Las bibliotecas de Madrid vuelven a convertirse este verano en refugios frente a las altas temperaturas. Niños, estudiantes, opositores, trabajadores y personas sin hogar encuentran en estos espacios climatizados un lugar donde protegerse del calor mientras leen, estudian, utilizan Internet o simplemente descansan.
Con los termómetros acercándose a los 40 grados en distintos puntos de la región, las bibliotecas municipales y autonómicas ofrecen durante las horas centrales del día un respiro que va más allá de su función cultural habitual.
Una de ellas es la Biblioteca Pública Municipal Benito Pérez Galdós, situada en el centro cultural Contemporánea Condeduque. Para acceder a sus instalaciones es necesario atravesar uno de los patios del recinto, donde a primera hora de la tarde se alcanzan temperaturas cercanas a los 38 grados. Al cruzar la puerta, sin embargo, el ambiente cambia por completo.
En la sala infantil, rodeada de cuentos, mesas de colores y juegos, Angy pasa la tarde junto a dos niñas a las que cuida. Las vacaciones escolares y el intenso calor las han llevado a cambiar la calle por los libros.
Sobre la mesa han reunido una veintena de ejemplares durante las más de dos horas que llevan en la biblioteca. Las pequeñas hojean cuentos ilustrados, libros en inglés y clásicos infantiles como las aventuras de Teo.
“Estábamos en Plaza de España y decidimos venir aquí antes de ir a casa porque hace mucho calor en la calle”, explica Angy, de 23 años, mientras una de las niñas permanece concentrada en un libro interactivo de Disney.
A pocos metros, Adriana aprovecha el espacio para teletrabajar mientras su hija lee una obra de la escritora Míriam Tirado.
En las salas de estudio, prensa y ordenadores conviven usuarios con necesidades muy diferentes. Algunos hojean revistas o periódicos, mientras otros recurren a los equipos con conexión a Internet para formarse o buscar empleo.
Es el caso de Gustavo, un hombre brasileño de mediana edad que lleva más de siete años viviendo en España. Acude diariamente a la biblioteca para estudiar idiomas como chino y alemán mientras busca trabajo.
Aunque valora disponer de este espacio, lamenta que durante agosto el centro cierre las tardes de los fines de semana, precisamente uno de los momentos que suele aprovechar para estudiar.
También utiliza la biblioteca Clara, de 29 años y vecina de Alcorcón. Había quedado con unos amigos por la zona, pero decidió entrar para evitar las horas de más calor. “Vengo aquí a estar fresquita y, mientras, aprovecho para hacer cosas”, señala.
En otra de las salas, Ada y Guillermo estudian una tesis doctoral y una oposición, respectivamente. Ambos comparten piso, solo disponen de un escritorio y no tienen aire acondicionado en casa, por lo que alternan el trabajo doméstico con las jornadas en la biblioteca.
“Aquí se está muy fresquito; hay veces que incluso hace frío”, comenta Ada, que considera que sería útil ampliar el horario más allá de las 20.00 horas.
Un alivio para las personas sin hogar
La Biblioteca Pública Municipal Mario Vargas Llosa, situada cerca de la estación de Metro de Tribunal, también se ha convertido en un lugar habitual para quienes necesitan escapar de las altas temperaturas.
Entre sus usuarios hay personas que aprovechan el descanso del trabajo para leer, vecinos que consultan la prensa y personas sin hogar que pasan buena parte de la tarde sentadas o utilizando los ordenadores.
Pavel, de unos 50 años, vive en la calle en la zona de Embajadores. Frente a uno de los equipos de la biblioteca ve un programa de televisión rumano con los auriculares puestos.
Aunque asegura disponer de un colchón y un lugar cubierto donde dormir, admite que el verano madrileño resulta especialmente difícil. “Gracias a estas bibliotecas, donde nos dejan estar el tiempo que queramos, pasamos las horas de más calor”, explica.
Cada mañana acude a la iglesia de San Antón para desayunar y, antes de cenar a las 19.00 horas en un centro para personas sin hogar, pasa varias horas en la biblioteca, donde puede permanecer tranquilo y protegido del calor.
También utiliza un recurso social de Embajadores para ducharse y cambiarse de ropa. Para conseguir algo de dinero recoge chatarra, una actividad por la que obtiene entre cinco y diez euros al día, mientras espera poder regresar en unos meses a Benidorm, donde trabajó anteriormente como agricultor.
Los niños cambian el parque por la biblioteca
En pleno parque de El Retiro, la Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías-Casa de Fieras recibe cada tarde a numerosas familias que buscan un descanso después de recorrer el recinto bajo el sol.
Cuando el calor se intensifica, muchos niños sustituyen los columpios por los cuentos ilustrados de la sala infantil, mientras los adultos aprovechan el aire acondicionado.
Una familia extranjera de visita en Madrid explica que decidió entrar después de pasar varias horas recorriendo El Retiro. Una situación similar vive Glenys, que acude unas tres horas cada tarde con una niña pequeña.
“En estas fechas solo se puede estar en la piscina o en lugares con aire acondicionado”, afirma. Aunque la menor todavía no sabe leer, encuentra entre los libros una forma de entretenerse durante las horas centrales del día.
En la sala de lectura, José consulta la prensa antes de ponerse a estudiar. Considera que la biblioteca es una buena manera de mantenerse ocupado y destaca que ha encontrado allí “la sala más fresquita” del edificio.
Las trabajadoras del centro explican que durante los meses de verano aumenta especialmente la presencia de niños por las vacaciones escolares. También son frecuentes los visitantes de El Retiro que entran para recuperarse del calor antes de continuar su paseo.
Las bibliotecas madrileñas se consolidan así como espacios donde la cultura convive con una función social cada vez más visible. Para algunos usuarios son un lugar donde preparar una oposición, aprender idiomas o teletrabajar. Para otros representan algo más básico: un espacio climatizado en el que protegerse durante las horas más duras del verano.