Los teatros municipales de la Capital están brindando a las nuevas generaciones la oportunidad de ver el gran repertorio, ese que ha sido sistemáticamente ignorado en los últimos años. Tras Luces de bohemia e Historia de una escalera, llega Los gigantes de la montaña y, después, La señorita de Trevélez.
Luigi Pirandello falleció en 1936 dejando inconclusa la obra Los gigantes de la montaña. A pesar de eso, al año siguiente se estrenó en Florencia y recorrió los teatros de las capitales más importantes. A España no llegó hasta el año 1977, cuando la dirigió Miguel Narros en el teatro María Guerrero, con Ramiro Oliveros, Aurora Redondo, María Cuadra y Francisco Merino entre otros intérpretes. Imanol Arias asomaba por allí la cabeza. La versión en español fue de Enrique Llovet.
En 1999 se representó en el Teatro Nacional de Cataluña, dirigida por Georges Lavaudant. A Madrid no ha vuelto hasta ahora, casi treinta años después de su estreno.
El montaje que se presenta en el teatro Fernán Gómez está dirigido por César Barló para la compañía AlmaViva Teatro. El reparto está integrado por Teresa Alonso, Juan Carlos Arráez, Samuel Blanco, Moisés Chic, David Ortega, José Gonçalo Pais, Javi Rodenas, Natalia Rodríguez y Paula Susavila.

La singularidad de esta propuesta es que se desarrolla en dos espacios distintos del Centro Cultural de la Villa. Por primera vez se utiliza como escenario el vestíbulo circular donde se localizan las taquillas. Allí suceden las primeras escenas de la acción ante 120 espectadores. Después, tendrán que trasladarse a la sala Jardiel Poncela, para terminar de nuevo en el exterior, que muestra una ambientación distinta a la del comienzo. Uno de los proyectos de Pérez de la Fuente es que este espacio sea una tercera sala del complejo.
Los argumentos de Pirandello son difíciles de explicar o resumir. Como en Seis personajes en busca de autor, el teatro dentro del teatro aparece desde el comienzo.
La acción arranca con la llegada de una compañía de cómicos a la Scalogna, un lugar al pie de la montaña. Cotrone, el Mago, recibe a la compañía haciéndoles ver que están en un lugar privilegiado donde sus sueños se pueden hacer realidad. Los cómicos, que están en la precariedad absoluta, creen que podrán realizar allí alguna representación de la Fabula del hijo cambiado que les saque de la miseria. Su anfitrión les plantea que allí viven los sueños. Aquellos sueños que la conciencia a veces rechaza para no sentirse fuera de la sociedad. Y esta situación genera el conflicto en la compañía, que deberá decidir si quieren actuar en el “mundo” del que vienen o prefieren quedarse en este lugar ideal, donde parece que todo puede hacerse realidad. Cuando, finalmente, deciden ofrecer su espectáculo al mundo de los gigantes, sufren cómo el mundo de lo material y lo prosaico ya no se comunica con el mundo del arte. Y su propuesta se ve desahuciada por el público.
César Barló, el director, escribe sobre la obra:
-Los Gigantes siguen morando en lo alto de la montaña y deciden el camino que debemos transitar los mortales. Y nosotros, los mortales, por cientos de causas, finalmente aceptamos su directiva para que nuestra vida transcurra por los cauces que ellos crean, lejos de la ilusión, la imaginación, el riesgo. Estos Gigantes han conseguido que, mientras nos conformamos con ser, no nos preguntemos qué deseamos ser. Ante eso nos rebelamos y queremos que el público nos acompañe hasta la Scalogna, un lugar a medio camino entre lo mágico, lo real y lo mítico
Los gigantes de la montaña se representa en el teatro Fernán Gómez hasta el 23 de febrero.