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Casa Paco

martes 28 de marzo de 2017, 22:45h

¿Qué sería de Madrid sin los miles de bares y tascas que se abren cada día en la ciudad? En todos ellos, bulliciosos y acogedores la mayoría, inhóspitos y sombríos los menos, se estrena diariamente la comedia genuina de la vida madrileña. En esos teatrillos populares, suministradores de olores y sabores, según van pasando las horas, se suceden en el tiempo los distintos actos de la función. Por la mañana, muy temprano, recién encendida la luminaria del sol, los más madrugadores, apresurados y resignados, se acoplan en la barra rectangular de Casa Paco, uno de los establecimientos más característicos y afamados de mi barrio.

Los pioneros ocupan los mejores sitios y los que llegan después se acoplan en los rincones más inverosímiles. Cuando alguno termina, otro ocupa la plaza vacante. Los relevos se multiplican con soltura y deportividad. En ciertas ocasiones, el afortunado que conquista el mostrador, amable y solicito, acerca las consumiciones a los que tiene detrás. En esos intercambios necesarios y habituales, los oficiantes actúan como si fueran malabaristas: nada cae al suelo, aunque alguno salga del local con una mancha en el escote.

En ese episodio matinal la exposición de comestibles es apabullante. Ordenadas en vitrinas acristalas, a la vista del público, se exhiben viandas apetecibles: bizcochos de colores, roscos y rosquillas, picatostes azucarados, torrijas, bollería variada, churros, porras y decenas de tortillas de patata. Esa es la especialidad de Casa Paco: a la española, con o sin cebolla, natural o caramelizada, con morcilla, con chorizo o longaniza, con queso de cabra, con solomillo troceado, con pimientos del piquillo o con callos. Huele a café negro, a tostada, a pan frito, a tortilla recién hecha y a fritos diversos.

Los camareros se mueven como autómatas, regateándose los unos a los otros, ágiles y rápidos. Se conocen cada centímetro cuadrado de su pequeño recinto. Cualquiera diría que tienen, como la diosa Vishnu, cuatro brazos. En ese refugio se citan cada jornada obreros rumanos, chapuzas con oficio, porteros de finca, becarios aplicados, peluqueras, ejecutivos de poca monta, profesores de primaria, amas de casa o taxistas que se recogen tarde o comienzan su peregrinación por Madrid. La diversidad de edades y de culturas es más que evidente.

Mezcladas con las noticias que cuenta la televisión colgada del techo y los resoplidos de la maquina cafetera, se escuchan siempre las mismas conversaciones. Allí se habla del tiempo, de fútbol, del jefe encabritado, de los sueños rotos, de politiquería, de lo cara que está la vida y de ese cuñado cretino que tiene de todo.

A media mañana el bar se despuebla. No se repoblará hasta la hora del almuerzo. Por arte de magia los desayunos se transforman, entre otras manducas afortunadas, en bandejas de croquetas, empañadillas, albóndigas, oreja frita, boquerones en vinagre, patatas aliñadas con alioli y pinchos de tortilla. En el lugar se agolpan los hambrientos. Se come de pie, aupándose en los taburetes, pegado a las cristaleras o esperando turno para ocupar una de las pocas mesas que se ofrecen a la clientela. Cuando la tarde cae, los más jóvenes invaden Casa Paco. Mandan las tapas y las cañas bien tiradas. Desde que Paco, que en paz descanse, abrió el negocio, sesenta años atrás, tres generaciones de la misma familia se ocupan de atender a la parroquia. Siempre se despiden con la misma frase: ¡que tenga un buen día! Un ejemplo admirable que se repite, afortunadamente, en otros puntos de Madrid. ¡Que sea por muchos años!

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