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Fernando González
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¡Que vuelva Herodes!

Por Fernando González
lunes 15 de julio de 2013, 19:57h

El verano es una estación que propicia las estancias en lugares públicos frecuentados por madrileños de todo pelaje. Para disfrutarlos, sin demasiados agobios, es preciso un poco de paciencia y recordar las normas mínimas de urbanidad que nos enseñaron en su debido tiempo. Este notable ejercicio de convivencia suele manifestarse en mayoritariamente, aunque de vez en cuando aparezca el patoso de turno que importuna a los que le rodean con actitudes gratuitas de ordinariez y mala educación. Afortunadamente, no son la mayoría y suelen quedar en evidencia rápidamente. Existe, sin embargo, una especie ajena a los buenos usos de las gentes civilizadas y su actividad puede convertir en un suplicio cualquiera reunión al aire libre. Me refiero a ciertos  niños.

Aseguran las estadísticas que la natalidad española es una de las más bajas del mundo, pero yo debo de ser portador de algún imán que atrae de inmediato a toda la chavalería que haya por el lugar. Todo es posible cuando la marabunta infantil se afinca en las proximidades del rinconcito que cuidadosamente se había elegido. Se me suele acercar un infante tierno y pacífico, pero repentinamente llegan los hermanitos y algún amiguito que pasaba por allí, y toda la pandilla inicia una danza de juegos y peleas que termina por abrumarme. Además, puedes encontrarte a varios de ellos jugando al escondite debajo de la mesa, mientras los más mayorcitos te tiran la cerveza en los pantalones y se comen las aceitunas del aperitivo. A pocos metros, con cara de pasmarotes, papá y mamá contemplan el asedio como si aquella tribu no fuera suya. Estos vandalitos tienen otra característica: se retroalimentan los unos a los otros con los excesos de los compañeros y todos ellos, hasta ese pequeñín que parecía un angelote, terminan por convertirse en una jauría insoportable. No queda otra que pagar la cuenta y alejarse de la guardería callejera. De vuelta a casa tendremos que mantener los ojos muy abiertos. Se puede rodar por los suelos víctima de algún correcalles al que se han  apuntado los chavales más inquietos,  recibir un pelotazo de algún 'Ronaldito' con mala leche que apunta a todo el que se mueve por el parque o encontrarte de frente a un muchachito aterrado que no aprieta con fuerza los frenos de su bicicleta. Siempre busco con la mirada a los padres de tales ejemplares y siempre observo en ellos una mirada de complicidad con los suyos que me irrita.

He comprobado también que la mayoría de los niños actuales están sordos. Sólo así se explicaría que se expresen a base de gritos. ¡Me voy a bañar! Advierte a voces la criatura. ¡Ten cuidado!, contesta la yaya desaforadamente. El griterío es ensordecedor cuando llegan los primitos, los papis, los abuelitos encantadores, las titas y los titos y alguna amiga solterona que siempre se añade al grupo. Todos han perdido el oído y solo se entienden a base de alaridos. Tal clamor resulta insufrible en muchas de nuestras playas y piscinas. Los niños, animados y consentidos por toda la familia, se adueñan del espacio y todos los demás nos convertimos en sufridores. En los hoteles corretean por el comedor y por los pasillos como si fuera su propia casa, lloriquean hasta perder el aliento con una fuerza pulmonar digna de Tarzán, y se acuestan los últimos aburridos ya de estropear la velada a todos los que comparten con ellos las vacaciones.

Si alguna vez te quejas, la respuesta de sus padres es inmediata: ¡son niños! Que quede bien claro que me enternecen los pequeños, que me engendraron en mayo junto a cuatro hermanos, que tengo dos hijos estupendos y en definitiva he vivido siempre entre pequeñajos,  pero me molesta profundamente el desparpajo con el que muchos padres te hacen participe de las travesuras de sus hijos y te obligan a compartir con ellos las molestias y desventuras protagonizadas por su prole. Estos progenitores consideran que los escenarios públicos son una prolongación de sus salones y que sus descendientes son dueños de ocupar el espacio común como les venga en gana. En esas ocasiones, con bastante cabreo, grito aquello de: ¡que vuelva Herodes y se los lleve a todos!

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