No se puede decir que ha llegado el frío, el frío de verdad, hasta que los gitanos del rastro no enciendan sus hogueras, pero el invierno madrileño afila sus colmillos en el horizonte y el aroma a
castaña asada ya perfuma el ambiente de la ciudad.
Quizás sea esta una de las últimas trazas del Madrid castizo, entre tanto gastrobar, restaurante de smash burgers, café de especialidad y franquicias americanas.
Los puestos de castañas forman parte del paisaje madrileño desde el siglo XVIII. Antiguamente era un oficio reservado a las mujeres y su relevancia en la imaginería popular ha quedado plasmada en la literatura y el arte. “La castañera asa los corazones en invierno”, dijo Gómez de la Serna.
"El turista no sabe lo que son las castañas"
No es esta una tradición exclusiva de España. También pueden encontrarse en las calles de algunos países de Europa (Portugal, Austria, Alemania…), América o Asia, pero el cliente local sigue haciéndose cargo de casi toda la demanda. “El turista no sabe lo que es esto, no tiene ni idea de lo que es bueno”, concluye uno de los castañeros de la ciudad.
Se presenta: “Alberto de día y Alberto de noche, soy la misma persona a todas horas”. Alberto pertenece a una familia de tres generaciones de castañeros y acumula 51 años en el oficio: “Lo he mamado desde la tripa”. Junto a su hermano, regenta un puesto en Callao, el mismo que perteneció a sus padres y antes a sus abuelos.

Esta familia ha sido testigo de la evolución de la ciudad a lo largo de las décadas. Además de su puesto, pocas cosas han sobrevivido al rodillo homogeneizador de la globalización. “En la Gran Vía había 17 cines”, enumera Alberto. “El Imperial, el Palacio de la Música, el Avenida, el Callao, el Capitol, el Rialto, el Pompeya, el Lope de Vega, el Azul, el Gran Vía, el Rex... ¿Cuántos tienes ahora? Tres y para poner musicales a 60 pavos la entrada”.
“No hay un duro y la gente se lo gasta en cosas en las que no debe gastarlo"
El cambio, asegura, ha sido a peor. El negocio de las castañas también ha sufrido las consecuencias de la evolución en los modelos de consumo de la sociedad. “No hay un duro y la gente se lo gasta en cosas en las que no debe gastarlo. Antes no era así, la gente compraba bien, venía una familia y se surtía de castañas. ¡Ahora se compran media docena para cinco! ¿Quién repite, la madre o el padre?”, lamenta con sorna.
Durante la temporada de invierno (ya se sabe que el de las castañas es un oficio estacional) los hermanos abren el puesto cada día a las 10.30 horas, y no cierran hasta las 23.00 de la noche, medianoche, o la una, según se dé.
“No queda otra que seguir luchando”, se resigna mientras remueve las castañas en el brasero. “¿Tú te crees que hace día hoy, o mañana con la lluvia, de estar aquí vendiendo castañas? Pero es lo que hay. El día 1 entran los seguros sociales, dentro de dos meses el trimestre del IVA, un mes más tarde la declaración de la renta… Y a ellos les da igual que llueva, que nieve o que haga calor”.
Las duras condiciones del oficio: "El puesto de castañero nadie lo quiere"
Las duras condiciones comprometen el relevo generacional del oficio de castañero. “Ahora los chavales quieren estudiar, estar en una oficina… como tú, de periodista. Cuando tienes frío te vas a tomar un café, y a las 23.00 de la noche estás ya en la cama”.
"Es una pena que se esté perdiendo la tradición de la castaña"
En Madrid hay un total de 73 puestos de castañas, según los últimos datos del Ayuntamiento, muchos de ellos, abiertos sólo por tradición. A la batata y las mazorcas de maíz (que siempre han acompañado a las castañas) ha habido que añadir algodón de azúcar y demás chucherías. La continuidad familiar de los puestos se ha quebrado y algunos propietarios recurren a la contratación de empleados, "casi siempre inmigrantes".

José, cubano, llegó a Madrid hace 14 años. Desde entonces ha pasado por varios puestos de castañas hasta llegar al de la plaza de Jacinto Benavente, donde pronto cumplirá un lustro. “El puesto de castañero nadie lo quiere”, resume. “Es muy duro. Hay que estar muchas horas de pie y respirando humo. Yo me tengo que cambiar de ropa para volver en metro a mi casa, porque el olor a carbón ni yo mismo lo soporto”. A pesar de todo, dice, “es un oficio bonito”.
Igual que el dueño del puesto de Callao, José lamenta que se está perdiendo la tradición de la castaña. “Sigue habiendo algunas familias que vienen con los niños, sobre todo en Navidad, pero muy pocas. Es una pena, porque es fundamental cuidar la cultura de un país”. El nivel de ventas no sólo no se ha recuperado del bache del Covid, sino que está en descenso: “En los últimos años vamos a peor. La gente tiene miedo a gastar dinero, ven la docena a 3,50 euros y les parece muy caro”.

“¿Y el sueldo? ¡Que lo tripliquen igual que se han triplicado los precios!”, protesta Alberto. Como recuerda el castañero de Callao, la subida de los salarios en España no ha sido proporcional al aumento de los precios. En el caso de la castaña, el precio medio del fruto en crudo en Madrid ha pasado de 2,89 a 4,42 euros/kilo en los últimos diez años, según datos de Mercasa.
El pronóstico de Alberto está lejos de ser optimista: “Esto es lo que ha permitido el ciudadano. Cuando vuelva a haber elecciones, el facha que vote al facha y el rojo, al rojo, que nos seguirán dando por saco a todos. ¡No aprendemos!”.
El futuro del castañero es incierto, aunque más valdría protegerlo. “Con castañas y vino nuevo, ya no muere el pueblo”, dice el refrán.