Si el
Real Madrid fuera líder, diríase de este que ha sido un partido de los que ganan ligas. Por ser en Balaídos –con su lluvia, como Dios manda–, por el juego pobre, por haber estado cerca de cagarla en el descuento y por, a pesar de todo, haber salido vivo y con
tres puntos más en la mochila. Una victoria indispensable para mantener las opciones de dar el sorpasso al Barcelona en la próxima jornada.
Ancelotti escogió a Lucas para cubrir la orfandad que Carvajal ha dejado en el lateral derecho. Podría haber optado por desplazar a Militao y bajar a Tchouameni, tampoco habría sido una locura utilizar a Valverde como una especie de carrilero (sólo la necesidad extrema debería alejarle del centro del campo) y quizás ya se esté imaginando dando órdenes a Alexander Arnold: “When we got de ball, enjoy… Ma when we lose it, be careful with your back”. De momento, el italiano confía en lo natural. Y ahí salió Lucas, con el brazalete de capitán, con esa mueca de “estoy listo” que se le quedó desde aquella tanda de penaltis en Milán. Más allá de los memes y los miles que lamentan sus renovaciones, el gallego siempre cumple. Tiene mucho oficio y, en según qué tipo de partidos, recursos muy útiles en ataque. Sólo su escasa solidez defensiva (hoy, en el gol del Celta, tarda mucho en bascular hacia el área y deja que Willot remate sin marca) hace necesario buscar alternativas, sobre todo para los grandes partidos.
Además de con el triunfo, el Madrid se vuelve de Vigo con dos grandes noticias: Vinicius sigue siendo determinante y Mbappé está más cerca de ser Mbappé. Porque todavía no lo es. O no lo es del todo, porque ayer lo fue durante al menos un instante. Ocurrió unos segundos antes del minuto 20, cuando Fran Beltrán no fue capaz de sortear la presión alta del Madrid y el balón, rechazado, cayó en los pies del francés, que estaba unos metros por detrás del semicírculo. Mbappé gastó un toque para controlar y otro para acomodar. Levantó la cabeza, miró a la escuadra, y allí mismo la colocó. Con el interior. Con curva pero con tensión. En apenas dos segundos. Como si fuera un mero trámite.
A partir de ahí, estuvo algo más activo que otros días. Incluso inició un par de galopes, con esa zancada malévola que te prepara para levantarte del sillón, pero que acabaron en nada. También regaló un gol a Vinicius que fue anulado por fuera de juego. Lo suficiente para que fuera galardonado con un MVP algo barato.
El Celta empató en el 50’. Materialización de un castigo del que el Madrid se había salvado hasta entonces. Los desajustes del Madrid –desordenado en transiciones, con desequilibrios en defensa y mediocampo…– fueron visibles desde el primer minuto, y el Celta contraatacaba con ímpetu y precisión. Muy al principio, Courtois había parado un mano a mano con un pie milagroso.
Entró Modric y se convirtió en el jugador más veterano de la historia del Real Madrid. Cinco días más viejo de lo que era Puskas en su último partido de blanco. Ferenc ya paseaba barriguita de prejubilado (eran otros tiempos). Modric tendrá más arrugas, pero no ha cogido un kilo desde que llegó y sigue aportando mucho a este Madrid. En el 65’ vio perfectamente el desmarque de Vinicius, que, ya dentro del área, medio regateó a Guaita para poner el 1-2.
El marcador no se movió más, aunque no le faltó mucho al Celta en varias ocasiones. La más clara, ya en el descuento. Llegó algo forzado Doubvikas al pase de la muerte y el Madrid acabó saliendo vivo por los pelos.
Victoria de acierto y experiencia, pero lejos del nivel exigible.