Hace unos días, durante el Foro de La Toja, Alberto Núñez Feijóo afirmó que el populismo es una fábrica de antagonismos. Y es cierto.
Hasta los noventa, la cuestión sobre quién era quién y qué defendía cada uno estaba clara. Teníamos a la izquierda, en una escala infinita de intensidades del rosa al rojo oscuro y, al otro lado y también con matices, estaba la derecha. Estado frente a mercado, igualitarismo frente a igualdad de oportunidades, colectivo frente a persona.
En posiciones extremas, este debate se reducía a un binomio muy simple, tiranía frente a libertad. Pero en su versión más moderada, abría un espacio nada desdeñable para un entendimiento centrado, el mismo que hizo posible, por ejemplo, culminar con éxito la transición a la democracia tras cuarenta años de autoritarismo.
Llega 1989 y todo, no sólo una pared, se viene abajo para la izquierda. Como el progreso individual es cada vez más viable, como el bienestar material avanza en todas partes, no hay un proletariado ansioso de abrirse paso degollando oligarcas, sino trabajadores que quieren un futuro mejor.
El encantamiento comunista se deshace: no había una dictadura del proletariado previa a la desaparición de las clases sociales, había una dictadura ocultando la mayor miseria conocida en la Historia por los pueblos a los que sojuzgó durante buena parte del siglo XX.
La respuesta a esta crisis existencial la encuentran los autoproclamados progresistas en la singladura de un nuevo conflicto, cambiando la lucha de clases por el populista choque de identidades. Una fuente inagotable de discordia entre las personas que hace posible colectivizar de nuevo a los individuos para enfrentarles y perpetuar la tensión sin la que la izquierda es incapaz de prosperar.
Una máquina cultural que lleva treinta años produciendo a plena capacidad brechas sociales imaginarias en torno a cualquier excusa para el agravio: género, credo, etnia, ideología… todo lo que en las sociedades libres está expresamente protegido frente a la discriminación, se torna argumento para generar nuevas discriminaciones siempre que alguien se sienta lo suficientemente ofendido.
Las derivadas no son sencillas porque cuando tantos se empeñan en crear tamaña variedad de problemas se pueden producir conflictos de etiquetado, como le ocurre a la coalición gubernamental a cuenta del feminismo.
Nuestra izquierda madrileña, desnortada como la de otros lugares, aplica este manual de instrucciones con entusiasmo. Cada grupo en su propio nivel de antagonismo. Todos infantiles, pero con diferente grado de sofisticación.
Para entendernos -y pidiendo prestado a la Warner Bros-, los de Belarra son un trasunto del Demonio de Tasmania, aparecen rodeados de ruido y furia, causan un gran revuelo y lo ponen todo patas arriba, pero nadie entiende nada de lo que dicen y se marchan como llegaron -bueno, un poco más casta de lo que llegaron.
Luego tenemos a los socialistas, errando el tiro desde 1995, como los perseguidores de un Bugs Bunny azul y castizo al que son incapaces de capturar. Unas veces se presentan como el bonachón Elmer, otras como un enloquecido Yosemite Sam, dejando volar su mostacho rojo.
Pero quien mejor encarna ese antagonismo de caricatura, más por imitación que por mérito propio, son los cuadros del partido errejonista. Su conducta no podría parecerse más a la del Coyote en su persecución del Correcaminos ni adrede. Son los más contumaces planificadores de estrategias para cobrarse su pieza… sin éxito. Pero además son como el personaje de marras en otra cosa: su fe ciega en la adquisición de todo tipo de inventos para conseguir sus objetivos, principalmente en la casa ACME (la Compañía Americana que Fabrica de Todo).
Vale lo mismo una foto ecologista en patinete que el reparto movilizador de florecillas y caramelos a diez días del encierro domiciliario de todo un país. O las camisetas con mensajes, aunque sean en inglés, disfrazándose de una congresista demócrata estadounidense sin que a nadie aquí le importe tal audacia, más propia de Mortadelo que del Coyote.
Traer a colación los artefactos dialécticos que incorporan al debate en busca de nuevas fracturas a explotar políticamente ocuparía páginas enteras, o libros. Ya lo está haciendo, y material no falta para ello, porque la pretensión del populismo divisivo no es otra que la de reescribirlo todo, cambiar el relato, incluyendo el escenario mismo en el que se plantea la contienda política.
No lo lograrán -desde luego no en Madrid- y harían bien en recordar que, aunque momentáneamente existen ocasiones en las que el Coyote queda suspendido en el aire como si la gravedad no le afectara, indefectiblemente acaba -y acabará siempre- despeñado.