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Aventura con el debate entre fe y razón

Aventura con el debate entre fe y razón

viernes 29 de enero de 2010, 00:00h
Título: Los Huesos de Descartes
Autor: Russell Shorto
Editorial: Duomo Ediciones
Escrito por el norteamericano Russell Shorto, nos encontramos ante un libro singular, ya que su objetivo, estructura y desarrollo apuesta por una valiente mezcla de géneros: historia, relato y ensayo (dicho sea en comparación con lo que se produce, en general, en España, en que nuestros historiadores, novelistas o pensadores se manifiestan y producen en su especialidad habitualmente de forma singular y aislada). En este sentido, Los huesos de Descartes, resulta para el lector español sorprendente,  fascinante y, sobre todo, muy divertido, (lo que ya es mérito teniendo en cuenta que más de la mitad del libro es divulgación científica y filosófica de no bajo calibre).

Las peripecias de los sucesivos traslados de los restos mortales de Descartes desde su fallecimiento y primer entierro en Suecia en 1650, la desaparición del cráneo y su recuperación, la aparición de un supuesto segundo cráneos y los donosos escrutinios y análisis de los citados restos y cráneo(s), se enhebran y enjaretan con la biografía de Descartes y con la reflexión y explicación de su obra, (básicamente El Discurso del Método y las Meditaciones Filosóficas),  así como con el relato de la recepción  y repercusión de ésta en los diferentes contextos históricos habidos a lo largo de los más de 350 años transcurridos desde la muerte del gran filósofo francés hasta el momento actual.

Russel Shorto hace de Descartes su máximo héroe, el punto de apoyo y el gozne sobre el que se produce la transformación  de la antigua sociedad en la sociedad moderna que instaura la idea de progreso y que llega hasta la actualidad. Y es que, en efecto, se entrecruzan en la figura de Descartes y en su época, y consecuentemente también en el libro, (sic) “algunos de los acontecimientos más grandiosos que puedan imaginarse: el nacimiento de la ciencia, el ascenso de la democracia, el problema filosófico mente-cuerpo y la confusión que aún subsiste acerca de los ámbitos de la ciencia y la religión”.

El nivel de los detalles y el rigor con que se razonan los hechos por el autor son superlativos. Así, por ejemplo, el  primer entierro de Descartes se nos cuenta como se realiza en un pequeño cementerio solitario - cementerio de Adolf Fredriks kyrka - en el que reposaban sobre todo huérfanos, no porque el catolicismo o la iglesia sueca protestante, le negaran suelo, (incluyo este detalle porque ha habido críticas del libro que sostienen esto último, por lo que su primer entierro sería una metáfora de la incomodidad que producía Descartes estando así, desde su muerte: “entre los abandonados que ninguna Iglesia reclamaba” - Felix de Azúa). Lo que ocurrió, tal como cuenta el autor del libro, fue que la reina Cristina de Suecia quería realizarle un funeral de estado y enterrarlo en Riddarholn, donde reposaban los antiguos reyes de Suecia y el embajador francés, de nombre Chanut, le hizo ver a la reina que Descartes era católico, Francia era un país católico y no vería con buenos ojos que uno de sus hijos fuera enterrado en suelo luterano, por lo que el embajador después de haber hecho  “algunas averiguaciones y había llegado a la conclusión de que al no haber alcanzado los niños allí enterrados la edad de la razón, no podía considerarse que estuvieran fuera de la iglesia católica; así pues si bien el suelo del cementerio no era exactamente sagrado, tampoco podía decirse que fuera del todo impío.”

El libro como se ha comentado recorre 350 años de nuestra historia. En él vamos a ver pasar al embajador francés Hugues de Terlon, militar y diplomático, caballero de San Juan,  con voto de castidad y gran coleccionista de reliquias, que traslada a Francia los restos de Descartes y pierde el cráneo. Vemos pasar también los días de la Revolución Francesa. En ella otra figura curiosa, Alexandre Lenoir, con su brigada de recuperación de arte religioso, llegando a iglesias y catedrales antes de que las derribaran o les prendieran fuego. En esos días, vemos también, cómo, a pesar de haber sido aprobada la panteonización (traslado al Panteón de franceses ilustres) de Descartes por decreto de la Convención de octubre de 1793, los revolucionarios, cuatro años más tarde, no aprueban el traslado al Panteón de los restos de Descartes, ya que lo consideraban desligado de la revolución científica y del empirismo, quizás – otra vez -demasiado ligado a la religión católica. Mención aparte merecen los más insignes científicos europeos, sobre todo franceses, del siglo XIX que aparecen en el relato: Berzelius, sueco, pionero de la química moderna que descubre pistas del cerebro desaparecido, Cuvier gran mandamás de la ciencia francesa, Broca y sus curiosas teorías iniciales sobre el cerebro, y un largo etc. Aparecen todos ellos, tanto en lo que se refiere a su papel en las curiosas andanzas y averiguaciones en torno al cráneo, como en lo que se refiere a su papel y opiniones en relación al pensamiento de Descartes.

En relación a este último punto, el libro toma buena nota de la revolución que supuso “El Discurso del Método”, tanto en lo que se refiere a su papel revolucionario de abrir nuevas y provechosas vías para ampliar el conocimiento frente al pensamiento anterior y al tradicionalismo religioso, como de la posible rémora que, a largo plazo, ha podido suponer para el desarrollo de la ciencia ese método en tanto en cuanto el postulado de separación de alma y cuerpo, y por tanto, la suposición o certeza de la existencia del alma, ha conducido a  que, sólo desde hace muy poco tiempo, se hayan podido realizar nuevos enfoques de investigación sobre  bases meramente biológicas del pensamiento.

En definitiva, la apuesta de Los Huesos de Descartes que es arriesgada y difícil, se resuelve satisfactoriamente, con amenidad, provocando el deseo de saber más, (y más profundamente), y de reflexionar acerca de la naturaleza y pensamiento humanos. Un libro que yo diría que es, (con la pega del  estilo elegido para la portada que es, digamos, discutible), un modelo de divulgación: necesario y altamente recomendable.

Pedro Alonso
Comunidad de Madrid
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