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Masificación del paisaje, la otra gran ‘pandemia’

lunes 01 de junio de 2020, 18:59h

Poco a poco comenzamos a ver la luz al final del túnel. La pandemia producida por el coronavirus parece remitir. Es el momento de echar la vista atrás y hacer una breve valoración medioambiental de lo que ha supuesto en la Comunidad de Madrid sin perder de vista lo que está sucediendo en nuestros días y las miles de muertes que ha dejado tras de sí la pandemia.

En la última entrega de esta sección, allá por el mes de marzo, comentábamos los posibles impactos positivos sobre el medio ambiente que podría tener el confinamiento. La calidad del aire que inhalamos, la disminución de la contaminación acústica o el descenso del consumo de energía y de agua son algunos de los beneficios ambientales que traído consigo el obligado confinamiento en nuestros hogares, aunque ha quedado en el debe el grave asunto de la contaminación lumínica. En este sentido, se ha mostrado clave el teletrabajo, algo de lo que ya hablamos en su momento aquí. Esta modalidad laboral, ha permitido continuar con muchas actividades empresariales; además de permitir la mejora ambiental y por ende la calidad de vida en nuestras ciudades, principalmente.

Pero en cuanto se han aliviado las medidas del Estado de Alarma, hemos comenzado a ver comportamientos para nada sostenibles. Uno de los más claros es la aparición por doquier de mascarillas y guantes. Unos desechos potencialmente peligrosos desde el punto de vista de la salud pública y también causantes de graves problemas para nuestro sistema de depuración de las aguas residuales. Si no se eliminan de la forma correcta y se desechan por el inhodoro o terminan en el alcantarillado, pueden ocasionar enormes tapones intratables en las plantas de depuración. Es más, ya se han empezado a ver imágenes de cientos de mascarillas de todo tipo que son recogidas en el mar. A esto se suma las toallitas húmedas, cuyo consumo ha crecido exponencialmente durante el confinamiento, y que no deben tirarse al WC.

Algo que también es preocupante son las medidas que ha tenido que tomar la Comunidad de Madrid este pasado fin de semana. Ante la más que segura avalancha de madrileños, el gobierno autonómico cerró los aparcamientos públicos de Cotos, Navacerrada y La Pedriza, puertas de entrada al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, ese gran imán turístico que, como ya nos lo advirtieron los muchos grupos conservacionistas el día de su bautismo, un 26 de junio de 2013, corría el riesgo de convertirse en un gran ‘parque de atracciones’. Se acabó la tregua que habíamos dado a los espacios naturales madrileños. Todo apunta a que volvemos a la masificación. Parece que de nada o muy poco ha servido este impasse; nuestra relación con el medio ambiente va a ser la misma de siempre.

Esperemos que todavía estemos a tiempo de cambiar nuestros hábitos y costumbres y que esta necesaria transformación (o evolución) no se produzca por un nuevo cataclismo global que nos abra los ojos a la fuerza.

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