El 8 de marzo de 2012 nació La Casa de la Portera. Es exactamente eso: la vivienda donde habitaba la portera del inmueble situado en la calle Abades, 24. Dos emprendedores decidieron representar teatro en las estancias y el público se volcó con la iniciativa. Por cierto, si mis informaciones son veraces, este espacio cerrará en los próximos meses. Pero esta fórmula de hacer teatro en el salón de una casa, que tanto éxito tiene en Buenos Aires, ya tuvo antecedentes en Madrid ¡el año 1839! Y, por si fuera poco, a veinte metros de la actual Casa de la Portera.
La capital española sólo tuvo durante la primera mitad del siglo XIX dos
teatros estables y populares: el de la Cruz y el del Príncipe, ambos propiedad
del Ayuntamiento. El viejo coliseo de los Caños del Peral se derribó en 1817 y
el Real no se inauguró hasta 1850. Pero recién iniciada la década 1830-1840,
comenzaron a abrirse algunos recintos privados que se anunciaban ostentosamente
como 'Teatro'. Que se parecieran en algo a lo que tenemos actualmente, parece
muy dudoso.
En 1839, además de los dos teatros municipales, levantaban el telón un
saloncito denominado de 'Las Tres Musas', que estaba en la plazuela de la
Cebada, y el teatro de Buena Vista, en el número 11 de la calle de la Luna. Y
ese mismo año funcionaron durante algunos meses los teatros de Embajadores y de
La Estrella. Estos dos últimos abiertos en casas de vecindad.
El teatro de Embajadores estaba en el piso 4º, principal- izquierda, del antiguo
número 18 de esa calle, casi esquina con la de Abades. Se abrió durante la
Navidad de 1838, describiéndose como teatro de figuras con movimientos al
natural. Los domingos ofrecía dos
funciones, a las cuatro y a las siete de la tarde. Para ellas, según su escueta
publicidad: "no ha omitido su director gasto ni fatiga
alguna para presentar la escena como corresponde a un público que tanto lo
favorece". Los martes, jueves y sábados solo tenía una función a las siete de
la tarde. En el primer trimestre de 1839 estrenaron comedias como "Nabucodonosor o el bruto de Babilonia" y "La
entrevista del pretendiente Maroto y el obispo de León". Para no dejar duda de la "grandiosidad" de
este teatro se anunciaba que al final de la pieza: "se manifestará la gran
vista de marina, saludo de los castillos y baluartes y naufragio de una
embarcación con toda la propiedad posible".
Para ser rigurosos, el flamante teatro tenía balcones a la calle porque
en algunas ocasiones se tocaba música desde ellos para interesar a los
transeúntes. ¡Ni Rambal en sus buenos tiempos! Su director afirmaba ser muy conocido en
Madrid, pero no hemos encontrado su nombre en ninguna publicación de la época.
Parecido era el teatro de La Estrella, en el número 78 de la calle
Preciados, en el 4º principal. Se abrió el 17 de marzo de 1839. Su propietario
era, desde luego, ambicioso porque lo inauguró con "El diluvio universal". Para
atraer al espectador, reticente seguramente a subir a un cuarto piso, el
director afirmaba en prensa: "El director de este nuevo establecimiento omite
hacer ninguna apología de él, considerando que la ilustración del respetable
público madrileño sabrá juzgar con más acierto que todo cuanto se pueda decir
en pomposos anuncios". Durante la semana ofrecía una función a las siete de la
tarde y los festivos a las cuatro y siete y media de la tarde.
Su apertura (y esa publicidad) enfureció al propietario de Embajadores, que
respondió también en prensa: "El director de este establecimiento pudiera
responder mucho al grandísimo disparate que anuncia el cartel del nuevo teatro
de la Estrella, diciendo que es el más aventajado de su clase, y a mejor ocasión dirá y probará que, tanto
los directores como los actores, nada sabían hasta que
trabajaron en Embajadores".
Parece deducirse que el
teatro de Preciados se formó con quienes habían trabajado en el anterior. A
pesar de todo, los dos tuvieron una existencia muy efímera. Un cuarto de siglo
más tarde nació el teatro por hora. Pero esa es otra historia.