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Derecho a la vida y a no morirse de hambre

Derecho a la vida y a no morirse de hambre

domingo 18 de octubre de 2009, 00:00h
Me duele, y mucho, la ceguera del poder, nacional y transnacional, que no mira para no ver la miseria que se esconde en un mundo cada vez más globalizado. Según los datos publicados hace unos días por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), los hambrientos en 2009 representarán cerca de una sexta parte de la humanidad. Este año el planeta alcanzará una cifra récord de 1.020 millones de personas que pasan hambre a diario. La gran mayoría vive en países en desarrollo. En Asia y el Pacífico unos 642 millones de personas sufren hambre crónica; en África Subsahariana,  265 millones; en Latinoamérica y el Caribe; 53 millones, en África del norte y Oriente Medio, 42 millones, y 15 millones más, en los países desarrollados.

Un ejemplo de cómo el derecho a la vida digna es un pañuelo pisoteado por indeseables se puede observar viajando a cualquier ciudad del norte selvático de Perú. En uno de esos pueblos, con varias decenas de miles de habitantes, la salud es como la suerte en la lotería: casi nunca llega. Los que enferman procuran no necesitar acudir al único hospital que se mantiene en pie, ya que perder la vida es más fácil dentro que fuera del recinto sanitario. Si hay complicaciones médicas, la única solución es viajar a la capital, Lima, separada de su pueblo por una distancia de 2.000 kilómetros. No hay sistema alguno de saneamiento ni alcantarillado, y la educación sólo está al alcance de los que tienen más soles, la moneda que llega a pocos bolsillos.

¿Quien defiende el derecho a la vida, a una vida digna, de tantos millones de personas que andan mejor de rodillas que de dinero? ¿Los gobernantes de sus países, personajes que se enriquecen a un nivel proporcional al de la miseria de sus gobernados? Por supuesto que no. ¿Quizá los gobernantes de los países desarrollados que tanto presumen de ayudar a los pobrecitos hambrientos? Que responsan ellos mismos, pero hay un dato que habla solo: tras lograr avances en la lucha contra el hambre en las décadas de 1980 y principios de la de 1990, el número desnutridos comenzó a crecer en 1995, llegando este año a 1.020 millones de personas ante la combinación del elevado precio de los alimentos y la recesión global. En el documento de la FAO se dice con mucha educación y buena palabras que falta voluntad política para acabar con este mal llamado injusticia y desigual reparto de los bienes del mundo.

Estamos en crisis económica, dicen los señores que nos gobiernan, los mismos que se han mostrado tan sensibles a los problemas de los dueños del sistema financiero. Me duele y me siento mal ante las maneras tan enfrentadas de celebrar las manifestaciones contra el aborto y contra la pobreza. Unas pocas miles de personas recorrieron las calles de la capital para pedir a los gobiernos el fin de la pobreza, que destinen el 0.7% del PIB al desarrollo, que se acabe con los paraísos fiscales, y la solidaridad necesaria para impedir que tantos nacidos terminen en la fosa antes de darse cuenta de que los amos de la tierra son como los simios que alguna vez alguien imaginó con planeta. Me habría encantado ser un manifestante más, pero me enteré tarde. Excepto las ONGs que se lo curran de lo lindo para poner su grano de arena en la montaña necesaria para subirse a ella y ver sin complejos, y mucha responsabilidad, el basurero que han ayudado a levantar  los que viven en tierras santas y democráticas.

Ninguna institución del Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero o de las administraciones del partido liderado por el popular Mariano Rajoy se han mostrado interesadas en poner el foco en las miserias de los que malviven sin nada que llevarse a la boca. Todos se han centrado en algo que sirve para confrontar: la nueva Ley de Aborto, todavía sin aprobar. La manifestación contra este proyecto del Gobierno de Zapatero se ha publicitado al máximo, por el ímpetu de los convocantes, el griterío de los contrarios a éstos y algunos dineros públicos y privados.

Llegó la cita a mis oídos hace muchas semanas, pero mi criterio al respecto del aborto es que nadie puede imponer a los demás sus principios éticos o religiosos. Nadie obliga  a nadie a interrumpir voluntariamente su embarazo y nadie debería decidir en nombre de las mujeres, que son las que tienen la posibilidad de dar vida al feto o desprenderse de él por razones que, a veces,  sola ellas entienden. Las divagaciones sobre el feto han enfrentado a científicos desde hace muchos años y siempre la respuesta tiene más que ver no con principios de biología sino de moralidad. Me parece bien que los antiabortistas se manifiesten pidiendo lo que más les venga en gana pero me sienta mal que ellos decidan por todas las mujeres. Hacen bien es seguir sus preceptos del tipo que sean y pasen de follar con condón, de divorciarse si el amor se ha trasmutado en odio oculto, sibilino y dañino, y de abortar, pero me parece increíble querer imponer a los demás sus tesis. Hacen bien en defender el derecho a la vida, pero es un asco ver cómo olvidan el drama de vivir en un planeta lleno de hambrientos. Y no hay que irse al Tercer Mundo. En Europa hay 79 millones de pobres severos, y sus gobernantes han decidido retrasar la eliminación de la pobreza  otros diez años por la crisis económica. Me da asco, y también pena, que a casi nadie  le importe que el hambre sea como la pólvora prendida por la inacción de tantos, que se extiende y se extiende.

Nuestros políticos se llenan la boca de bellas palabras sobre la cooperación y se comprometen con cuestiones que decoran sus discursos y poco más.  Zapatero prometió que en 2012 pondría su 0,7 contra el hambre. ¿Se cumplirá su compromiso inicial para 2010? El aborto seguirá siendo un asunto que siempre creará confrontación, y el hambre en el mundo, ni eso. Nadie considera que es vital y urgente  acabar con esta hambruna lo antes posible. Bueno, nadie de los que mandan. Hay un extenso ejército de personas cooperantes que se dan de bruces cada día con la nula voluntad de los poderosos, encantados de la existencia de los pobres hambrientos porque eso les permite presumir de acciones generosas con los más necesitados y redimir sus almas  para conseguir el perdón de sus pecados.
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