Dicen que a perro flaco, todo son pulgas. Y está claro que en los periodos de crisis los jugadores son más propensos a lesionarse. De algún modo, la presión mental se traslada a los músculos.
Rodrygo no aguantó ni 20 minutos sobre el césped. Poco tiempo después, los gritos de Militao desgarraron el ambiente del Bernabéu, pues todo apunta a una –otra– lesión grave de rodilla. Y al rato, fue Lucas Vázquez el que se dejó caer en el verde. Todo esto en la primera parte. Parecía como si hubiera un francotirador en alguno de los palcos –seguramente en el de prensa– eligiendo a sus víctimas caprichosamente. Cada 10 minutos…¡Pum! Las casas de apuestas pagaban por acertar quién sería el próximo en desplomarse.
El Madrid se sobrepuso con llamativa suficiencia, tal y como están las cosas. No cubierta la marcha de Nacho y con Tchouameni lesionado, tuvo que debutar Raúl Asencio, tercera opción de las alternativas de cantera, con Jacobo Ramón y Joan Martínez también lesionados (de Vallejo, ni hablamos).
La lesión de Lucas –que aguantó a rastras hasta el descanso– dejaba el lateral huérfano. Carvajal KO y Fortea (inexplicablemente) fuera de la convocatoria. Por suerte Ancelotti decidió retrasar a Valverde –no me quiero ni imaginar el cabreo de Mina Bonino– y nos ahorró el mal trago de ver a Mendy, ya ortopédico en su lado natural, por la derecha. Hasta el mercado de invierno, no hay nadie mejor que Fede para cubrir el puesto, tampoco un Lucas recuperado. La excepcionalidad de la situación hace al uruguayo más necesario en el lateral que en el centro del campo.
Los primeros dos goles –golazos– llegaron entre lesión y lesión. El 1-0, de Vinicius (35’). Muy suyo, con carrera desde la izquierda, recorte seco en velocidad y zurriagazo al palo corto ya dentro del área. De auténtico crack. El 2-0, de Bellingham (41’), tras un pase medido de Asencio desde 50 metros. El inglés definió de vaselina y el público ovacionó al canterano que, por cierto, jugó un partido muy serio. Buena noticia para el Madrid y para Bellingham que, además de hacer un muy buen partido –zidanesco como siempre– se quitó el fantasma del gol seis meses después.
En la primera parte el juego no fue brillante, pero al menos no se concedió nada en defensa, que venía siendo uno de los grandes debes del Madrid en los últimos partidos. Tras el descanso, la construcción y el ataque ganaron algo de fluidez. Lunin no tuvo apenas trabajo, pero dejó su firma con una asistencia maravillosa a Vinicius, que puso el 3-0 en el 60’. Si la de Asencio en la primera parte ya había sido impresionante, más aún lo fue la del guardameta ucraniano, que dejó a Vinicius delante del portero con un saque de volea. El brasileño se cruzó en la carrera del único defensa –un poco a lo Nazario– y regateó a un Sergio Herrera ya vendido.
Ocho minutos después completó el hat-trick (68’). Brahim le robó la cartera a Boyomo y Vinicius, de nuevo cara a cara con Herrera, le tiró al suelo antes de rematar. El mejor jugador del mundo viste de blanco, lo certifique o no el voto de cualquier periodista.
También quedó claro que Camavinga debe ser el pivote de este Real Madrid (su calidad no admite comparaciones con Tchouameni) y que el bloqueo de Mbappé es total. Es algo psicológico, que está al margen de la posición en la que juegue. En la segunda parte se echó más a la izquierda, a sus sitio, y pudimos ver algún destello de lo que se espera de él: una carrera de más de medio campo que un rojillo tuvo que frenar con alevosía antes de que fuera demasiado tarde. Eso y nada más. Pronto empezaron las pérdidas absurdas y, para el aficionado, el aterrador recuerdo de lo que fue Hazard.
¿Qué puede hacer? Yo creo que nada. Aguantar el mal trago y rezar para volver a ser el que realmente es.