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Clausura de miga y boina

martes 05 de mayo de 2020, 09:37h

Gabinetes de análisis sociológico y empresas dedicadas a estudios de marketing y comunicación, aún arrimando cada una el ascua a su sardina, coinciden en estimar que el confinamiento debido al Covid 19 ha provocado cambios radicales o muy significativos en los comportamientos sociales de más de un tercio de la población.

En cuanto al consumo de productos y por lo que a España se refiere, una vez superado el delirio inicial de prepararse para el apocalipsis con el culito limpio como una patena, los incrementos más significativos se refieren a la compra de cerveza y a la repentina afición de hacer pan casero. Curioso y evocador porque ambos alimentos son casi lo único que apreciaba aquel huraño, malhumorado, antipático, nihilista, agrio, afecto a la clausura y con boina que se llamó Pío Baroja.

La pasión cervecera es difícil de cuantificar en su crecimiento real, porque cerrados bares, tabernas y botillerías, el jarreo casero era la única elección paisajística que ofrecía el horizonte. Lo del pan es harina de otro costal y constátese la oportunidad de la figura retórica, porque como evidencian numerosos datos estadísticos, la serie histórica española de consumo del trasmutado cuerpo de Cristo se ha venido despeñando, ando, ando, ando, ando, que debe leerse como imagen de eco prolongado para dar idea de profundidad cósmica, que va de los ciento treinta y tantos kilos por persona y año manducados en la mitad de los años sesenta del pasado siglo, a los escasos cuarenta que se embaula hoy en día el personal medio y tipo.

Mas héteme aquí que el pandemonio de la pandemia (obvio subrayar que todo empieza con pan) ha enfilado a la parroquia a una variante del síndrome Amok que tanto dio que escribir a Rudyard Kipling y a Stefan Zweig.

Como del rayo, la compra de aparatos panificadores entre los enclaustrados hispanos ha crecido en cifras de vértigo, al tiempo que harinas y levaduras ya se buscan en el exhausto mercado como si su consumo se hubiera incluido en los delitos recogidos entre los artículos 368 y 372 del Código Penal.

“Madre, ¿c’apasao?”, se preguntaría un personaje zarzuelero intentando robarle protagonismo al que suele salir diciendo aquello de: “¿P’a qué soy requerido?”.

La periodista Begoña Gómez Urzaiz, cita a su colega Ignacio Peyró para explicar que panificar contribuye, “y no poco” a llenar las horas: “… hornear nos ayuda a volver a habitar el tiempo, y a hacerlo placentero”; pero inmediatamente toma ella misma la voz y la palabra para poner el dedo en la llaga de la necesidad psicológica de colgar en redes algo que nos proporcione una imagen cool, chilling, refreshing o sencillamente “guay”, que se diría en castellano: “Prueben a colgar en Instagram o a reenviar al grupo Familia un hervido de patata y judía verde, a ver qué pasa”.

El caso es que la clausura ha disparado el consumo de pan y de cerveza, quizá lo único, además del uso de abrigo y boina en su propio domicilio que, decíamos ayer, le gustaba al gran novelista Baroja.

Todo empezó en los últimos suspiros del siglo XIX, cuando harto ya de estar harto de su trabajo como médico rural en la guipuzcoana Cestona y: “… cansado de la vida sórdida y llena de pequeñas rivalidades de pueblo”, se trasladó a Madrid para regentar junto a su hermano Ricardo, la panadería propiedad de una tía de su madre, Juana Nessi, sita en la calle Capellanes hoy Maestro Victoria.

No era una panadería cualquiera, sino la pionera en Madrid en la fabricación cotidiana de barras alternativas a las tradicionales de trigo candeal. Pan de Viena, lo llamaban, de masa abriochada, miga suave, esponjosa y ligeramente dulzona, costra brillante y finísima, que en razón de su enjundia productiva precisó de la contratación de trabajadores austro-húngaros, que fueron los directos responsables de aficionar a don Pío a la cerveza. Lo del pan vino de suyo y, muy sobretodo, de su intento de salvar un negocio que por distintas razones iba a la deriva, pero los Baroja no se rendían aún a pesar de que los vientos no les eran en nada favorables.

En la novela Juventud y egolatría cuenta el donostiarra Pío su peripecia con la administración pública en materia condumiaria. Obligados los hermanos a desalojar el local por amenaza de ruina, ambos decidieron que el nuevo espacio contara con un motor eléctrico, puesto que la nueva energía se había abierto definitivamente paso en usos industriales para, entre otras cosas, sustituir eficaz e higiénicamente la infraestructura a la que obligaba la tenencia de la mula que hasta aquel momento era la única alternativa para mover el sistema de amasado de la harina.

Presentaron a la autoridad municipal el proyecto bien detallado y según normas, pero la autorización de apertura no llegaba.

Y en este punto cuenta don Pío: “Al ver que el expediente estaba parado, se preguntó la causa, y se le explicó al empleado que no había cuadra para la mula porque no había mula, y se movía la amasadora con un motor eléctrico.

  • No importa, no importa -decía el empleado con la seriedad y la brutalidad de un burócrata. Aquí dice que tiene que hacer cuadra”.

La única salida que pudieron encontrar los Baroja a tan delirante embrollo fue mandar rehacer los planos y que en ellos se incluyera el habitáculo que nunca existiría.

El “vuelva usted mañana” de Mariano José de Larra volvía a tener su miga, como la novelística barojiana al decir de Rubén Darío quien, por cierto, ssaldría escaldado de la zumba con sentencia de alivio luto: “Darío es escritor de mucha pluma, se nota que es indio”.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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