En estos quince años acompañando a personas con adicciones he aprendido que la recuperación no empieza cuando alguien deja la sustancia. Empieza mucho antes, en un punto decisivo y profundamente humano: cuando esa persona se atreve a pedir ayuda. Ese gesto, tan frágil y valiente a la vez, es el inicio real de un camino que puede cambiar una vida.
En la consulta lo digo con claridad: “la sustancia va minando el cerebro, hasta que ya no tiene vuelta atrás”. No es una cuestión moral, ni un error de carácter. Es una enfermedad que afecta a la voluntad, a la capacidad de decidir, a la relación con uno mismo y con los demás. Pero también es una enfermedad que se puede tratar, que se puede comprender, y de la que se puede salir.
Por eso insisto en algo que para mí es esencial: “el secreto no es quitarse la sustancia; lo complicado es que uno se conozca”. Cuando una persona comienza a reconstruirse por dentro, a entender qué le duele, qué le falta, qué le asusta, entonces sí empieza su verdadera recuperación.
En la Fundación Hay Salida hemos acompañado a miles de personas en este proceso. Solo en 2024 atendimos a más de 500 personas entre pacientes, familiares y solicitudes de ayuda. Y cada una de ellas llegó con una historia distinta, pero con un denominador común: un daño emocional profundo, lo que en ocasiones denomino “traumas en el desarrollo”, que generan una enorme inestabilidad interior.
La terapia de grupo es nuestra columna vertebral. No porque sea una técnica, sino porque es un espejo. Allí, cada persona se reconoce en la experiencia del otro. Como explico a menudo: “uno se ve en el espejo de los demás”. Esa identificación es lo que permite que la vergüenza se transforme en acompañamiento, y el miedo, en esperanza.
Hay algo que también estamos viendo en Madrid y que merece una reflexión profunda: cada vez más mujeres están pidiendo ayuda. Hemos pasado del 17% al 32% en apenas dos años. Detrás de ellas hay historias de vulnerabilidad, violencia o entornos inseguros. Para estas mujeres, disponer de recursos protegidos, como nuestra vivienda supervisada, no es un apoyo: es un salvavidas. Su valentía al pedir ayuda es un ejemplo para todos.
Lo que ocurre en nuestras terapias es difícil de explicar con palabras. Personas que llegan rotas, creyéndose incapaces de seguir adelante, y que unas semanas después pueden decir algo tan poderoso como: “doctor, hoy me gusto sin la sustancia”. Ese instante —que para muchos sería casi imperceptible— es, para nosotros, el verdadero milagro de la recuperación.
En Madrid, donde la adicción sigue siendo una realidad para miles de familias, necesitamos más espacios que miren esta enfermedad sin prejuicios. Informar sin estigma, acompañar sin juicio y ofrecer tratamiento accesible debería ser una responsabilidad de toda la comunidad.
Este año celebramos además nuestra III gala “Endanzados”, donde el arte se convierte en terapia y en símbolo de que la recuperación es también volver a emocionarse, a pertenecer, a sentir. Cada paso, cada ensayo, cada aplauso, representa un avance en ese camino hacia la libertad.
Después de tantos años, sigo convencido de algo que veo todos los días: nadie está condenado a vivir atrapado en una adicción. Con apoyo profesional, con comunidad y con esperanza… hay salida. Siempre la hay.