Si los seres queridos fallan, la reeducación de un menor infractor se vuelve mucho más complicada. Por eso los profesionales tienden la mano a las familias de los chicos para que avancen juntos hacia la reinserción.
"Buenas tardes. Le llamo desde un centro de reeducación de menores. Su hijo acaba de ingresar aquí". Así se enteran algunos padres de que sus hijos han cometido un delito: de repente reciben la llamada de un profesional que les anuncia que el chaval va a permanecer sujeto a una medida judicial durante algunos meses. El golpe resulta duro, pero a partir de ahí hay mucho trabajo que hacer. Con el menor, pero también con la propia familia.
.jpg)
De hecho, sus allegados juegan un papel fundamental de cara a su reforma. Es algo que la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor (ARRMI) tuvo muy claro desde su puesta en marcha y que determina el trabajo diario de todos los centros. Desde el mismo instante en que llega un menor, los trabajadores empiezan a trabajar con su familia. "En la llamada inicial, que corre a cargo de un técnico, procuramos tranquilizar a los padres. Después es el propio menor el que los llama", explica Magdalena Mayorga, coordinadora de tratamiento del centro Teresa de Calcuta, gestionado por Ginso.
Una vez hecho esto, los profesionales del centro conciertan una cita con los familiares, bien en el propio centro o bien en el domicilio del menor, "lo que nos permite recabar mucha información sobre su entorno", añade Mayorga. También suelen visitar el centro para que conozcan el lugar donde su hijo va a pasar los meses siguientes.
.jpg)
La recogida de información resulta fundamental. Por eso, a veces resulta necesario acudir a los servicios sociales para recabar los datos que la familia pueda omitir, como los casos de maltrato, o para calibrar su verdadera situación socioeconómica. A partir de ahí, comienza un largo proceso durante el cual se tratará de implicar a la familia en el proceso de reinserción del menor. "Si la familia trabaja codo con codo con nosotros, el proceso de reeducación es mucho más rápido; si no, resulta más difícil intervenir", apunta Miriam Ganado, del centro de Los Robles, gestionado por Fundación Diagrama.
Así, el menor mantiene conversaciones telefónicas y entrevistas con sus familiares de primer grado, ampliables a tíos, abuelos u otros parientes, siempre que el equipo técnico lo considere adecuado para el menor. "El personal del centro controla cómo sale el chaval de esas conversaciones, porque es importante para conocer a fondo cómo son esas relaciones familiares", explica Pablo Justo, director de El Pinar II, gestionado por Fundación Grupo Norte.

Las visitas, en los centros de régimen cerrado, son semanales y duran entre 45 y 50 minutos, aunque también pueden ser dos de 20 minutos cada una. Se desarrollan en una sala u otro espacio adecuado para ello y en la intimidad, aunque en algunos casos, cuando las relaciones familiares son conflictivas, el personal del centro se mantiene cerca. "Si oímos una palabra más alta que otra, la visita se interrumpe de inmediato", dice Justo.
En los casos más extremos, cuando el menor está sujeto a la medida por haber maltratado a su familia y existe una orden de alejamiento, las visitas no pueden llevarse a cabo. El Laurel, gestionado también por Fundación Grupo Norte, está especializado en menores que cometen este tipo de delitos. Aquí el trato con la familia es, si cabe, más importante, "porque en este caso es precisamente donde está el problema", apunta Manuel Córdoba, director del centro. De esta forma, dispone de sesiones semanales de terapia familiar, que sirve para reencauzar las relaciones familiares.
.jpg)
En estos casos, el inicio de la medida resulta especialmente complicado, porque el menor llega al centro, precisamente, a raíz de una denuncia de sus familiares, que "suelen arrepentirse en el momento en que su hijo llega al centro", dice Córdoba. "A partir de ahí, hay que hacerles entender que la permanencia del chaval aquí es necesaria para que puedan normalizar su situación", añade. Después, la terapia, la ayuda para gestionar las emociones y las normas... "Lo más difícil es que la familia comprenda que, por mucho que trabajemos con el menor para que controle sus impulsos, las relaciones entre ellos deben cambiar también, y eso les incluye a ellos. No sirve de nada reeducar a un chaval si cuando llegue a casa va a enfrentarse a las mismas dinámicas que antes. En ese caso, como mucho, se le puede enseñar a controlarse", explica Córdoba.
Salidas de fin de semana
En las medidas de régimen semiabierto y abierto, los menores pueden pasar varios fines de semana en el domicilio familiar, dos al mes en el primer caso y cuatro en el segundo. Así ocurre con los internos de Los Almendros, gestionado por Asociación Respuesta Social Siglo XXI, donde, como en el resto, la posibilidad de realizar esas salidas está sujeta a la valoración del equipo técnico. "Cuando un menor va a salir, llamamos a su casa para que preparen unas normas. Por ejemplo, que esté a una hora determinada para comer, que vigilen los posibles síntomas de consumo de drogas... Forma parte del proceso de reeducación", apunta José Antonio Martínez, trabajador social del centro.
.jpg)
En el caso de los centros de régimen abierto, que ejecutan medidas como la libertad vigilada o las prestaciones en beneficio de la comunidad, el trato con las familias es menos estrecho al no residir el menor en el recurso. Sin embargo, tanto el Centro de Día Tejares como el Albufera, ambos gestionados por Asociación Centro Trama, contarán con un programa de apoyo familiar para los padres que demanden ayuda, "lo que permitirá dar apoyo psicológico como un contenido más de la libertad vigilada y abordar de forma integral la intervención familiar", dice Pilar Lizán, coordinadora del primero.