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San Isidro, entre la devoción y la política

San Isidro, entre la devoción y la política

Por Enrique Villalba
domingo 15 de mayo de 2011, 00:00h
La pradera de San Isidro volvió a congregar a decenas de miles de madrileños, que quisieron disfrutar del ambiente festivo de la onomástica de su patrón. Los candidatos regionales y municipales se dejaron ver por la zona para tratar de arrancar votos a una semana de las votaciones. Galería: San Isidro vive su día grande.
Amanecía un día soleado en la pradera de San Isidro en la jornada grande de las fiestas más castizas de Madrid. Ya lo dice el refrán: San Isidro Labrador, quita el agua y pone el sol. Después de una noche de conciertos e insomnio, se desperezaba la feria. Los vecinos y comerciantes más madrugadores se acercaban a las ocho de la mañana a beber el agua del santo y hacer la misa. Podrían así besar la reliquia de San Isidro y pedirle un deseo. Seguro que la palabra empleo estaba en la mente de más de uno.

En esas estaba el parque cuando apareció Alberto Ruiz-Gallardón, fiel a su costumbre de madrugar más que los ángeles que araban los campos del santo carabanchelero para darse un paseo por el lugar. Los pocos que por allí estaban le jaleaban "vamos, Gallardón, que hay que echar a estos socialistas". Otros, con más tino, apostillaban que él es el objetivo a vencer en las municipales. "En las generales, ya se verá", concluían.

En todo caso, rápidamente, el candidato popular a la reelección como alcalde de Madrid se dio, más que un baño de masas, una ducha rápida. Bebió el agua del santo, pidió por el empleo y besó la reliquia correspondiente. Todo, sin recorrerse la vía principal de la pradera. En un abrir y cerrar de ojos, había concluido su recorrido, solo interrumpido cuando le presentaron a un bebé vestido de chulapo, cuya abuela tranquilizaba diciéndole que ese señor de gafas era muy importante.

Las vacas del pueblo
Los rayos del sol comenzaron a dar gas a las tiendas de la feria. Los calores y humos del aceite hirviendo gallinejas, entresijos y todo tipo de manjares grasientos, invadían los sentidos del personal, que discutía si sería capaz de comerse a eso de las nueve de la mañana un desayuno hipercalórico de esa magnitud. En plena calle, el barquillero daba juego y una señora mayor, indispensable figura de estas fiestas, daba vueltas a una manivela que rasgaba el chotis 'Madrid' como si fuese un soniquete perpetuo. Mantas mágicas, Bob Esponjas y piedras para equilibrar los chakras no conseguían erradicar del todo las rosquillas listas, tontas y de limón.

Llegaron los socialistas sin trajecitos, parpusas, ni claveles. Lissavetzky recordaba el cumpleaños de su madre, recientemente fallecida, en el que no faltaban nunca dulces de San Isidro. Compró rosquillas que repartió entre los simpatizantes y cupones del sorteo de Cruz Roja. Gómez narraba anécdotas de Tierno Galván en el aniversario de su muerte. Su comitiva iba pareja a la de unos sindicalistas que denunciaban cómo la ONCE despide ciegos para cederles la venta de cupones a bares y gasolineras. Luego entroncaron con una charanga que tocaba aquella tonadilla de 'Las vacas del pueblo ya se han escapao'. La asociación castiza Rompe y Rasga se negaba a bailar chotis al paso de los socialistas, para que los fotógrafos de la prensa no les vinculasen con ellos.

Blanco campaña
Un coche fúnebre que se dirigía al tanatorio daba la nota triste en una mañana que, por lo demás, se tornaba divertida. Los candidatos de Izquierda Unida también se acercaron a la pradera. En su sede vendían insignias de apoyo al partido y a la República, compitiendo con las mesas de información electoral del resto de partidos. Gordo y Pérez se mostraban escépticos con las encuestas que habían salido en los periódicos. Lo suyo es patearse los barrios más que las estadísticas de relumbrón. Apenas hacían un paseíllo de 300 metros por la fiesta.

La última en llegar fue Esperanza Aguirre. Muy peripuesta con su traje de chulapa con los colores de su campaña. Se coordinó para estar en la pradera, adrede o no, a la hora en que entregaban las medallas de oro del Ayuntamiento. La recibieron con zarzuelas y aplausos. Poco antes de su llegada, habían retirado carteles que acusaban a Gómez de mentir. Su PP móvil se vio rodeado de decenas de simpatizantes. Pidió también por el empleo y se dio su particular garbeo, saludando y fotografiándose con todo madrileño interesado.

A la hora de comer, el sainete político plegó velas y devolvió la fiesta a sus verdaderos protagonistas: los vecinos. Un año más, el santo había logrado congregar, por fe y por ocio a sus convecinos a pasar unas horas en buena sintonía con su comunidad. Queda un año para saber si cumple también sus deseos.
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