De niño estalinista pasó a convencido anticomunista. Ángel Gutiérrez, director y profesor de teatro, estuvo marcado en sus primeros años por la admiración hacia Stalin. Y a Rusia lo evacuaron como a tantos niños de la guerra el año 1937. Abandonó la aldea asturiana de Pinduelles y acabó primero en Leningrado y, finalmente, en Moscú. Pero, casi cuarenta años más tarde se había apoderado de él –reputado hombre de teatro en la extinta Unión Soviética- el sentimiento anticomunista. Y volvió a España.

En su decisión pesaron encontronazos con la censura soviética. Arruinaron su intento de ser el introductor de Pirandello –seis personajes en busca de autor- entre los soviéticos. Y se lo prohibieron. Montó la casa de Bernarda Alba y se la prohibió un general de la era Breznev, ofendido porque Federico no aleccionaba a los rusos en los ideales comunistas. ¿Cómo se vería, entre montañas de nieves, el sofocante ambiente andaluz? Para rematar las decepciones escribió el guión de una posible película que se iba a titular “A la mar fui por naranjas”. Los censores no entendieron la hermosa metáfora de la popular canción asturiana y solo faltó que a Pasionaria tampoco le gustara la idea y se opusiera al proyecto. Lo que hizo pues mandaba mucho. Y Ángel vino a España donde pudo vivir gracias a las clases en la RESAD, mientras rumiaba su teatro de Cámara Chejov, que alumbró en 1980 y comenzó a actuar allá por los arrabales, por donde el Gayo Vallecano.
Es que Chejov ha tirado mucho de este director desde siempre. Cuando terminó sus estudios en el Instituto del Teatro de Moscú, con 21 años, dirigió el teatro Chejov en la localidad de Tangarog, donde vio la luz el escritor. Luego comenzó a tener grandes éxitos como director en los mejores teatros de Moscú, mientras realizaba una destacada labor docente. Pero siempre, en su vida y teatro, reaparece Antón Chéjov.
En 1993 Ángel y su teatro de cámara pudieron tener “dacha” propia en el corazón de Lavapiés. A la sombra de la iglesia de San Cosme y San Damián abrieron el teatro. Se entra como en una vivienda; se pasan dos saloncitos en los que puede aparecer en cualquier momento Irina Nikolaievna a recibir la admiración de su público. Se atraviesa un jardincillo en el que no cabe ni un cerezo. Y se llega a la nave donde Gutiérrez y sus discípulos ofician el ritual ruso, no de su iglesia ortodoxa, sino el de su teatro.
En España Ángel quiso tender una especie de puente Rusia-España para la circulación cultural. Expuso sus proyectos a los ministros de cultura de los distintos gobiernos, pero ninguno le recibió. Solo Jorge Semprún lo citó un día en la Plaza de Rey. Ya en el despacho, le dijo a Ángel: “Mira, me gusta mucho tu idea y habría que promoverla. Pero, verás… he dimitido esta mañana”. Así que Gutiérrez vio por fin a un ministro ¡que se había ido por la mañana! Y se volvió a Lavapiés a seguir pagando el alquiler. Y a enseñar lo que había aprendido. Pausada, concienzudamente. Porque Ángel es de esos hombres a los que preguntas la hora y responden: “Sí, bien… Una tarde estábamos ensayando en teatro Stanislavski y Olga Olgoievna Matrioska…” Y, cuarenta y cinco minutos más tarde: “son las doce y media”. Pero hemos escuchado una sucesión de historias apasionantes, plagadas de nombres legendarios en la cultura rusa, dichos siempre con nombre y dos apellidos, como debe ser.
Últimamente al teatro de cámara le cerraron el grifo de la subvención y ya no tenían ni para el alquiler. Y se iba a caer, como la Santa Rusia que beatificó Benavente en 1932, en pleno fervor republicano. Luego comulgaría con el franquismo. Y eso que don Jacinto convirtió a Lola Membrives en María Constantina, una rusa pobre engañada por la Revolución. Lo estrenaron en el teatro Infanta Beatriz, muy proletario también. Claro que peor era lo de Katiuska (1931), superviviente la familia imperial y enamorada de un comisario del Soviet. Pero, con música, sonaba muy bonito. Bueno, que estoy divagando, contagiado por el personaje…
A Gutiérrez y su teatro le ha comprado la razón social la Universidad Internacional de la Rioja y se la ha dejado en usufructo. Bueno, menos es nada. Así puede estrenar también en Madrid “El oso”, que no es el del madroño, sino uno muy grotesco de Chejov.
Confiesa contrito el director que no quiere morirse sin cumplir un deseo: montar el jardín de los cerezos con tantos actores como personajes: 18. Para su casa es arduo pero ¿no hay un teatro público que le invite a hacerlo en un escenario de todos? Acostumbrados a montajes con decenas de artistas (Follies, por ejemplo) producir un clásico universal con 18 actores no parece un despropósito. El María Guerrero ha montado en dos ocasiones esta obra, en 1960 y en 1986. La primera dirigida por José Luis Alonso y la segunda por William Lyton. Hasta donde sé ninguno hablaba ruso. Ángel Gutiérrez habla ruso de Rusia, tiene una mujer rusa, Ludmila Ukolova, y una hija española, y puede leer el texto en el idioma original en que fue escrito. Así que ¿quién mejor?
A ver si animan, ¡hombre!, y Gutiérrez pude realizar su sueño. Creo que todos los teatreros lo agradeceríamos.
Mientras tanto la casa española de Chejov sigue estando en Lavapiés.