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La llamada

La llamada

lunes 07 de marzo de 2011, 00:00h
Puede ser con nocturnidad, de madrugada o en plena siesta. O en ese momento previo a la hora de comer en que el ama de casa está con las manos llenas de harina y la pescadilla a punto de caer en la sartén. El caso es que es siempre un momento que de tan inoportuno parece elegido a propósito. Está uno en su casa tan ricamente, cuando suena el teléfono. Y una señorita -suele ser mujer- pregunta con voz melosa por "la señora de la casa", o da el nombre del conyuge, que no está, y contraataca: "¿Es usted su esposa?". Y ahí empieza una retahíla de frases que pretenden ser amables y atraer nuestra atención, que la señorita en cuestión lee con auténtica maestría: es imposible cortarla porque no hay ni medio segundo de pausa en su discurso.

La cosa siempre va de lo mismo: la señorita -o el señorito, que también los hay- que nos ha llamado y no sabe ni nuestro nombre, nos asegura que hemos sido seleccionados -vaya- para recibir completamente gratis un obsequio que van a traer a nuestra propia casa, y por el que no vamos a tener que pagar nada de nada. Únicamente, una cantidad no muy elevada -entre 4 y 10 euros, en mis casos- en concepto de gastos de envío.

Este tipo de publicidad, tan agresiva -una llegó a abroncarme cuando intenté cortarla, al inicio del discurso, con el siguiente argumento: "Yo soy nueva en esto, me han dado un texto para que lo lea, déjeme hacer mi trabajo"-, que invade la intimidad de tu domicilio -¿pero éste no era inviolable?- y que no respeta el horario ni las costumbres, va a más. A pesar de que una ley, que entró en vigor el 1 de enero de 2010, se supone que protege de este "spam" telefónico.

No me lo explico: ¿porqué para entrar en tu casa, la policía necesita la orden de un juez, pero por teléfono cualquiera puede hacerlo tantas veces al día como le dé la gana? Porque lo de esquivar las llamadas de número secreto ya no vale: muchas empresas se han aprendido el truco y no lo utilizan. Y  yo me pregunto, ¿de dónde sacan todos nuestros datos? ¿cuántas empresas se dedican a comprar listados de ciudadanos y a vender sus intimidades -direcciones, nombres, números de teléfono-? ¿Y el gobierno, porqué no hace nada?

Al final de muchas siestas partidas por el "efecto llamada" -este sí que es auténtico-, he comprendido que mi única defensa es un buen ataque. He buscado en foros y blogs hasta dar con la fórmula aportada por un internauta solidario: en cuanto  la "atacante" empiece con su "speech", hay que atajarla con la siguiente frase: "Un momentito, por favor", dejar el teléfono descolgado y... volver a la pescadilla. Oigan, mano de santo.
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