El
juego político se basa en la dialéctica: de hecho, la política es probablemente
el arte de buscar soluciones mediante el diálogo, en lugar de acudir a la
garrota. Por eso es tan importante que los debates en sede parlamentaria -sea
la sede que sea, sea el tema que sea- se conviertan en un cruce de ideas, a ser
posible elegante en las expresiones y con cierto nivel en la oratoria. Pero no
siempre ocurre así.
Muchas
veces, los debates más esperados, los que deberían marcar las líneas de la gran
política en una institución -como es el caso del Debate sobre el Estado de la
Región, que acaba de finalizar- son los más decepcionantes. No por las
críticas, que para eso van sus señorías a los escaños, a criticar unos la
acción de los otros y a defenderla los del otro lado. El problema es el tono,
la falta de didáctica, el mal ejemplo que transmiten con afirmaciones de trazo
grueso, palabrotas cuando faltan los argumentos, o descalificaciones sin más.
La
política es un arte de caballer@s. Hay que demostrar nivel, hay que argumentar,
hay que dar razones para que el público que pueda seguir el debate -Telemadrid lo ha retransmitido en directo- sienta que está
involucrado en aquello de lo que se habla. Para que no le parezcan ajenas las
personas que ocupan algunos de los escaños o, peor aún, todas ellas, militen
donde militen. Hacer divulgación de la buena política, de la constructiva, de
la que intenta aportar soluciones, alcanzar consensos, es siempre importante,
pero se convierte en imprescindible en este momento de crisis total en el que
si algo está saliendo mal parado es la imagen de los políticos.