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Día 1: Y de repente...todo se para

Por Esther Ruiz Moya
miércoles 18 de marzo de 2020, 22:25h
Creo que no soy la única que parece estar viviendo una película, un sueño o puede que en algunos momentos, una pesadilla... no sé muy bien cómo describirlo.

Lo que es una realidad, es que este primer mundo fuerte, poderoso, avanzado, indestructible, infalible, informado, comunicado, tecnológico, por encima de lo humano y hasta de lo divino en muchas ocasiones... de repente, sin previo aviso, se ha vuelto frágil, vulnerable y ve como sus cimientos se tambalean y no sabe muy bien por dónde apuntalar sus paredes... Porque resulta que, justo cuando este primer mundo empezaba la segunda y prometedora década del Siglo XXI, ha sido tocado, que no hundido, por un virus del que saben que pertenece a una familia numerosa: coronavirus y que además no es anónimo, hasta lo han bautizado: COVID-19, pero que no saben cómo frenar ¡Increíble!...¿Verdad?

Y lo que parecía lejano, de otro país, de otra cultura, de otro continente... llega a nuestro continente, a nuestro país, a nuestra ciudad, a nuestro pueblo, a nuestro barrio, a nuestro edificio, a nuestra casa y es entonces cuando somos conscientes de nuestra fragilidad, de que las cosas “no sólo le pasan a los otros”, de que nuestra vida no es nuestra...

Y también nos damos cuenta de que quienes nos advertían y nos intentaban prevenir no eran unos “alarmistas”, ni unos “agoreros”, ni unos “conspiranoicos”, y es que quizá no somos tan listos como nos creemos, ni necesitamos sobreprotección, que no por suavizar y quitar importancia a las cosas dejan de tenerla... que a veces, como en la vida, “agarrar el toro por los cuernos” es lo más difícil, pero también lo más efectivo.


Y así es como sin esperarlo, sin preverlo, sin decidirlo, nos dicen que nos tenemos que quedar en casa... ¡Sin ni siquiera preguntarnos! ¡Sin saber si queremos! ¡Sin plantearnos si sabemos estar en casa juntos!

Y entonces los niños no tienen colegio ni guarderías y los papás y los que no somos papás no podemos ir a trabajar (Con lo que se había empeñado el Gobierno en que ficháramos) Y los estudiantes no pueden ir a clase, ni a las bibliotecas y los mayores no pueden ir al parque, ni a jugar a las cartas, ni a pasear y nos dicen que no podemos ir al gimnasio, ni a correr, ni al cine, ni al teatro, ni a los museos, ni viajar, ni quedar a comer, ni siquiera a tomar una cerveza, y cierran las tiendas y los centros comerciales y los restaurantes y hasta los bares... Y lo único que se oye en las calles es el silencio.

¡Y aún queda lo peor! Nos dicen que no podemos ni darnos la mano, ni abrazarnos, ni besarnos... ¡Nosotros! que somos tan de piel, tan de tocarnos, tan de sentirnos... ¡pues no amigos! tenemos que estar como mínimo a un metro.

Y Ahora... ¿Qué hacemos? Pues quizás es el momento de “resetearnos” y mientras todo vuelve a su sitio o a un sitio nuevo, aprovechar todo lo que sí podemos hacer: mirarnos, llamarnos, escribirnos... y en esa mirada, en esa llamada, en ese mensaje sentirnos y quien sabe si decirnos cosas que nunca nos dijimos o que dábamos por sabidas y que precisamente ahora no está demás volvernos a decir...

Porque a veces, la vida improvisa y te sacude y tiene estas cosas y quien sabe, si estábamos demasiado distraídos y ha venido el COVID-19 a decirnos que no somos tan listos, ni tan fuertes, ni lo tenemos todo controlado y que ha tenido que traer el silencio porque con tanto ruido no nos estábamos dando cuenta de que no se trata sólo de vivir, porque corremos el riesgo de que la vida pase por nosotros sin vivirla y de repente venga un virus que decida por nosotros o incluso, quién sabe, nos la arrebate...
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