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La soledad

martes 06 de octubre de 2015, 08:05h

Un reciente estudio revela que cuatro millones de españoles se sienten solos. Sin duda el estudio se queda corto. Entre otras cosas porque ¿cómo se identifica y se mide la soledad? Y más concretamente ¿cómo se identifica a un solitario? Si aceptamos que esos cuatro millones se sienten solos, ¿se supone que todos se sienten mal y sufren esa condición de soledad? Si la estadística se traduce en un lamento, como así parece, no debemos olvidar que muchas personas esconden su soledad cuando no la impostan hasta hacerla invisible. La soledad tiene una vocación de ocultación y ya no es que llegue a lograr hacerse invisible sino que está mal vista. Un solitario es un excéntrico al que mejor no acercarse no vaya a ser que sea contagioso. Se hace invisible con la misma facilidad con la que surgen las sombras. De hecho, es una sombra más que crece dentro de las personas, las devora y efectivamente las hace desparecer a los ojos del mundo

Al margen de consideraciones sobre quiénes están más solos o cómo y cuánto la padecen, este estudio sociológico destaca además algo que da sentido a esa misma expresión. Señala directamente al parado como una presa fácil de la soledad como consecuencia de su situación de desempleado. Alguien que pierde dinero, prestigio y poder como recalca dicho estudio. Alguien en riesgo máximo de exclusión social y por tanto de ser un solitario, al margen, nunca mejor dicho, de cómo lo lleve. Resulta difícil medir las horas que se habrán invertido para llegar a tan aguda conclusión, pero no por ello está de más si la hacemos coincidir, como esos papeles transparentes en los álbumes de fotos, con los últimos datos de paro –el registrado- difundidos, pasados ya los espejismos del verano, y que precisamente, mira por dónde, hablan de algo más de cuatro millones de parados.

No es de extrañar. Al igual que los solitarios, los parados son tratados muchas veces como sospechosos al menos de haberlo merecido. Resultan molestos pues siempre recuerdan a los que tienen o persiguen el poder que ellos serán siempre la eterna asignatura pendiente. Muchos, y con más motivo si se le añade su condición de solitarios, se avergüenzan de serlo y lo ocultan como si fueran prófugos. En las grises y tristes oficinas de empleo, un contrasentido en su misma denominación, ni siquiera se ha desterrado del todo esa impaciencia insolente del funcionario que olvida que trabaja porque la persona que tiene delante no lo hace. Tampoco la soledad del parado deriva exclusivamente de su situación o de lo que el Estado sea capaz de hacer por él. Hoy en día, todo parece diseñado para convertir a cada uno de esos más de cuatro millones de parados en más de cuatro millones de personas potencialmente solas. En el mundo en general y las ciudades en particular parecen haberse contaminado por una enfermedad de creciente expansión. La gente ni se comunica ni se quiere como antes pues utiliza remedos tecnológicos que sustituye desde hace tiempo a las palabras y a las miradas. Hoy la gente se enamora por whatsapp. Vivimos en un mundo de afectos ortopédicos.

Menos mal que ahora, en la recta final del año, los parados y los solitarios alcanzarán gran protagonismo, como los indecisos, de nuevo. Rajoy, una persona sin duda mucho más festiva y campechana de lo que parece, ha tirado la casa por la ventana. Qué mejor que hacer coincidir la fiesta de la democracia con la fiesta de la Navidad. Todo coincide. Quién sabe si para que haya un parado en cada mesa como ya profetizó Berlanga en Plácido. Ojala después de Reyes, parados y solitarios, no vuelvan a ser juguetes rotos. A este paso ¿quién no acabará siendo una cosa o la otra? A ver si cuando alguien nos pregunte para elaborar cualquier estudio de esos, nos levantamos y reconozcamos ser una cosa u otra. Quizá entonces, como le ocurría a Kirk Douglas en “Espartaco, a nuestro lado se levanten al unísono otras personas afirmando lo mismo. Seguro que así estaremos menos solos. “No es que me sienta solo, es que estoy solo”, diferenciaba Robert De Niro a Amy Brenneman en la insólita terraza sobre luces iridiscentes en “Heat”, el hermoso trhiller operístico de Michael Mann.

IN MEMORIAM. Desde aquí un recuerdo y homenaje para Ana Diosdado. Alguien que supo hablar de la soledad desde los escenarios y la televisión. En este último medio fue además precursora de la creciente influencia de las series españolas, muchas de las cuales deberían aprender de su naturalidad y sobre todo buen gusto y delicadeza.

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