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La atención a nuestros mayores, un modelo en cuestión

viernes 03 de abril de 2020, 14:41h

Desde hace semanas estamos pendientes no solo de los datos de contagio del coronavirus a gran escala, sino de la situación dramática que están viviendo los mayores, sobre todo aquellos que por sí mismos o por decisión familiar optaron por vivir su última etapa en una residencia.

Es evidente que esta crisis sanitaria está rompiendo las costuras de la sanidad, la economía, el empleo y, por supuesto, la atención social. No hay que ser del todo pesimistas, porque si para algo sirven las crisis es para aprender, corregir errores y ser creativos. La sociedad ya está dando un gran paso en implicación, solidaridad, compromiso y en responsabilidad. Pedimos que la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento también lo hagan.

Sabemos que esto ha sido un tsunami que nadie esperaba, que nadie vio venir a tiempo, pero todo el mundo se está dejando la piel y tenemos que remar en unidad y al unísono. Pero también constatamos que si las estructuras creadas hubieran apostado por una gestión directa, pública, donde los ratios de atención fueran acordes a las necesidades sanitarias y sociales, seguramente muchas de las situaciones dantescas que estamos viviendo estos días serían más livianas.

En esta crisis uno de los colectivos más afectados son los mayores. Hace décadas que se apostó por la construcción y atención en residencias de aquellas personas que ya no podían o sentían que no debían permanecer solas en sus viviendas. Al margen de reflexionar si esto es mejor o peor para los mayores (las circunstancias personales de cada persona y familia, laborales, económicas, sanitarias… son muy diversas), lo que hoy cuestionamos es si el modelo de gestión de las residencias es o ha sido el mejor modelo de gestión. La Administración autonómica lleva décadas apostando por concertar plazas en la privada en vez de construir residencias públicas. Muchos ya habíamos alertado al respecto, pero hoy constatamos que estas políticas tienen un coste. Es cierto que las residencias no son hospitales, pero también lo es que si tuvieran otros ratios de atención por empleado, si su plantilla contara con el equipo sanitario adecuado en todos los turnos, si tuvieran suficiente espacio para aislar a las personas con síntomas o a los empleados contaminados, seguramente estaríamos hablando de otros números.

Hace décadas se puso la mirada en los servicios de atención domiciliaria -y más recientemente empezamos a hablar de servicios centrados en la persona- para intentar que nuestros mayores pudieran mantener el vínculo con sus familias, vecinas, amigas, en definitiva, su barrio y su entorno más próximo. Una alternativa a la residencia alejada de su casa que, con el tiempo, ha demostrado que es un acierto y que constituye sin duda un modelo de cuidados a potenciar. La manera de hacerlo es mejorando los servicios, su calidad y flexibilizando la atención. Me refiero a que las necesidades de los mayores que viven solos son cambiantes, y más ahora, porque pasan días enteros sin hablar o compartir sus miedos con nadie, no ven a la familia (muchos no disponen o no saben utilizar las herramientas tecnológicas como los móviles o los ordenadores), requieren cuidados personalizados para el aseo, la comida…

Hoy más que nunca tenemos que defender que los servicios de atención domiciliaria que se prestan desde el Ayuntamiento proporcionen una atención integral real y coordinen sus cuidados con el apoyo familiar, el voluntariado, la participación comunitaria y la atención sanitaria. Y, naturalmente, teniendo en cuenta las decisiones y elecciones de las personas mayores.

Es responsabilidad de los gobernantes garantizar el bienestar físico y psicológico de la ciudadanía, èn especial de personas mayores. Porque en estas semanas son las más vulnerables, las que más nos necesitan y porque estamos en deuda con ellas. No podemos permitir el sufrimiento y el dolor de las personas que trabajaron y lucharon por construir la sociedad en la que vivimos, nos allanaron el camino y nos cuidaron.

El marco en el que nos movíamos se acaba de romper y toca reconstruirnos. Mirar hacia adelante, adaptar nuestros recursos para ser no sólo eficaces sino excelentes. Aprendamos de los errores y avancemos construyendo pero, sobre todo, cuidando.

Mar Barberán

Concejala de Más Madrid en el Ayuntamiento de Madrid

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