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Fachada principal de la iglesia de San Lorenzo en la calle Salitre con Dr Piga.
Fachada principal de la iglesia de San Lorenzo en la calle Salitre con Dr Piga.

San Lorenzo, un santo con humor negro

Por Enrique Villalba
lunes 09 de agosto de 2010, 07:30h
Las fiestas de San Lorenzo son las de los manolos, los majos y los chisperos. Aquellos que aparecen en los cuadros de Goya enfrentándose a los franceses en la Puerta del Sol. Es la celebración de 'la parroquia de las chinches'. La onomástica de su santo, quizás el mártir con más humor negro de la Cristiandad, es motivo para que los madrileños más auténticos se vistan con sus mejores galas.
Lorenzo nació en Huesca o Valencia en 225. Fue uno de los siete diáconos de Roma. Durante la persecución de los cristianos en el gobierno del césar Valeriano, cuenta la leyenda que le fueron confiados los tesoros de la Iglesia. Entre ellos se encontraba el Santo Grial, que fue enviado a Huesca, escondido y olvidado durante siglos. Sin embargo, es su martirio el hecho más conocido de Lorenzo. Tras la condena a muerte del papa Sixto II, el prefecto de Roma ordenó a Lorenzo que le entregase las riquezas de la Iglesia.

El santo pidió tres días para recolectarlas y lo que hizo fue repartirlas entre los pobres. Al tercer día, se presentó con discapacitados, leprosos y menesterosos, asegurando que esos eran los verdaderos tesoros de la Iglesia. El prefecto decretó quemarle vivo en una parrilla cerca del Campo de verano romano. En pleno martirio dijo: "Dadme la vuelta, que por este lado ya estoy hecho". Según algunos estudiosos, la historia del santo sirvió para cristianizar al dios celta de la luz, llamado Lugh.  


En procesión y repicando
La parroquia de San Lorenzo fue creada en 1660. Baltasar Moscoso, arzobispo de Toledo, estaba preocupado porque había vecinos de Lavapiés que no recibían sus últimos sacramentos por la lejanía de la parroquia de San Sebastián. Así que ordenó la construcción de un nuevo templo bajo la advocación de San Lorenzo, que no tenía un espacio propio en el Madrid del siglo XVII. La diseñó Francisco Bautista y fue construida entre 1662 y 1670 sobre el solar de una antigua sinagoga a la que acudían los habitantes de la Judería, que se extendía por la zona. Está en la actual calle del Doctor Piga. Atrio cerrado, planta rectangular y fachada sencilla, sólo destacaba por una hornacina abierta en la entrada que albergaba una imagen del santo.

Galdós
la llama la 'parroquia de las chinches' en 'Fortunata y Jacinta', por la cantidad de insectos que había en este barrio pobre. Organizaba el 10 de agosto la procesión de Minerva o del Dios Grande para llevar los sacramentos a los enfermos e impedidos. Sacaban al santo en una carroza y una réplica de madera y cartón de la torre del templo con pequeñas campanitas que se tocaban en el trayecto (los vecinos decían que sólo con San Lorenzo se podía ir a la procesión y repicar las campanas). Al igual que en San Cayetano, es costumbre que los fieles intenten apoderarse de las flores del carruaje para tener salud y trabajo todo el año. Tenía tal fama la procesión que llegaron a participar en ella Fernando VII e Isabel de Braganza. El itinerario llegaba hasta Tirso de Molina, aunque varió muchas veces su recorrido. 

 

Judíos conversos

En 1851, la iglesia sufrió graves daños por un incendio en un almacén de maderas y, aunque fue restaurada poco a poco, fue pasto de las llamas en 1936 cuando volvió a ser incendiada. Desaparecieron archivos parroquiales de gran importancia, así como muchos objetos artísticos. Fue desescombrada y reconstruida a partir de 1942, aunque la nueva parroquia no tuvo que ver con la antigua más que en el nombre. Se perdió, incluso, la tradición de sacar la torre de procesión.


Los manolos proceden del nombre de Manuel que poseían muchos habitantes del barrio. Era muy común porque los judíos de la zona, ante la expulsión de su comunidad, prefirieron convertirse al cristianismo y bautizar a sus hijos con el nombre de Emanuel (nombre profético de Jesús en el Antiguo Testamento, 'El Dios que está con nosotros'), de donde derivó el nombre.

Peleas a vara y navaja
Su atuendo pasó de la coleta, la redecilla, el calzón, el chupetín, el capote de mangas y el sombrero apuntado, al chaleco abierto, la chaqueta estrecha y corta, la camisa bordada, el pañuelo cogido con sortija al pecho, la faja encarnada o amarilla, el pantalón ancho, las medias blancas, los zapatos cortos y el sombrero calañés. Eso sí, todos seguían llevando, cuenta Mesonero Romanos, una vara en la mano y una navaja al cinto, con las que no dudaban en pelearse durante las verbenas.

Eran taberneros, caleseros, herreros, traperos, papeleros, curtidores, aguadores y soguillas. Eran chulos, exagerados, anticlericales (de puertas para afuera) y orgullosos. Las manolas vestían guardapiés, medias nacaradas, breves zapatos, mantillas de tira, pañuelo de crespón atado por las puntas a la cintura, peinetas de teja, pendientes de coral, gargantillas con cruz de oro y trenza. Eran desgarradas, de palabra libre, chispeantes, graciosas, incisivas, burlonas, provocadoras y desvergonzadas, narraba Fernández de los Ríos.


Majos y chisperos Los majos eran artesanos y vivían principalmente en el barrio de Maravillas. Acudían engalanados a las fiestas con chaqueta, chaleco, camisa blanca, pantalones hasta media rodilla, medias blancas, zapato bajo con hebillas y redecillas en el pelo. La maja llevaba chapín de seda puntiagudo con tacón, basquiña de punto colorada, corpiño, mantilla de blonda, cinta al cuello con medallas y abanico. Los chisperos vivían en la zona de Barquillo. Trabajaban en las herrerías de esta calle en los siglos XVII y XVIII. Vestían chupa y redecilla. Eran vividores, guapos y valientes.  En los festejos civiles se mantiene la tradición de elegir a la Maja de Lavapiés, la Casta, la Susana y Don Hilarión. Los vecinos de Cascorro y las Vistillas se unen a la fiesta, dando continuidad a las celebraciones que jalonan el distrito.
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