jueves 13 de junio de 2013, 19:27h
Actualizado: 13/06/2013 19:35h
En
la universidad española, hace ya varias décadas, se dieron cuenta de lo injusto
y lo antieconómico que resultaba jubilar a los grandes profesores, los
catedráticos con años de experiencia y de sabiduría acumulada, que llegaban a
la edad que la ley marcaba como de jubilación y, de forma automática, se
quedaban fuera del juego de la enseñanza pública. Para frenar esa sangría y
aprovechar los conocimientos que atesoraban, se "inventó" la figura del
catedrático emérito, al que se le permitía continuar con la docencia.
Todos
los oficios tienen maestros. Y el periodismo no podía ser menos: aunque a
muchos se les haya olvidado con esto de las nuevas tecnologías -y algunos no
hayan tenido ni siquiera la ocasión de saberlo-, lo de contar noticias es un
oficio, que tiene mucho de aprendizaje, de práctica y de copiar a los mayores.
Pertenezco a una generación que aún tuvo el gusto de contar con auténticos
maestros de periodismo en las redacciones por las que he pasado. Nombres con
mayúsculas, que me enseñaron a ver la noticia, a buscar una percha informativa,
a contrastar datos ...
Corren
malos tiempos para esta profesión, no sólo por la crisis que está acabado con
la publicidad, con el papel y con miles de puestos de trabajo, sino también por
los nuevos tiempos en que al frente de lso medios se coloca muchas veces a
personas que no aman la profesión y que podrían dedicarse, sin merma absoluta
de su eficacia, a gestionar fábricas de ollas exprés o industrias
petroquímicas. Tiempos en que la lluvia en otoño, la nieve en invierno o las
polillas en verano se convierten en noticia a las que se dedican minutos y
espacios, cuando no los hay para contar otras decisiones de las que dependen
los puestos de trabajo o las condiciones de vida de decenas de miles de
personas. Tiempos en que las empresas "jubilan" a grandes maestros como si
pudiéramos permitirnos el lujo de prescindir de ellos, como si no tuviéramos
aún tanto que aprender de ellos...