Madrid no se hizo desde el poder. Madrid se hizo desde la necesidad.
Desde la necesidad de aceras en Vallecas. De alcantarillado en Orcasitas. De centros de salud en San Blas. Desde la necesidad de ponerle nombre a lo que no aparecía en los mapas: los barrios del sur. La periferia sin semáforos. Las calles de tierra. Los bloques sin calefacción. Las noches sin farolas.
A veces basta recordar una imagen. Una madre saliendo de casa con tres hijos, saltando charcos de barro para llegar a una parada de autobús que no existía. Un abuelo esperando en la consulta improvisada de un cura del barrio. Una asamblea en un sótano prestado, con café recalentado, bolígrafos Bic y papeles grapados. Así empezó todo.
Eran los años sesenta y setenta. Años grises. De dictadura, de miedo, de manos encallecidas. Pero también años en los que, entre tanto silencio impuesto, empezó a brotar algo que aún hoy sostiene nuestra democracia: el movimiento vecinal.
No nacieron con estructura. Nacieron con urgencia. En locales prestados, en pasillos, en parroquias. Las primeras asociaciones de vecinos no eran ONGs ni despachos. Eran lugares de encuentro. De palabra. De comunidad. Querían agua, querían luz, querían escuela. Y terminaron reclamando algo más profundo: dignidad, participación, ciudad.
La semana pasada, el Congreso aprobó —por fin— una Proposición No de Ley del Grupo Parlamentario Socialista que reconoce su papel. Llega tarde, sí. Pero no por eso deja de ser necesaria. Porque una democracia que olvida quiénes la hicieron posible desde abajo, se vacía por arriba.
En Madrid, la historia no se escribió en los ministerios. Se escribió en las aceras. En Usera, donde las mujeres impulsaron las primeras protestas por la vivienda digna. En Villaverde, donde se organizaron encierros por un ambulatorio. En Carabanchel, donde el sueño de tener una biblioteca se convirtió en símbolo de resistencia cívica. En Vallecas, donde el barro fue vencido a golpe de comunidad. Y en Aluche, donde el asociacionismo vecinal sigue siendo la conciencia activa de un barrio que nunca se resigna.
La dictadura no temía los grandes discursos. Temía a las pequeñas acciones. A la constancia. A la organización. Por eso las asociaciones fueron vigiladas, infiltradas, presionadas. Porque no eran épicas: eran justicia en zapatillas. Política sin trajes. Vidas entregadas al bien común sin pedir nada a cambio, salvo que les escucharan.
Luego vino la democracia. Con ella, las primeras corporaciones municipales, las leyes de participación, los presupuestos públicos. Y también el debate: “¿Siguen haciendo falta las asociaciones si ya tenemos concejales?”. Sí. Siguen haciendo falta. Porque votar una vez cada cuatro años no es suficiente. Porque la democracia, sin la gente organizada, es una promesa vacía.
Hoy hay más de tres mil asociaciones vecinales activas en España, cientos de federaciones, millones de personas que creen —todavía— que lo común es defendible. Que vivir mejor no es una utopía, sino un derecho.
El movimiento vecinal madrileño fue muchas cosas. Fue un refugio frente al franquismo. Fue motor de urbanización. Fue semilla de feminismo popular. Fue escuela de ciudadanía cuando no había ciudadanía. Y lo sigue siendo. Ahora con otros lenguajes: sostenibilidad, salud mental, vivienda, derechos sociales. Pero con el mismo espíritu: organizarse para no depender de favores.
Olvidarlo sería un error. Negarlo, una injusticia. Porque las ciudades no se construyen desde los despachos. Se construyen desde las calles. Desde el vecino que traduce un decreto a pie de mercado. Desde la vecina que junta firmas para una rampa. Desde la mesa de un local vecinal donde se decide que aquí no se rinde nadie.
Reconocer el movimiento vecinal no debe ser un gesto. Debe ser una política. Con recursos, con leyes, con espacios. Porque sin participación, lo público se vacía. Y lo que se vacía, alguien lo llena. Normalmente, la injusticia.
Madrid debe recordar que su fuerza no está en grandes torres, sino en las aceras estrechas del sur. En los portales de Vallecas. En los parques peleados de Aluche. En los centros de salud que se abrieron gracias a vecinos y vecinas persistentes. En la marquesina que se logró tras cuatro meses de escritos. En los balcones donde se colgaban pancartas antes de que existieran las redes.
Reconocer a esas personas —a Pepe, a María Luisa, a Gabi, a Elena, a Félix, a Lucía, a Mariano, a Jorge— no es mirar al pasado. Es blindar una forma de ciudad. Una ciudad donde los derechos no dependen del código postal, y donde la ciudadanía no es una palabra bonita, sino una práctica concreta.
Y eso, en estos tiempos de ruido, no es poca cosa.
Vicente Montávez Aguillaume
Diputado socialista por Madrid en el Congreso de los Diputados y Secretario General del PSOE de Puente de Vallecas