Crítica teatral: No necesito saber tu nombre
lunes 09 de mayo de 2011, 00:00h
Actualizado: 11/05/2011 11:44h
Empezó silenciosamente en la dinámica sala Azarte, de Chueca. Pero “No necesito saber tu nombre” ha ido creciendo desde el pasado mes de enero y ahora se ha instalado en Lagrada (C/ Ercilla, 20). Estamos ante un trabajo teatral delicado creado y dirigido por Mar Díez e interpretado por Julio Rojas, Vicente Navarro y Alberto Alonso.
Es una metáfora del amor imposible, del amor puro exento de sexualidad. Desde el primer momento nos situamos en un escenario desnudo donde los protagonistas se encuentran pero sin posibilidad de tocarse. Es una prisión indefinida, con un cancerbero al que nunca vemos pero al que oímos constantemente ejercitando una especie de ejercicio sadomasoquista verbal.
Los dos hombres se ven, se hablan, se enamoran en el patio del penal, separados por un muro invisible pero mortal. Uno lleva mucho tiempo encerrado y tiene callos en el alma. El otro, recién ingresado, manifiesta una delicadez dolorosa y seductora. Por eso –y por la comunión de los dos con los textos de Gil de Biedma-el veterano cae rendido a sus encantos.
Aunque, como declara, nunca había amado a otro hombre. En una sucesión de jornadas, aparentemente monótonas, la relación avanza, con el dolor de no poder abrazarse. Hasta el último día de encierro. Pero ese es el final que, obviamente, no voy a desvelar. Los actores no tienen más apoyo que la palabra y el trabajo del compañero.
Mar Díez les ha marcado unos movimientos casi coreografiados para transmitir el agobio del encierro en un espacio sofocante. Julio y Vicente han de estar constantemente pendientes el uno del otro. Y ambos provocados por la voz de Alberto Alonso desde la oscuridad. Avanzan desde la indiferencia inicial a la pasión platónica que desborda las últimas etapas. Es un montaje que exige la atención constante del espectador. Su proximidad física con los intérpretes les sumerge prácticamente en la oscura prisión y les hace cómplices del enamoramiento y de la desesperación de los personajes.
El domingo la sala estaba al completo. Seguramente el boca-oreja está permitiendo que este trabajo de orfebrería escénica se prolongue en la cartelera.