"El loco de los balcones" fue un profesor italiano, afincado en Lima, que emprendió una labor encomiable pero destinada al fracaso: salvar los balcones de las viejas casonas limeñas. Hermosos balcones despiadadamente destruidos por los modernos constructores. Mario Vargas Llosa escribió un cuento sobre el personaje con el envidiable dominio del idioma que posee. Solo que le dio forma de pieza teatral.
El teatro Español estrena esta obra con José Sacristán al frente dando vida
al viejo profesor. La metáfora es bella y nos remite al empeño de tantos seres
humanos por preservar el pasado, los valores de un tiempo pasado, de la
voracidad que demuestran quienes consideran que deben desaparecer arrollados
por el progreso. Objetos materiales bellos o ideales de antaño son derribados
por las excavadoras de los tiempos nuevos. Quienes, como el profesor, se
empeñan en luchar por su conservación acaban también reducidos a escombros.
Esta pieza tiene el problema de que esa metáfora no arranca. El profesor y
su corta liga de seguidores no hablan más que de balcones durante una hora y
cuarenta y cinco minutos. Son muchos balcones... Hay apuntes del mundo exterior
al protagonista: un joven indígena que arrastra todos los tópicos sobre los
conquistadores y los desheredados de la tierra; una hija absorbida por la
locura paterna que ve robada su juventud, pero siempre se acaba volviendo a los
balcones.
Con este material, de indudable valor literario, Tambascio, el director,
intentan construir una dramaturgia, un mundo básicamente onírico. Hay destellos
atractivos. Me gustaron las ilustraciones musicales con la hermosa voz de
contratenor de Alberto Frías. Hay tensión dramática y emoción en el
enfrentamiento final padre-hija. La escenografía de Sánchez Cuerda es atractiva
y los actores, con Sacristán al frente, defienden con arrojo el texto. Aunque
solamente el protagonista y su hija -estupenda Candela Serrat- tienen carne
teatral. ¿Teatro poético? Seguramente. Y gustará a los que disfrutan con el
lenguaje bien empleado y con actores que, como se decía de Fernán Gómez, son
estupendos hasta leyendo la guía de teléfonos. Como José Sacristán.
Una consideración final. Este montaje es herencia del dimitido Natalio Grueso.
Desde el patio de butacas nos parece un espectáculo caro, bastante caro. Y solo se va a representar durante un mes, veinticinco funciones. Luego se liquidará,
según mis informaciones. ¿Está justificado gastar tanto dinero público y tanto
esfuerzo para un mes? Los teatros públicos tienen presupuestos cada vez más
magros. No creo que destinar un buen bocado del mismo a un mes de programación
sea lo más coherente. El teatro público debe llegar donde no lo hacen los
privados, pero con sentido. Buscando rentabilidad, no económica, sino de
público. Que pueda llegar al mayor número posible de espectadores, que pueda
dar trabajo durante el mayor tiempo posible. Creo que los tiempos del
relumbrón, de la cultura-espectáculo para satisfacer empeños personales, deberían
dejarse atrás.
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