Un poeta apuñalado en su carroza en plena Calle Mayor, un asesino que nunca fue detenido y una orden de silencio que venía de lo más alto. El nuevo episodio de Madrid en voz baja, el podcast de Eva R Picazo, cuenta las dos muertes del conde de Villamediana: la que Madrid quiso recordar y la que la corte enterró.
La noche del domingo 21 de agosto de 1622, hacia las nueve y media, una carroza bajaba despacio por la Calle Mayor de Madrid. Dentro iban dos hombres que volvían a casa. Uno de ellos era Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana: el poeta más brillante, más temido y más envidiado de la corte de Felipe IV. No llegó vivo a su portal. De un zaguán oscuro salió un desconocido, hizo parar el coche y le clavó un acero en el costado. El conde murió a los pocos minutos. El asesino escapó y nunca hubo condena.
Quién era el conde de Villamediana
Nacido en Lisboa en 1582, Villamediana lo era casi todo a sus cuarenta años: Correo Mayor del reino —un cargo poderosísimo heredado de su padre—, poeta admirado del círculo de Góngora y dueño de una de las lenguas más afiladas de su tiempo. Jugaba fuerte, gastaba a manos llenas y escribía sátiras que ridiculizaban a los ministros más poderosos de la corte. Se hacía querer y odiar con la misma facilidad. En un Madrid lleno de silencios, decir la verdad en verso era la manera más rápida de coleccionar enemigos.
Un crimen que se mandó silenciar
Lo que convierte este asesinato en un misterio no es solo que el autor huyera, sino lo que vino después: nada. Un documento de la época recoge que se ordenó que todo el asunto se callase. La justicia, tan expeditiva para castigar a un desgraciado cualquiera, con este muerto ilustre miró hacia otro lado. Alguien con mucho poder no quería que se supiera por qué había muerto el conde. Y sobre ese silencio, Madrid empezó a construir su propia versión.
La versión que Madrid prefirió: el amor a la reina
La historia más hermosa, la que ha llegado hasta hoy, es la de un amor imposible. Se dice que Villamediana estaba enamorado de la reina Isabel de Borbón, la joven esposa de Felipe IV, a la que ni siquiera se podía tocar sin pagarlo con la vida. Las anécdotas son deliciosas: que se presentó en un baile con una capa cubierta de reales —monedas de oro— y el lema «Son mis amores reales», un juego de palabras temerario; que durante una fiesta en Aranjuez provocó un incendio para poder salvar a la reina en brazos; que en unos toros ella lo alabó y el rey respondió, seco, «pica bien, pero muy alto». Con relatos así, cuesta no querer creer que lo mataron por amor.
Por qué la historia de amor no se sostiene
El problema es que, de cerca, la leyenda se deshace. Las fuentes más rigurosas cuentan que el incendio de Aranjuez fue un accidente —una antorcha que cayó sobre el decorado— y que fueron las malas lenguas de la corte las que se lo atribuyeron al conde. Y hay algo más incómodo todavía: aquellos versos que parecían dedicados a la reina quizá ni siquiera hablaban de ella, sino que narraban otro romance, el del propio rey con una dama de la corte. El gran enamorado de la leyenda podría no haber estado enamorado de nadie.
La verdad que la corte enterró
Entonces, ¿por qué lo mataron? Justo en los días de su muerte, la justicia tenía abierto un proceso por lo que entonces se llamaba «el pecado nefando», la sodomía, con varios acusados entre los que podía figurar el conde. Pocos meses después, en diciembre de 1622, cinco personas fueron quemadas en la Plaza Mayor por ese delito; dos eran criados de Villamediana. El propio Quevedo insinuó con crueldad que el conde había muerto por «haber pecado con todo su cuerpo», y se dice que el rey ordenó guardar secreto del proceso para no infamar a un muerto. No hay certeza, pero es hoy una de las explicaciones que más peso tienen entre los estudiosos: mucho menos luminosa que el amor a la reina, y mucho más humana. El episodio completo lo cuenta despacio, al oído, como sabe hacerlo Madrid en voz baja.
Madrid en voz baja es un podcast de Eva R Picazo disponible en Spotify: las historias que la ciudad cuenta al oído, en un tono íntimo y literario.