Integral de Protección a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia (LOPIVI), aprobada en junio de 2021, que manifiesta la importancia del respeto mutuo, la dignidad del ser humano, la convivencia democrática y la resolución pacífica de conflictos, el derecho a la protección y la igualdad de oportunidades y la prohibición de cualquier tipo de discriminación.
En el modo ‘automático’ del ser humano, según García Pérez, “no siempre sale cuidar bien y respetar a las personas”, sino que es algo que debemos “construir cada día”. La psicopedagoga insiste a su vez en la importancia de desterrar creencias antiguas (el ‘se ha hecho así toda la vida’) para construir buenos tratos: “Tenemos creencias personales que nos generan un sistema de valores, y tenemos que saber cuáles de ellas nos impiden ver la realidad tal y como es”. Frente a ello, García Pérez propone centrarse en “las evidencias”, pues “desde las creencias no podemos dar valor a la educación y practicar correctamente el buen trato”.
El enemigo número uno del cerebro a la hora de relacionarnos desde el buen trato, sostiene Laura García Pérez, es el cortisol. “En cantidades elevadas, es una sustancia tóxica que nos hace ir por la vida enfrentándonos a los demás, protegiéndonos desde el ataque y la huida (el llamado secuestro amigdalar)”. Frente a ello, es necesario aportar oxitocina a través de “la escucha, el apoyo, la calma, el silencio, la compañía… Aunque no funcione inmediatamente, son semillas, que quizás tarden en crecer, pero que hay que seguir regando”.
El proceso de formación del cerebro humano tiene lugar durante los primeros tres años de vida. Es por ello que Laura sostiene que la educación en esta etapa es “un trabajo de suma importancia, muy relevante para la sociedad”. Esto es aún más evidente al tener en cuenta que el ser humano es una especie muy altricial: “Nada más nacer, comenzamos un periodo en el que no podemos vivir sin el cuidado del otro. Un bebé no puede ser independiente, ya que de ello depende la supervivencia, biológicamente hablando”.
Para practicar los buenos cuidados, “hay que generar cambio, tenemos que ser lo que queremos, empezando por uno mismo”, afirma.
En conclusión, la coordinadora pedagógica, Laura Calleja, reitera la necesidad de poner a la infancia en el lugar en el que se merece: “Invertir tiempo en el campo de la educación allana el camino hacia la empatía y hacia la conexión con la esencia de la naturaleza de la infancia”.