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Cien años no es nada

Cien años no es nada

miércoles 03 de marzo de 2010, 00:00h
Algo tendrá cuando se llama La Gran Vía. No porque cumpla cien años gana importancia. Tiene que haber algo más. Y lo hay. Si será distinguida, que durante la dictadura quisieron cambiar el nombre como homenaje a uno de los suyos, a José Antonio, pero nunca lo lograron del todo, para los vecinos siguió siendo su Gran Vía, hasta que volvió a recuperar esa identificación que nunca debió perder. Es, como todas las que tienen el mismo nombre, en otras capitales, la encargada de dividir el escenario de la ciudad, dotar de un eje central a uno y otro lado de una capital, casi milenaria.

Los cien años se cumplirán en Semana Santa, cuando los madrileños que la quieran acompañar estarán pensando más en unos días de playa que en buscar fórmulas que sirvan de homenaje a este espacio centenario que mantiene, a ambos lados de sur recorrido, edificios emblemáticos como Telefónica, los cines, cafeterías que en otros años fueron lugar de cita de escritores y famosos de la época. No en vano la Gran Vía, era el centro del ambiente de moda. El Palacio de la Prensa, Callao, la Casa del libro o la salida del metro por aquel antiguo ascensor que finalizaba su recorrido en la conjunción con la calle Montera.  Chicote y la Plaza de España. Qué más se puede decir de una calle que esconde tanta historia. Privilegiados quienes han vivido en una zona de visita obligada para los turistas que buscan en Madrid lo mejor, lo más típico, aquello que no pueden imaginar desde sus lugares de vida cotidianos, y van a la Gran Vía, con su ambiente permanente que ha cambiado a lo largo de los años.

Desde aquellas imágenes varoniles de capa y sombrero que poco a poco fue dejando su espacio a quienes vieron en esa indumentaria un estilo antiguo y caduco y decidieron vestir de traje, camisa  y corbata, con esa imagen señorial que nos llegaba de Inglaterra, París y Nueva York,  que aconsejaba prescindir de algunas prendas de la figura masculina. Elegantes mujeres con faldas y vestidos por debajo de la rodilla y tacones altos y finos. Esas damas y esos caballeros que desecharon la impronta más antigua de sus padres y que rechazan, por moderna y rompedora, esta otra de sus hijos, con los pantalones peligrosamente caídos, las camisas anchas y por fuera de los pantalones. Un escenario de gentes que van y vienen a todos lados, lleno de visitantes a cualquier hora del día y durante casi toda la noche, que convierte a esta Gran Vía del primer centenario, de principios del siglo XXI, en un paseo multirracial.

Lugar de paseo, de escaparates, de tertulias en los cafés, de negocios, de tardes de cine, esquinas para citas, lugar de compras, de luces de espectáculos musicales y cines, la Gran Vía madrileña cumple sus primeros cien años sin dejar de ser nunca la referencia del centro de Madrid.
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