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Me quedo corto (día 4)

jueves 05 de septiembre de 2013, 19:25h

Cuarto día de rodaje. Vista la estupenda experiencia de ayer en rodaje, hoy he decidido levantarme temprano, resolver lo antes posible todos los asuntos en la oficina de guerrilla que Carmela, la directora de producción, y yo nos hemos montado, y en cuanto puedo me escapo al set.

Parece que el día no acompaña todo lo que debería, y que una nube traicionera nos va a tener esperando más de la cuenta. Estamos rodando una secuencia veraniega, donde el sol debe lucir radiante, así que todos asumimos este tiempo de espera como una pérdida necesaria. En estos ratos libres, percibo cómo los miembros del equipo cada vez se llevan mejor, y cómo las cañas de la noche anterior han abonado un buen rollo manifiesto: Teresa Lozano y Teo Planell, abuela y nieto en la ficción, prolongan más allá del "¡corten!" el jugueteo que deben interpretar; el resto de actores han adoptado un curioso entretenimiento consistente en incluir repentinamente canciones intercaladas entre frases ("No te quieres enteraaar" le grita Silvia a Francesco mientras le hablo de cómo le voy a dar de alta en la Seguridad Social); los tres fornidos eléctricos, a pesar del esfuerzo físico al que están sometidos en su trabajo, bromean constantemente...

 

Mientras observo el devenir del rodaje, reflexiono acerca de la especial naturaleza del trabajo que estamos llevando a cabo. Lo primero que llama la atención es la poca emoción que tiene conseguir emoción: el rayo de sol que se filtra por la ventana del fondo no es fruto de la suerte de la tarde, sino un foco de no sé cuántos vatios conectado a un grupo electrógeno; el movimiento fluido de la cámara es así porque un operador la lleva con una steadycam (un artilugio en forma de arnés que, mediante un sistema hidráulico neutraliza la brusquedad de los movimientos, y que por cierto pesa un quintal) con la que lleva ensayando durante horas; el borboteo del guiso que se cuece al fuego ha sido grabado aisladamente, ante cuarenta personas que se han callado expresamente para ello, y que luego será insertado por separado en el montaje de sonido; entre la grabación de un plano y de otro que luego se verán yuxtapuestos en cuestión de segundos pueden transcurrir horas o días, y hay una persona que se llama script que se encarga de supervisar que todos los pequeños detalles concuerden entre uno y otro (por ejemplo, si en el primero el cigarro estaba a la mitad, en el segundo debe estar igual, porque si no el truco se destaparía)...

Y además de complejo, ¡es extraordinariamente caro! Pongo un ejemplo: en nuestro cortometraje tienen importancia una hormiga y una mosca. Como bien se puede imaginar, no hay amaestradores de insectos como estos (aunque la verdad es que es una idea bastante divertida), así que tenemos que hacerlo con efectos digitales. Para ello, primero hay que hacer unos moldes de cada insecto que cuestan 160? cada uno, y luego una persona especializada deberá animar los movimientos a través de un proceso digital que puede durar semanas... ¡Y todo ello para una aparición de segundos! Por suerte, nuestro amigo Jorge Gutiérrez, ducho en estos temas, nos lo va a hacer gratis...

 

Dudo mucho que el espectador que vea "Epitafios" sea consciente de todo estos esfuerzos... Y eso querrá decir que hemos hecho bien nuestro trabajo: malo sería que se viera la tramoya. Pero entonces, el que se dedica la producción llegará, como llego yo, a una amarga conclusión: cuanto más invisible seas, mejor productor eres. ¡Tiene gracia, qué trabajo tan desagradecido!

Hoy no encuentro ningún epitafio especialmente adecuado con el que despedirme, pero me acuerdo de que el maestro Bach supo resolver situación análoga con un acertado epitafio: "Desde aquí no se me ocurre ninguna fuga".

 El Grupo Madridiario se cuela en el rodaje de 'Epitafios'

Me quedo corto (día 1)

Me quedo corto (día 2)

Me quedo corto (día 3)

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