martes 08 de junio de 2010, 00:00h
Actualizado: 17/06/2010 19:31h
La radio es un medio estupendo de pulsar la opinión popular. No una emisora, claro, porque la tendencia es, cada vez más, a escuchar sólo aquello que se quiere oir, y eso limita bastante las versiones. Pero hacer un recorrido por varias emisoras en horario de conexión con los oyentes es como bajar al mercado, a la cafetería o a la calle, para escuchar la opinión pública. Muy distinta, como decía Felipe González en su día, a la opinión publicada. Hacía esta reflexión al hilo de la huelga de funcionarios que se ha celebrado, con desigual seguimiento, y para la que puede haber muchas lecturas y casi tantas interpretaciones.
Porque vamos a ver, ¿la huelga era contra las medidas económicas adoptadas por el Gobierno, que se traducen en el corto plazo en un recorte de sueldos de los funcionarios? Evidentemente, sí. Pero también había mucha gente que protestaba por la actitud de los sindicatos, desaparecidos del mapa durante meses -más de un año- en que los empleos, en la empresa privada, caían como frutas maduras, al igual que los derechos laborales de quienes conseguían mantener el puesto. Ni comentaré, por no ser tachada de corporativista, los miles -miles- de despidos entre los periodistas de la Comunidad de Madrid, donde el descalabro ha sido mayúsculo.
Y hay también mucho cabreo, y mucha queja, contra los políticos en general. Contra los que ahora nos gobiernan, claro, por hacer las cosas tan mal y durante tanto tiempo, sin rectificar salvo a última hora, contra su voluntad y contra la pared. Pero también contra quienes nos han gobernado en otros tiempos de mayor bonanza, y que como la cigarra, prefirieron cantar y cantar a inculcarnos una cultura del esfuerzo y del trabajo, del ahorro y la previsión, que tan bien nos hubiera venido ahora: esos que jaleaban a los bancos cuando éstos regalaban los créditos hasta para comprar los cromos de los niños.
Esos mismos bancos, por cierto, que ahora lloran por las esquinas sus malos resultados, mientras aúllan exigiendo ayudas públicas. Los que se niegan sistemáticamente a aceptar tasas por cajeros -por poner un ejemplo muy local- cada vez que los ayuntamientos proponen su puesta en marcha. Y cabrero y decepción también hay contra todas esas grandes empresas que se hincharon a ganar dinero en las épocas de las vacas flacas, en esos años no tan lejanos en los que cada ejercicio los beneficios superaban en decenas de puntos a los del anterior año. ¿Dónde fueron a parar todos esos beneficios? Ahora sólo quedan las deudas, los déficits, las quiebras, el llanto y el crujir de dientes. Pero siempre para los mismos: esa es la queja común en la calle, a día de hoy. Así que si alguien está tentado de sacar una lectura positiva de la huelga de funcionarios, arrimando el ascua a su sardina, que no lo haga: todos estamos en la diana de las críticas.