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El valor frío de Castella con una gran faena nos salva de otra tarde sin contenido

El valor frío de Castella con una gran faena nos salva de otra tarde sin contenido

Por Emilio Martínez / DC
viernes 25 de mayo de 2012, 00:00h
La tarde iba cuesta abajo cuando Castella, que reaparecía tras el percance de hace una semana en este coso, se jugó la vida literalmente con el quinto y emocionó a tope al público. Pero marró a espadas y no hubo premio físico, aunque sí moral. Fue lo único de especial relevancia de una tarde con descastados y flojos 'cuvillos', como los sobreros, salvo ese segundo del francés, en la que el mexicano Silveti confirmó dejando detalles y Luque anduvo fatal.
Se duda de que Sebastián Castella, con ese valor frío, dicen que racional y de la Ilustración, como su patria francesa, tenga sangre. Qué forma de jugársela ante el quinto, sin gestos ni altanería, sin darse importancia, transmitiendo la idea de que esto de someter a un bicho de más de media tonelada con dos petacos es fácil. Pero, a la par, clavándonos agujas virtuales en el esófago del miedo que sentíamos los casi 24.000 cobardes de los tendidos ante la gesta del galo.

Comenzó con el pase cambiado por la espalda a miles de kilómetros -comprendan la exageración- y luego lo empalmó, según se le ocurría, con un cambio de mano, un tricherazo y el del desprecio. El burel, que no se entregó mucho en el penco, aportó codicia y ganas de pelea y Castella se las dio en redondos con desmayo, una serie de naturales enganchados, nuevos redondos y vuelta a empezar con la izquierda para cuajarlos a mayor nivel, aunque sin reventar. Eso sí, con el feo defecto del toreo moderno, aunque no en su mayor grado: escasa cargazón de la suerte y utilización de pico en algunos muletazos.

Desplantes y adornos
Por ello no fue un faenón, pero sí una demostración de porqué es de las pocas figuras que se entrega como los modestos y no provoca rechazo en la cátedra de Las Ventas. Finalmente, después de meterse entre las navajas del bicho y a desafiarle con desplantes taraceados de torería se lo llevó con más adornos al tercio para... fallar a espadas y perder la oreja de peso -quizás las dos, dada la emoción que había, pero premio excesivo en su caso- que se había ganado. En el anterior pasó desapercibido, porque el animal era un inválido casi total que el usía se empeñó en mantener en el ruedo, para no variar de los comportamientos presidenciales hasta ahora.


El otro punto que nos sacó del sopor, muy ligeramente, lo festoneó el mexicabo David Silveti, que mostró aplomo y buen manejo de los trastos en el de la ceremonia, lo pocó que le duraron las fuerzas (al bicorne, se entiende). En mayor grado comenzó con el sobrero sexto, que desarrolló algo de genio en la pañosa y sólo permitió a un Silveti algo verde echarle arrojo y ganas.


Ni una cosa ni otra demostró un Daniel Luque, que parece atravesar un momento de confusión y espesor, tanto ante el impresentable y anovillado, amén de flojo, tercero, con el que el sevillano se mostró torpe y zarrapastroso; como con el otro de su lote, con un Luque que pretendió ponerse bonito sin alma y con ventajas, o sea, una de esas faenas con las que se cortan orejas en casi todas partes pero que en Madrid no se admiten. Además, teníamos en la retina la labor anterior de Castella y la comparación, en efecto, resultó odiosa... para Luque.


Ficha del festejo
Cuatro toros de NÚÑEZ DEL CUVILLO, justos de presencia, con el tercero chico, y justos de fuerzas; mansos y descastados -salvo el quinto- aunque nobles. 2º, sobrero de CARMEN SEGOVIA y 6º, sobrero de SALVADOR DOMECQ, de similar condición. SEBASTIÁN CASTELLA: silencio; gran ovación y saludos tras dos avisos. DANIEL LUQUE: silencio; silencio. DAVID SILVETI, que confirmaba alternativa: ovación; silencio. Plaza de Las Ventas, 24 de mayo. 15ª de Feria, Casi lleno.
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