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Historia del bingo: ¿cómo comenzó todo?

Historia del bingo: ¿cómo comenzó todo?
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miércoles 04 de septiembre de 2019, 10:40h

El Bingo es el juego por excelencia. No hay nada como agarrar tu cartón, vigilar que nadie se adelante y saborear el suspense de la victoria inminente. Pero, ¿te has planteado alguna vez cuál es su origen? ¿Cómo comenzó todo? Si quieres presumir la próxima vez que vayas con amigos o familiares no te pierdas el siguiente post, en el que encontrarás datos muy interesantes. Porque conocer la historia es entender el presente.

ÍNDICE:

  • El origen del bingo
  • La historia de la palabra Bingo
  • El impacto del Bingo
  • Historia del bingo en España
  • ¿Por qué funciona el Bingo?

El origen del Bingo

El origen del Bingo lo encontramos en las loterías que se celebraban en el siglo XVI. Eran juegos de azar, y se basaban en sencillos sorteos de números aleatorios. La primera referencia podemos encontrarla en el Il Gioco del Lotto, pasatiempo italiano muy similar a la versión de 90 bolas que tenemos hoy en día. Durante el siglo XVIII se extendió a Francia y acabó por convertirse en uno de los divertimentos más populares del país galo, introduciéndose los cambios que lo hacen reconocible (cartones, fichas y un responsable de cantar los números ante los participantes). Fue rebautizado como Le Lotto y estuvo destinado a las capas altas de la sociedad.

Esta variante llegó al Reino Unido en el siglo XIX, desatando pasiones y logrando un reconocimiento que conserva en la actualidad. Si bien los británicos no introdujeron grandes modificaciones, crearon una alternativa llamada Bingo Lingo. Era una modalidad que se originó a raíz de la jerga rimada “Cockney”, proveniente del East End de Londres y basada en vincular una frase divertida a cada número. En Alemania, Le Lotto se utilizó para estimular el aprendizaje, con la finalidad de enseñar las tablas de multiplicar en edades tempranas.

La historia de la palabra Bingo

Ya conoces el origen del Bingo, pero la palabra en sí no apareció hasta que un vendedor de juguetes estadounidense, llamado Edwin S. Lowe, decidió valerse del vocablo para comercializar sus boletos. ¿Qué le llevó a decidirse por el término en cuestión?

Corría el año 1929, y el mencionado empresario se encontraba en una feria de Georgia. Fue entonces cuando reparó en un juego que se desarrollaba encima de una mesa con forma de herradura, repleta de tarjetas numeradas y frijoles. Era una evolución de Le Lotto, que en aquellas tierras se llamaba Beano. Los jugadores revisaban ansiosamente sus tarjetas para ver si tenían los números que iban saliendo, y, si se daba el caso, colocaban un frijol en la cifra correspondiente. La dinámica continuaba hasta que alguien completaba una línea en su tarjeta (ya fuera horizontal, vertical o diagonal). En ese momento se paraba la partida al grito de ¡Beano!, y comenzaba otra ronda automáticamente.

Al regresar a su casa de Nueva York, Lowe compró unos pocos frijoles, un sello de goma y un cartón. Invitó a sus colegas y organizó una velada de esparcimiento. El éxito fue instantáneo y todos acabaron enganchados a Beano, con la misma emoción que se había palpado en la feria de Georgia. En un instante concreto, una de las competidoras se dio cuenta de que había ganado. La agraciada se emocionó tanto que los nervios le jugaron una mala pasada, tartamudeando ¡B-B-B-BINGO! en lugar de ¡Beano!

El impacto del Bingo

A los meses de lanzar el producto un sacerdote llamado Wilkes-Barre acudió al señor Lowe. Su parroquia tenía problemas económicos, y buscaba una solución que le permitiera seguir oficiando. Uno de los feligreses tuvo la idea de recurrir al Bingo como remedio a la situación, y el Padre no dudó en apostar por esta idea.

Nuestro juguetero y empresario vislumbró de inmediato las posibilidades de recaudación que ofrecía este hobby; pero, al mismo tiempo, comprendió que un funcionamiento a gran escala requería de mayor número de combinaciones numéricas. Ante el inminente reto, contrató los servicios de un reputado profesor de matemáticas: Carl Leffler, que diseñó 6.000 nuevas tarjetas con grupos de cifras no repetidas.

La iglesia de Wilkes-Barre se salvó y la noticia llegó a todas partes. Loewe empezó a recibir cartas de aquellos que querían saber cómo configurar correctamente el juego; de manera que, ante tanta demanda, escribió el primer manual oficial de instrucciones. También lanzó una publicación mensual que se distribuyó entre 37.000 suscriptores. El tipo se hizo de oro y en 1934 ya se celebraban 10.000 sesiones semanales solo en Estados Unidos. La mayor partida de la que se tiene constancia tuvo lugar en la Armería Teaneck de Nueva York, ante 60,000 asistentes.

Historia del Bingo en España

El Bingo llegó a nuestro país de igual modo que en el resto de Europa, ganando fuerza en el siglo XIX. Sin embargo, la dictadura de Primo de Rivera y posteriormente la de Francisco Franco lo mantuvieron bajo cerrojo hasta el año 1977. Fue en ese momento cuando se contemplaron las ventajas recaudatorias de los juegos de azar, por lo que se procedió a su normalización. Así pasaron de ser prácticas clandestinas a negocios rentables, con miles de participantes diarios.

En los 80 se vivió un verdadero auge de este tipo de salas, donde además del propio sorteo los asistentes empezaron a disponer de buena gastronomía, bebidas de calidad y servicios de lujo. En 2019 es un nicho que se mantiene gracias a la fidelidad de su público y a una buena convivencia con el bingo online.

¿Por qué funciona el Bingo?

Los amantes del Bingo provienen de distintos estratos sociales. No hay un prototipo de jugador, cualquiera puede participar en este tándem perfecto de azar y suerte. A casi todos les gusta porque permite socializar y disfrutar de una actividad competitiva. El usuario medio tiene unos 45 años, pero los jóvenes se abren cada vez más a este antiquísimo pasatiempo. Es un entretenimiento que se adapta a cualquier contexto, y aquí reside la base de su longevidad.

¡Ya conoces la historia del bingo! Ahora podrás compartir con los demás la larga trayectoria que nos ha llevado hasta hoy. ¿Qué nos deparará el futuro?