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Getafe y las cáscaras de pipas

lunes 02 de septiembre de 2019, 10:56h

De las prohibiciones más pintorescas que recoge la nueva ordenanza municipal en Getafe, destaca, sin lugar a dudas, la de escupir, o arrojar, cáscaras de pipas al suelo, una desobediencia que puede acarrear multas de hasta 3.000 euros, cantidad con la que se podría comprar, al menos, una tonelada de esta semilla del girasol, o de la calabaza, tan consumida en España, y que preocupa de forma extraordinaria al gobierno de Getafe, tanto, que pone mayor celo en acabar con esta práctica, que con la de los excrementos caninos abandonados en aceras, paseos, parques, jardines y zona infantiles.

En la década de los años sesenta, existía en Puente de Vallecas, en la calle de Peña Prieta, un cine, abierto para refrescar el tedio y el sudor de los vallecanos, en las tórridas noches del verano. Su nombre era “Cine Nacional”, pero los asiduos lo conocíamos popularmente, como el “Cine de las pipas”. Y ya se puede imaginar por qué. Durante la proyección de aquellas películas de la época, mientras en la pantalla aparecían las imágenes de “Botón de ancla” o “La tonta del bote”, los espectadores consumían pipas con gran fluidez, dejando el suelo del recinto alfombrado por una espesa capa de cáscaras. El nieto de la señora Libertad, la octogenaria que vendía pipas a granel y chucherías en un puestecito de la calle del Doctor Lozano, se encargaba de la limpieza del cine a la mañana siguiente de una noche de proyecciones. Y se medía la asistencia al mismo por la cantidad de cáscaras que recogía: “MI nieto dice que, anoche, estuvo el cine hasta los topes, pues ha sacado más cáscaras de pipas que nunca”, según la anciana.

Han cambiado muchos los tiempos, los escenarios y los hábitos de consumo de esta semilla, pero no la costumbre de escupir y tirar al suelo sus cáscaras. El Ayuntamiento de Getafe quiere poner freno a este fenómeno, que, particularmente, me parece menos inquietante que el de los excrementos caninos sin recoger por los dueños de los animales, pero es que siempre hay razones que lo explican todo: ¿cuántos consumidores de pipas hay? ¿cuántos propietarios de perros?... Y es que: cada perro, es un voto, o más.

Allá por el siglo XIX, los madrileños no se enmendaban de su mala costumbre de utilizar las calles como evacuatorio público, y el alcalde, Duque de Sesto, no tuvo más remedio que imponer severas multas a los que miccionaban en la vía pública. No lo aceptó con agrado la mayoría, y por Madrid aparecieron cientos de octavillas, con esta cuarteta:

¿Cuatro duros por mear?

¡Caramba! ¿Qué caro es esto!

¿Cuánto lleva por cagar

el señor Duque de Sesto?

No se descarta que en Getafe aparezca alguna coplilla como ésta:

¡Tres mil euros por tirar

al suelo cáscaras de pipas!

¿Cuánto nos han de cobrar

si se nos suelta la tripa?

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