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Cosas que pasan

miércoles 06 de enero de 2021, 20:34h

Valiéndose de la aplicación satélite de Google Maps, Hussein de Tetuán de las Victorias me señala una isla alargada, propiamente un cayo que es parte hoy del Parque Natural de la Laguna de Mar Chica. Me dice que fue justamente ahí, a ese punto y lugar, a donde se desplazó su abuela ante la inminencia del parto y el comienzo de los bombardeos sistemáticos de la aviación española. El próximo 15 de julio hará cien años de aquello. Un aquello que de un lado fue el nacimiento de un rifeño pobre y anónimo que pasados los años acabaría siendo afamado empresario de joyería y relojería, y de otro el año de los primeros bombardeos de la historia con armas químicas sobre sobre población civil.

El neonato recibiría el nombre de Busián Zayani, pero décadas más tarde y a raíz de su incorporación a uno de los Tabor de Regulares de Infantería con veleidades carlistas, sus camaradas le redenominaron Enrique Busián y con tal apaño nominativo seguiría hasta el fin de sus días. El hostigamiento aéreo hay que situarlo en el contexto de una de las derrotas más dramáticas, ridículas y vergonzantes del ejército español. Un puñado de rebeldes rifeños comandados por el tristemente célebre Abd el-Krim, en número no superior a los tres mil, entre los días 22 de julio y 9 de agosto de 1921, consiguió derrotar con estrépito a un contingente de unos once mil quinientos soldados, de los que nueve mil eran españoles y dos mil quinientos locales y encuadrados en unidades indígenas. La brutal carnicería, en la que aproximadamente la mitad de los soldados murieron tras entregar las armas y rendirse después del compromiso de garantías sobre sus vidas. La hecatombe se produjo cerca de la pequeña localidad de Annual, a caballo entre Melilla y Alhucemas, pasando a las crónicas y relatos históricos como “El Desastre de Annual”.

Este año toca Centenario, aunque es lógico pensar que la conmemoración será todo lo discreta que corresponde a un hecho tan ignominiosamente pseudobélico. Los mandos militares españoles reaccionaron a la catástrofe dando la orden de bombardear, fundamentalmente, grandes concentraciones de población civil, zocos y mercados, ríos, embalses y acuíferos, con productos como fosgeno, un agente asfixiantes que afecta gravemente al sistema pulmonar; difosgeno, un gas cuyos vapores podían inutilizar los filtros de carbono de las máscaras de gas; y cloropicrina, un fluído que produce incontenibles nauseas que obligan a los combatientes a quitarse las caretas antigás quedando así expuestos a otros agentes más letales. A partir de 1924, el protagonismo lo asumió el gas mostaza, también conocido como agente vesicante debido a que al entrar en contacto con los humanos le genera grandes y dolorosísimas ampollas en la piel, el cuero cabelludo y las membranas mucosas, que con harta frecuencia acaban provocando la muerte por asfixia agónica. El día 12 de agosto de 1921, Dámaso Berenguer, alto comisario de España en el protectorado marroquí, le escribía en estos términos al entonces Ministro de la Guerra, Luis de Marichalar: “Siempre fui refractario al empleo de gases asfixiantes contra estos indígenas, pero después de lo que han hecho, y de su traidora y falaz conducta, he de emplearlos con verdadera fruición”.

El asunto, como era de esperar, intentó mantenerse en secreto, entre otras cosas porque la tecnología era alemana y por tanto radicalmente prohibida en el Tratado de Versalles firmado tras el fin de la Primera Guerra Mundial.

Busián Zayani, otrosí Enrique Busián, llegó a España en 1936 integrado en los contingentes de regulares africanistas sublevados contra la legalidad y legitimidad democrática republicana y al final de la guerra se incorporó o lo incorporaron al Regimiento de la Guardia de S. E. El Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos, popularmente Guardia o Escolta de Franco. Desde El Pardo, la autarquía dentro de la autarquía, Busián se lanzó al mundo de los negocios con una joyería-relojería cuya publicidad fue pionera en la radiodifusión de entonces, especialmente en las ondas de Radio Intercontinental, Madrid. El eslogan era curioso, breve y atractivo “Enrique Busián, Mayor 6, primero. Recuerde, Enrique Busián no tiene puerta de calle”. Haciendo de la necesidad virtud, consiguió que el hecho de carecer de escaparate a la calle, sin duda un serio menoscabo, se percibiera como una ventaja sustancial. Morito saber manera y de qué manera.

Busián fue siempre un tipo socialmente integrado y un bon vivant. Buen amigo de los periodistas de entonces, especialmente Hector del Mar, “el hombre del gol”, de los cantantes Juanito Valderrama y Antonio Molina, del restaurador Lucio y del famoseo de toda laya, mostró repetidamente su pasión por los colores del Atlético de Madrid, a cuya dirección y presidencia se postuló en varias ocasiones, aunque lenguas de doble filo sostienen que su objetivo real era que su chofer tuviera la posibilidad de pasear por todo Madrid el Seat 600 con publicidad de la firma durante el tiempo que duraba la campaña. Fue una de las pocas voces que negó públicamente los saqueos a los que sometía a varias joyerías del centro de Madrid doña Carmen Polo de Franco y sostuvo no ser cierto que los damnificados trataran de minimizar los efectos del pillaje poniendo en pie una cooperativa de pérdidas para zonas devastadas.

Ya jubilado, vendió su parte del negocio a cambio de una abultada retribución mensual y se fue a instalar entre la rumorosa vega y los dramáticos olivares de Morata de Tajuña, para entre otras cosas disfrutar con notable frecuencia de la olla gitana o de la vega que prepara desde hace décadas la muy ilustre guisandera Pilar Atance en el Mesón El Cid. Casi cotidianamente salía a pasear con un militar jubilado que le trasladaba en su coche por los alrededores y juntos admiraban los cerros testigo de La Marañosa. Su sobrino Hussein “El Sabroso”, me asegura que Busián, su tío, desconocía por completo que en aquellos altozanos estuvo instalada la Fabrica Nacional de Productos Químicos que suministró al ejercito de África los terribles agentes químicos que cayeron cerca de su madre cuando lo estaba pariendo y sobre una multitud de familiares y compatriotas en una de las acciones más incalificables del Ejercito español a lo largo de su historia.

Cosas que pasan.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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