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Escuadrón de Caballería de la Policía Municipal
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Escuadrón de Caballería de la Policía Municipal (Foto: Chema Barroso)

Así entrenan los caballos del Escuadrón de Caballería de Policía Municipal

Caballos de pura raza española en el Escuadrón de Caballería

Por Daniel Jiménez Vaquerizo
viernes 28 de julio de 2023, 07:00h
Actualizado: 02/08/2023 15:03h

Cada mañana el mismo trasiego, el sonido de los cerrojos que abren los establos alertan a los caballos. Sultán, Único o Virtuoso saben que comienza una nueva jornada de trabajo. Estos días de intenso calor, a primeras horas de la mañana en las instalaciones del Escuadrón de Caballería de la Policía Municipal de Madrid en las inmediaciones de El Pardo, el rocío del Manzanares se ha posado en la arena donde pronto saldrán a trotar varios de los potros que comienzan a entrenarse.

El ambiente en esta Unidad de Policía es especial y diferente a la de la cotidianidad de los distritos y no solo por su emplazamiento, flanqueada por centenarios ejemplares de plátanos de sombra, sino por el especial cuidado de sus compañeros de trabajo.

“Es una de las unidades más especiales”, reconoce José Gabriel Campos, encargado de la doma de los nuevos potros y encargado de guiar a este equipo de Madridiario durante un recorrido por todas las instalaciones. No cualquier policía entra en esta unidad, tiene que darse una afección previa que ayude a establecer esa conexión con el caballo. Además, también hay un curso para aquellos agentes interesados en estas plazas, un concurso interno y una última demostración: una prueba de monta.

El Escuadrón de Caballería de la Policía Municipal de Madrid tiene sus orígenes en la segunda mitad del siglo XIX. Su establecimiento oficial se remonta al mandato del Conde de Romanones, cuando en 1893 se creó la Guardia Montada. Durante la primera década del siglo XX, el Escuadrón llegó a contar con más de 70 caballos, momento de máximo esplendor, aunque el estallido de la Guerra Civil terminó con el crecimiento de la unidad. A principios de 1952, este cuerpo se refunda y comienza a prestar servicios de gala acompañando en actos protocolarios como en la entrega de cartas credenciales, una tarea que sigue realizando cada mes. De hecho, basta con acercarse a la calle mayor el día apropiado para verles pasar montados a caballo y engalanados.

Los potros llegan a estas instalaciones con tres años y en ese momento comienza el proceso de doma. Un camino completo que recorren los agentes con cada uno de los caballos. Primero es necesario creae un vínculo, una relación de confianza que difumina el miedo al contacto, a la silla que le acompañará en las salidas o los sonidos de una ciudad desconocida. Cuando los nuevos potros están preparados para sus primeros servicios se le asigna un jinete. Un vínculo duradero y un aprendizaje constante se imponen para adaptarse a las situaciones y cambios que Madrid propicia.

El servicio de hoy queda cerca de la sede del escuadrón: una patrulla por la Casa de Campo. Antes, un control de asignaciones para cuadrar los turnos de los agentes con los caballos asignados según el vínculo que el tiempo ha forjado entre ellos. En las cuadras, los caballos permanecen separados por capas, sus colores en el argot hípico. Hay tordos, negros, pintos o alazanes. En algunos todavía aguanta la marca de la yeguada de la que proceden. El cuidado de las crines es continuo, algunos lucen incluso trenzas que los agentes realizan con cuidado: “Nuestros caballos recorren los principales puntos de la ciudad y deben tener siempre una buena presencia”, subraya uno de los agentes que revisa hasta el brillo de los cascos. Uno de los tordos más veteranos vigila las conversaciones a su alrededor. Con un solo ojo controla toda la esquina desde su establo: “Es tan noble y leal que continúa realizando servicios sin ningún problema”, recuerda con una sonrisa su cuidador.

Los caballos cumplen un servicio por un tiempo determinado y después se ‘jubilan’ como cualquier trabajador. Su destino suele ser algún refugio o asociación de equinoterapia, aunque, si se dan las condiciones apropiadas y el vínculo es inquebrantable, algunos ejemplares terminan sus días en casa de quienes han sido sus compañeros de trabajo.

La mayoría de los caballos aquí son de pura raza española “por su presencia”, aunque en los años que la crisis afectó a las arcas municipales alguna nueva incorporación vino de otras castas. Desde hace poco, un convenio entre Policía Municipal y Yeguada Militar, la rama del Ejército que se dedica a este ámbito, facilita la adquisición de los nuevos miembros equinos. En la zona de los castaños destaca un ejemplar por su intenso color negro, su brillo se diferencia de manera excepcional. Es Único, un apelativo que además de ajustarse a su curioso aspecto también se encuadra en el orden alfabético que marca los nombres de los nuevos caballos que llegan al escuadrón.

El trajín en las cuadras antes de salir al servicio es constante. La veterinaria revisa las heridas de Perseo, que hace pocos días tuvo una caída. Mientras, por el pasillo, salta el activo bodeguero que mantiene a raya los posibles roedores de las cuadras.

En la actualidad, son más de 30 los caballos que componen el Escuadrón y unos 45 los agentes de Policía los que trabajan en esta unidad. El resto de personal lo compone el equipo de limpieza, veterinarios y el herrero que cada día repasa el estado de los cascos de todos los caballos.

La mirada inquieta de los miembros equinos de la unidad vigilan con recelo las cámaras que les graban mientras los agitados potros esperan pacientes a que el jinete que tienen asignado comience con ellos su entrenamiento cotidiano. Fuera se enfrentan a sonidos tan variables como los ruidos de un león del cercano Zoo de Madrid o el estridente silbido de un camión frenando. El aprendizaje se realiza siempre junto a un caballo más experimentado, que acompaña en las primeras salidas a los novatos.

Los animales, antes de salir a su guardia, coinciden en el abrevadero de piedra que un antiguo agente donó al escuadrón y Perseo, uno de los caballos más activos de toda la yeguada municipal, se hace el remolón y juega con las sogas que le sujetan antes de que su jinete prepare su monta para la patrulla.

La sede del escuadrón, desconocida para la mayoría de los madrileños, pasa desapercibida entre la carretera de Castilla y la de El Pardo. A su lado se ubica el depósito donde los despistados conductores recogen su vehículo cuando lo ha retirado la grúa municipal, robándole el protagonismo que merece esta unidad que desde hace 70 años entrena a los integrantes más particulares de la Policía de Madrid.

“Mañana tenemos una jornada intensa con la visita de un grupo escolar”, recuerda Gabriel Campos mientras sube al corcel con el que hoy recorrerá los caminos de tierra del cercano Parque del Oeste. La agenda de este policía y jinete a tiempo completo tiene marcado en letra especial los días que cientos de escolares llenan las gradas para disfrutar el espectáculo de los caballos en escuadrón. Todos en posición, la patrulla se va perdiendo en la lejanía en el inicio de una nueva jornada de trabajo a lomos de sus inseparables compañeros, que ya son sus fieles amigos.

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