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(Sin) razones de una huelga

viernes 08 de noviembre de 2013, 08:21h

Si hay una huelga complicada en una ciudad, esa es la de la recogida de basuras. Es la más temible de todas, aunque tampoco le anda a la zaga la de limpieza viaria, que "disfrutamos" los madrileños durante estos días (y con amenaza de prolongarse si alguien no toma medidas). Primera premisa: la huelga se monta para perjudicar el servicio, si no se nota que hay paro, no sirve de nada el esfuerzo ni el sacrificio de los trabajadores -no se olvide nadie que cada día que no trabajan se les descuenta un buen pico de su salario mensual-.

Tal vez inspirados por esta premisa, algunos se han tirado por la calle de enmedio, acelerando los efectos de una ciudad sin suficiente limpieza de forma exponencial, de manera que tras tres días de paro, Madrid está hecha una auténtica pocilga. Piquetes que, preferiblemente de noche, vuelcan papeleras, queman contenedores -y, de paso, algunas docenas de coches particulares- y pinchan las ruedas de los carritos de limpieza, con tácticas que se parecen mucho "a la guerrilla urbana", según dijo el concejal de Medio Ambiente y responsable directo de la prestación del servicio, Diego Sanjuanbenito.

Visto desde fuera -todo lo desde fuera que puede ver esta huelga un madrileño-, todos tienen razones y todos la pierden. La tienen los trabajadores, temblando ante la posibilidad de perder su puesto de trabajo o ver sensiblemente reducidos salarios que tampoco son precisamente de ministro. La pierden esos mismos trabajadores cuando toman a los ciudadanos como rehenes y les obligan a convivir con la mierda para negociar mejores condiciones, con el cabreo general y la mala imagen turística como medida de presión.

La tienen los empresarios, que han visto reducido lo que cobran por el servicio que prestan. A medida que la situación económica del Ayuntamiento se complicaba -por la crisis y los excesos de los años de vacas gordas-, los gobiernos iban reduciendo la partida para limpieza, y las empresas apretaban las tuercas porque tenían que hacer el mismo trabajo por menos dinero. Obligados además a mantener plantillas, puesto que sus contratos con el Ayuntamiento incluían un número concreto de efectivos. La pierden -la razón- esos mismos empresarios porque, a la hora de volver a concursar para ganar el servicio de los próximos 8 años, rebajaron aún más sus facturas -por encima del 20 por ciento, en algún caso-, comprometiéndose hace apenas tres meses a realizar el trabajo por un precio que ahora señalan como inasumible con sus actuales plantillas.

La tiene el Ayuntamiento, que hizo una propuesta pública clara y transparente, en cuanto a sus condiciones de pago y sus exigencias, que las empresas respondieron voluntariamente. Y podían no haberse presentado, como hizo el año pasado FCC cuando se licitó el contrato de basuras y los números no le salían, obligando al Consistorio a cambiarlos y repetir el concurso este año. Y la pierde ese mismo Gobierno local porque con toda seguridad tuvo que prever, cuando se planteó cambiar el modelo de concurso, que dar libertad a las empresas para decidir cuánto personal utilizaban para un servicio era dejar una puerta abierta a los despidos.

Una huelga de limpieza no puede prolongarse muchos días; la ciudad no lo soporta. Puede que los empresarios estén dispuestos a seguir perdiendo dinero -hay -multas municipales por no cumplir con sus contratos-, que los trabajadores sobrevivan a los descuentos, e incluso que los políticos se vean capaces de plantar cara y aguantar el chaparrón. Pero quienes no lo deben aguantar son los madrileños: no lo merecen.

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