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El profesor David Clara con los alumnos que están construyendo el satélite
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El profesor David Clara con los alumnos que están construyendo el satélite (Foto: Mónica González )

De un aula de Móstoles al espacio: un satélite del tamaño de una lata y un reto europeo

La historia del satélite 'Team Rocket'

Por Susana Pérez
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sperezmadridiarioes/6/6/18
sábado 07 de marzo de 2026, 09:18h
Actualizado: 08/03/2026 09:06h

En un aula convertida en laboratorio aeroespacial, seis alumnos de 4º de la ESO del IES Antonio de Nebrija de Móstoles ultiman estos días los detalles de un satélite del tamaño de una lata de refresco. Lo han bautizado Team Rocket y es su pasaporte al desafío educativo Agencia Espacial Europea (ESA) dentro del programa ESERO España, que reta a estudiantes de toda Europa a diseñar, construir y lanzar su propio CanSat.

Su misión va más allá de medir datos atmosféricos. Quieren comprobar cómo influyen los cambios bruscos de temperatura —durante el ascenso y el descenso— en distintos materiales de construcción. “Uno de los grandes problemas que tenemos en el campo de la aeronáutica es el tema de los materiales, porque al lanzar un objeto al espacio los materiales se calientan mucho debido a la presión y a la velocidad”, explica David Clara, profesor de Tecnología del centro.

Un satélite en miniatura con misión científica

Los estudiantes construyendo su propio CanSat

El proyecto forma parte de la asignatura PICIT y se desarrolla en equipos mixtos de seis alumnos. “Van a tener que hacer un satélite en miniatura, del tamaño de una lata de refrescos aproximadamente, y se va a lanzar al espacio. Cuando decimos al espacio, lo vamos a lanzar más o menos hasta un kilómetro de altura”, detalla Clara.

“Me parece bastante interesante cómo necesitas cosas específicas para poder conseguir algo mediante los códigos”

Durante la bajada, el dispositivo registrará presión, temperatura y altitud —la misión primaria obligatoria del concurso—, utilizando sensores como el MP280 y sistemas de radio como el APC220 para transmitir los datos en tiempo real al ordenador de control en tierra. Pero la clave está en su misión secundaria: dividir la estructura en dos mitades fabricadas con materiales diferentes e incorporar sondas térmicas para comparar su comportamiento ante las variaciones ambientales.

“Como en la parte obligatoria les obligan a medir la temperatura ambiental, van a poder contrastar cómo influye esa temperatura sobre el propio material”, añade el docente.

El lanzamiento está previsto para el día 17 desde un aeródromo, en una jornada en la que participarán entre 40 y 50 centros. Antes de despegar, cada CanSat debe superar un estricto control de peso y dimensiones. El sistema de lanzamiento puede variar: desde cohetes hasta paratrikes o drones, según determine la organización.

Aprender programando y resolviendo problemas reales

Para el alumnado, la experiencia es mucho más que una práctica de clase. “Lo que me está gustando más es que puedo programar, que es algo que me gusta bastante, y ver cómo unos alumnos de cuarto están logrando algo tan increíble como crear un cohete que se pueda lanzar tan alto y obtener tantos datos”, explica Nicolás Zagrossi de la Osa, uno de los alumnos responsables del código y los sensores.

Junto a su compañero, trabaja en el sistema GPS, el sensor BMP de presión y altitud y los sensores térmicos que deberán soldar antes de integrarlos en la cápsula definitiva. “A veces ponemos el ordenador en la ventana para que se conecten los satélites o vamos al recreo para comprobar que funcione”, relata entre risas, consciente de que cada error es también una lección.

Para Belén Vilte Fleitas, de 4º de la ESO, la motivación nace de la curiosidad: “Me parece bastante interesante cómo necesitas cosas específicas para poder conseguir algo mediante los códigos”. Su equipo también se encarga de la imagen y comunicación del proyecto, demostrando que la ciencia y la creatividad no están reñidas.

De un kilómetro a 30: el salto a la estratosfera

El proyecto no termina con el lanzamiento. Tras la fase inicial, Team Rocket continuará su investigación en 'Tu experimento en un globo sonda', donde el dispositivo alcanzará hasta 30 kilómetros de altura, rozando la estratosfera. “Extrapolamos la hipótesis que teníamos y vemos si a mayor altura alcanza más veracidad o menos”, explica Clara.

En esta segunda etapa, el experimento deberá adaptarse a un nuevo formato cúbico y a condiciones mucho más extremas, ampliando la recogida de datos y validando los modelos atmosféricos obtenidos en la primera fase.

“Les obligan a medir la temperatura ambiental y van a poder contrastar cómo influye esa temperatura sobre el propio material”

El instituto participa además con otro CanSat, DropSat, desarrollado por alumnos de 1º de Bachillerato en Tecnología e Ingeniería. Este incorpora un micrófono que registra eventos acústicos durante el vuelo y transformará esos datos en una melodía. “Van a crear la música que genera el CanSat cuando se abre el paracaídas”, señala el profesor, destacando la fusión entre ingeniería y creatividad.

Tecnología con impacto social

Si el proyecto CanSat representa la mirada del instituto hacia el cielo, el macroproyecto SmartCities simboliza su compromiso con el entorno más cercano. Detrás de esa filosofía está Berta Molina, profesora de Tecnología del IES Antonio de Nebrija, que defiende una enseñanza conectada con los problemas reales de la sociedad.

“Tenemos varias apuestas muy interesantes. Una de ellas es un macroproyecto que se llama Smart City y está formado por alumnos de cuarto de la ESO y primero de Bachillerato. Trabajan dos niveles diferentes y han generado y desarrollado una ciudad totalmente inteligente”, explica.

En esa ciudad diseñada por los estudiantes hay vertederos inteligentes que no solo incorporan sensores electrónicos, sino también cámaras capaces de reconocer el tipo de residuo y clasificarlo correctamente para su tratamiento posterior. También hay lagos con sensores que detectan si el agua está contaminada y viviendas completamente domotizadas que regulan temperatura y humedad o permiten la apertura de puertas mediante reconocimiento facial.

“Tenemos también una zona fuera de lo que es la ciudad donde vamos a tener un tramo de radar para trabajar un poco la seguridad vial en nuestros alumnos, que ya en breve tendrán que sacarse el carnet de conducir. Con lo cual ya van trabajando sobre ese tema”, señala Molina.

“Simulan cuando un conductor se queda dormido. El sistema puede parar la conducción del automóvil y hacer una llamada a un contacto de confianza para prevenir un accidente”

La docente insiste en que el objetivo no es solo tecnológico, sino formativo en el sentido más amplio. “Se apuesta sobre todo porque los chicos realicen proyectos que sean cercanos a ellos, que tengan una realidad social fuera. Que no sean cosas intrascendentes, sino seguridad vial, seguridad energética, desarrollo energético de las viviendas… que sea algo que lo tengan cercano y que sea una problemática que existe hoy en día”.

En este planteamiento también están presentes los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). “Trabajamos el desarrollo sostenible dentro de sus proyectos. Al final, uniendo muchos proyectos individuales y muchos grupos de trabajo diferentes, hemos creado lo que es un macroproyecto que es una ciudad inteligente con todo lo que puede conllevar ello”.

Un alumno prueba las gafas inteligentesUn ejemplo claro de esa filosofía es el proyecto Stop Accident, desarrollado en el marco del concurso RetoTech. El alumnado ha creado unas gafas inteligentes que detectan la somnolencia al volante mediante sensores infrarrojos y, en una segunda versión, con una cámara inteligente HuskyLens entrenada para reconocer ojos cerrados mediante visión artificial.

“Simulan, a través de un automatismo, cuando un conductor se queda dormido, de forma que el sistema puede parar la conducción del automóvil y hacer una llamada a un contacto de confianza para prevenir un accidente”, explica Molina.

Pero detrás de esa definición técnica hay muchas horas de pruebas, errores y ajustes. Una de las alumnas participantes, Beatriz Huertas, lo resume con un ejemplo cotidiano: “Muchas veces os habrá pasado que os da sueño mientras estáis conduciendo. Es muy peligroso. Hemos inventado unas gafas con un sensor infrarrojo que detecta cuando parpadeas y si estás mucho tiempo con los ojos cerrados manda una señal al móvil para que llame a emergencias o a un número de confianza y además para el coche”.

Aunque la idea pueda parecer sencilla al explicarla, el desarrollo ha sido complejo. “Se dice bastante fácil, pero nos han puesto ciertos requisitos y lo que nos permite hacer cada placa limita bastante. Es complicado conseguirlo”, reconoce Dorian Gabriel Chiquito, uno de los alumnos del equipo.

Lejos de desanimarse, esa dificultad se ha convertido en un estímulo. “Nos está motivando muchísimo porque nos encanta encontrarnos con problemas y comernos el coco para resolverlos, eso es lo que nos gusta”, afirma otra de las estudiantes. Su compañero añade: “Sobre todo a la hora de programar. Cuando te sale un problema y se te ocurre una solución, la satisfacción que te da es enorme”.

Para la profesora, este tipo de iniciativas tienen un valor añadido: enseñan que la tecnología no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para mejorar la vida de las personas. “Creemos que eso es fundamental. Que entiendan que lo que aprenden aquí puede tener un impacto real fuera”. Y, a juzgar por la implicación y el entusiasmo del alumnado, ese objetivo empieza a cumplirse mucho antes de salir del aula.

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