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¡Una moneda, por caridad!

¡Una moneda, por caridad!

Por Fernando González
martes 06 de noviembre de 2012, 00:00h
La administración madrileña se ha convertido en un pobre de solemnidad que extiende la mano abierta en cualquier esquina de la Comunidad. Nos apena verla, embutida en su viejo abrigo, abrochada hasta el gaznate la camisa de cuellos raídos y calzada con esos zapatones de suelas agujereadas. Muchos ciudadanos se apiadan de ella, tan desastrada la pobrecita, y se rascan el bolsillo para colaborar con las pocas perras que se esconden en el fondo del monedero.

No hay forma de esquivar la mendicidad de nuestros administradores. Basta con acompañar a los niños hasta la escuela de música para encontrarnos al mendigo en la puerta del centro. “Unas moneditas señor, que no me llega para pagar los recibos de la calefacción” -nos pide angustiado-. Y así es como soltamos un dinerito de más para sufragar lo que antes nos costaba menos. Cuando frecuentamos el polideportivo del barrio, es imposible que nos pase desapercibido algún pobrecito. Sentado en las escaleras nos muestra el bote donde va acumulando los donativos: “una ayudita señores, que no tengo ni para las nómina de los empleados”. Volvemos a revolver la cartera para evitarnos el sonrojo de la avaricia y cumplir con el mandamiento de una de las tres virtudes cardinales.

Los pedigüeños gubernamentales se multiplican en los transportes públicos. Tampoco llegan a fin de mes y cualquier aportación les alegra la vida. Los mendicantes nos rodean repentinamente cuando nos acercamos a los tornos de entrada del metro o del autobús. No queda otro remedio que soltar la pasta y colaborar en la supervivencia del servicio. El consorcio ha dictaminado ya dos colectas distintas, dos incrementos de las tarifas para que ustedes me entiendan, y mucho me temo que la entidad continúa sin llegar a fin de mes.

El fenómeno se adueñará, si Rajoy no lo remedia, en muy poco tiempo de las farmacias. Los presupuestos no dan para nada y nuestros farmacéuticos tendrán que pedir un euro por receta despachada, convirtiéndose así en frailes limosneros de la Administración. Triste destino el de estos buenos profesionales, reconvertidos ahora en simples gorrillas de la nueva recaudación.

Todavía quedan lugares vírgenes para organizar nuevas campañas de caridad que remedien la indigencia de las cuentas públicas. No me extrañaría que terminaran por cobrar una entrada a todos aquellos que quieran pasear por el Parque del Retiro o la Casa de Campo, imponer tarjetas de movilidad a los ciclistas que quieran utilizar los carriles habilitados para ellos, instalar cabinas de peaje en las cabeceras de las autopistas madrileñas o cobrar un impuesto extraordinario por entrar o salir de la comunidad. Si a pesar de todo no fueran capaces de equilibrar los balances, podrían uniformar a todos los funcionarios y movilizarles en una cuestación masiva que diera color a nuestras calles en las fiestas señaladas. Se acercarían amablemente, con su hucha a cuestas, y nos dirían: “una monedita, por caridad”.
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