Por
Pedro Fernández Vicente
jueves 23 de septiembre de 2010, 00:00h
Actualizado: 01/10/2010 17:14h
Lo que no se puede negar es la calidad de Ronaldo. Como futbolista es un número uno sin discusión alguna. Sólo algunos privilegiados, como Cristiano, Messi y poco más, se salen de la media alta que representa el fútbol de primer nivel. Son grandes entre los grandes, como fue Romario, el otro Ronaldo, el gran Maradona, Pelé o Di Estéfano y algún que otro más que seguramente me estoy olvidando, en un ejercicio de injusticia que no me gustaría cometer, pero al que mi memoria me obliga.
Es verdad que Cristiano Ronaldo pertenece al grupo de los mejores, de los que sobresalen, de los que destacan por encima de todo. Una circunstancia que no está en contra de otras cuestiones y que justifican lo que le está pasando a este portugués de oro esta temporada.
Es evidente que se trata de un goleador y, sin embargo, jugada la cuarta jornada de liga y la primera de Champions, todavía no ha marcado como resultado de una jugada, han sido dos pero a balón parado; uno a la Real Sociedad al sacar una falta y después de rebotar en la espalda de Pepe y otro de penalti al Español. Poca cosa para su categoría. Todos los medios de comunicación aprecian una situación pasajera de ansiedad. Creo, honradamente, que se equivocan. Es verdad que busca insistentemente el gol desde posiciones inverosímiles y, a veces absurdas, pero esa es su forma de jugar, es su manera de afrontar los partidos. Ronaldo se siente un matador, goleador, finalizador y, como todos los que gozan de ese sentimiento, son egoístas. El gol solo admite a su lado, en la estadística, al que lo materializa. El resto no cuenta, sólo lo ven los entrenadores y su entorno más cercano y tal vez, algunos aficionados. Es posible, incluso, que muchos de los denominados como técnicos, sólo valoren a quien da el empujón final al fondo de la red, con más o menos dificultad. Pero hay más gente en el campo que forman parte del entorno del gol y de su protagonismo. Hace falta que otros jugadores renuncien a su lucimiento personal para que el balón llegue al área contraria y los delanteros puedan hacer su trabajo o estropear el de todos.
Recuerdo a Hagi, que estuvo algunos años en el Real Madrid. Una vez marcó desde el medio campo, en un disparo lejano por encima del portero. El gol, digno de ver, dio la vuelta al mundo por las pantallas de televisión. No recuerdo bien, pero creo que esa propaganda sirvió para que el club lo vendiera a un precio mínimamente aceptable.
Pero el fútbol exige otra visión mucho más práctica. ¿Saben cuantas jugadas estropeó Hagi para conseguir su gol y que su imagen recorriera el globo?, cientos. Cada partido hacía un ensayo, como mínimo, sin conseguirlo. En ocasiones se ganó los pitidos del sabio Bernabéu, hartos de tanto intento estéril.
Pues algo así le está pasando a Cristiano, a nuestro Ronaldo, al que el Bernabeu quiere y al que pita de forma cariñosa, como crítica de adhesión, ante tantos intentos estériles de lanzamientos a gol desde posiciones imposibles. Es de los mejores, pero no Dios. Hay otros compañeros y, muchas veces, mejor situados de cara a la portería contraria. Un comportamiento que empiezan a imitar otros, llevar el juego individual hasta el límite de lo imposible, regateando una y otra vez, sin importar sin son dos, tres o cuatro los contrarios. Un buen ejemplo de esto son Di María, Higuain y Benzema.
Mouriño los defiende y hace bien, pero tampoco estaría mal que, además, les indicase la bondad y la eficacia de hacer paredes entre ellos. Seguro que se incrementaría la estadística personal de cada uno y la de todos en conjunto. Mejoraría la relación con el público, los espectadores que pagan y el Madrid saldría del atasco que tiene en ataque.
Y si no me creen que le pregunten a Xavi Hernández o Messi.