Sorprende la convicción con que algunos cazadores alardean del tamaño de la liebre que han cazado describiendo una presa que tiene el tamaño de un jabalí adulto. Del mismo modo, muchos que ganan cuando hacen una inversión en bolsa (generalmente la primera) se vuelven intratables, porque parece que ya se han convertido en inversores poco menos que infalibles. También vemos en los mercados el paso de la euforia a la depresión en un tiempo récord y espantadas -a veces estampidas- de inversores de forma irreflexiva, aunque a veces hay que hacerlo, pero de manera reflexiva y planificada. Sobre estos comportamientos, en contra de nuestra predeterminada racionalidad, arrojó luz el recientemente fallecido Kahneman.
El pasado 27 de marzo murió Daniel Kahneman, psicólogo y ganador del premio Nobel de Economía en 2002 “por haber integrado conocimientos de la investigación psicológica en la ciencia económica, especialmente en lo que respecta al juicio humano y la toma de decisiones en condiciones de incertidumbre”, según exponía la mención.
En colaboración con su colega Amos Tversky, Kahneman sentó las bases de la Economía Conductual o Economía del Comportamiento, añadiendo nuevos componentes sobre la motivación humana intrínseca y cambiando la forma y los límites de la racionalidad con que actúan las personas.
En efecto, la economía clásica incluía como premisa básica un concepto rígido en virtud del cual el ser humano actúa de forma racional y toma decisiones óptimas para favorecer sus intereses. Para Kahneman, el comportamiento del ser humano no es tan racional como se suponía para el homo economicus neoclásico, sino que se producen unos sesgos mentales enraizados que distorsionan su juicio e introducen un componente de irracionalidad en su modo de actuar.
En función de la teoría de las expectativas, pieza fundamental de la investigación acerca del comportamiento de Kahneman y Tversky, somos asimétricos en cuanto a nuestra valoración de las pérdidas o las ganancias. Así, por ejemplo, el dolor de perder 100 euros es superior a la satisfacción de ganar 100 euros, lo que condiciona nuestras pautas de inversión y de comportamiento en términos generales. En paralelo, asumimos riesgo cuando perdemos y mostramos aversión al riesgo cuando ganamos.
En su libro más divulgativo y popular "Pensar, rápido y lento" (2011), Kahneman describe un sistema dual en el que coexisten dos modos de pensar entrelazados: el Sistema 1, que es emocional, instintivo y rápido frente al Sistema 2, que es racional, lógico y lento. Para este autor, la parte emocional tiene una especial relevancia en las decisiones de inversión y tiende a desplazar más de lo deseable a la parte racional, generando decisiones erróneas. En consecuencia, los seres humanos deberían conocer los sesgos del Sistema 1 (intuitivo) para poder controlarlos y que no prevalezcan sobre el Sistema 2 (racional) cuando sean necesarias las decisiones óptimas de este último.
Aplicando esta doctrina al ámbito económico, se hace evidente la utilización de atajos mentales para evaluar situaciones y acontecimientos que producen desviaciones de las decisiones racionales. Podríamos destacar los siguientes:
- Cuando una noticia financiera recibe una extensa cobertura mediática, resulta más probable que la tomemos en cuenta para tomar decisiones de inversión. También hay un proceso de valoración de cantidades inciertas en el que hacemos un anclaje inicial en una cantidad estimada, sobre la que hacemos un ajuste que solemos desnaturalizar cuando los valores reales nos alejan del valor de referencia (ancla) y nuestras estimaciones tienden a ser desacertadas. Por ejemplo, si hacemos una estimación del movimiento del IBEX 35, lo habitual es tomar como referencia el índice del día anterior y hacer un ajuste, que suele ser conservador, y eso fuerza a que los precios de las acciones sean similares día a día.
- Hay sesgos cognitivos que nos hacen simplificar la realidad, considerándola fraccionariamente y que nos llevan a desviarnos de la racionalidad o del pensamiento lógico, aunque, para Kahneman la influencia de los sesgos cognitivos es mucho menos importante cuando se pasa de lo individual a lo grupal.
- Hay sesgos de representatividad que llevan a ignorar la probabilidad de que se produzca un acontecimiento. Por ejemplo, si el nivel de éxito de las empresas que emprenden en un sector es del 20% y un inversor se encuentra una empresa en ese sector con características parecidas a otra que ha tenido éxito, sobrevalorará las probabilidades de éxito de la segunda por encima del 20% de las empresas de su sector.
- También hay inversores que sobreponderan la importancia de una muestra poco representativa para extrapolar el comportamiento del mercado con arreglo al de la citada muestra.
- Interpretaciones erróneas sobre la naturaleza del azar. A veces se toman ciertos movimientos pasados como patrón de comportamientos futuros del mercado y se utiliza esta información para tomar decisiones de inversión; cuando los comportamientos pasados no suponen una referencia fiable para comportamientos futuros.
- Las personas tienden a adquirir acciones en función de características superficiales; por ejemplo, en un informe sobre el éxito de la empresa en un período reciente, sin tener en cuenta otros factores relevantes de cara al futuro, como la competencia, la coyuntura, el sector, etc.
- Sobreconfianza de las personas en sí mismas. Por ejemplo, para predecir los rendimientos de las acciones o la futura cotización de una empresa, confiando en su intuición o en un análisis subjetivo; y sin realizar un estudio profundo de la empresa de que se trata.
- Concepciones erróneas de la regresión, que lleva a que los inversores suelan considerar como comportamientos consistentes los resultados extremos de las cotizaciones, sin tener en cuenta la regresión a la media; olvidando que es más probable que los resultados extremos sean fruto de fluctuaciones aleatorias más que de comportamientos sostenidos.
- Propensión de las personas a recordar ejemplos familiares o relevantes de situaciones similares a la que se trata. Por ejemplo, si un inversor ve en los medios de comunicación que una startup del sector textil ha tenido un éxito notable, tenderá a sobreponderar la probabilidad de que otras empresas del sector textil también triunfen.
- Correlación ilusoria: las personas tienden a sobreestimar la fuerza de las correlaciones de fenómenos cuyo comportamiento es independiente, atribuyendo una relación de causa efecto mayor de la que existe. Por ejemplo, cuando un inversor relaciona la subida del precio de su cartera con el aumento de la demanda de terrenos, e invierte de manera creciente con la subida de dicha demanda.
En definitiva, las personas no somos tan racionales como se presupone y, para soslayar problemas complejos, nos inventamos métodos creativos y atajos mentales -generalmente influenciados por lo inmediato y llamativo-, que nos llevan frecuentemente a tomar decisiones erróneas y perjudiciales para nuestros intereses.
Aquí es donde entraría en juego la labor del adecuado asesoramiento financiero; y no me refiero al de los empleados de los bancos que -dentro de su papel de gestionar la mayor parte de las inversiones de los particulares- lo que hacen es guiar la inversión hacia los productos que les han dicho que vendan. Hago referencia a la labor, a veces en el terreno psicológico, de ayuda al inversor para tomar decisiones racionales y juiciosas más favorables a sus intereses.