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Lozoya: el río prófugo que escapó del Pontón de la Oliva
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(Foto: Kike Rincón)

Lozoya: el río prófugo que escapó del Pontón de la Oliva

jueves 24 de agosto de 2017, 07:57h
La presa de Pontón de la Oliva, en Patones de Abajo, fue la primera obra de ingeniería hidráulica cuyo cometido pasaba por almacenar el agua del río Lozoya para que después llegase a Madrid, pero todo el tiempo y esfuerzo invertidos en su construcción resultaron en vano.

El Canal de Isabel II es uno de los organismos más importantes de la ciudad de Madrid, puesto que abastece a la capital de agua desde mediados del siglo XIX. El 24 de agosto de 1851, comenzaron los trabajos de construcción de la primera presa del canal: la de Pontón de la Oliva, situada en el municipio de Patones de Abajo.

Con 27 metros de alto y 72 de longitud, la presa de Pontón de la Oliva fue la primera gran infraestructura hidráulica que ayudaría a llevar el agua del río Lozoya hasta los hogares madrileños. Francisco de Asís colocó la primera piedra y del resto se encargaron unos 2.000 presidiarios.

En siete años, los reos construyeron la presa bajo unas deplorables condiciones de trabajo, llegando a padecer cólera en una epidemia. Juan Bravo Murillo, ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, fue quien mandó edificar esta gran presa que supondría el comienzo de la construcción del canal de 70 kilómetros de longitud hasta llegar a Madrid. Para coordinar los frentes de las obras, al haber tanta distancia, la forma de comunicarse fue a través de palomas mensajeras, ya que a caballo podía tardarse más de cinco horas.

Pero, a pesar de todo el esfuerzo de los prisioneros, se descubrió al poco de finalizarse la obra que la presa no contenía bien el agua del río, ya que se filtraba a través del permeable terreno calcáreo. A pesar de los numerosos intentos para impermeabilizar la base, el agua siguió ‘fugándose’ hasta quedar el embalse vacío.

La presa se encuentra en desuso, abandonada, enclavada en la sierra de Ayllón como un elemento más del paisaje. A su lado se erige una pasarela, pegada a la pared del cañón del río, desde la que pueden verse las argollas en las que se encadenaba a los prisioneros de la construcción que, al contrario que el agua del Lozoya, no pudieron escapar.

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