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La energía secuestrada

La energía secuestrada

Por Javier Cremades
viernes 01 de agosto de 2008, 00:00h
La energía se ha convertido en los últimos años en una de las cuestiones más complejas y atractivas de cuantas conforman la agenda pública de las sociedades occidentales. Trascendiendo las cuestiones técnicas propias de la opinión pública especializada el mundo entero debate sobre el precio de la energía, las más eficientes formas de generarla, la protección del medioambiente y el cambio climático, la continuidad del abastecimiento, los conflictos internacionales en torno a los países productores de petróleo. El primero de los debates que enfrentaron a los dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, al demócrata Barack Obama y el republicano John McCain tuvo como eje principal las cuestiones energéticas.

En aquel país ha comenzado incluso un debate sobre si el derecho a las fuentes de energía que hoy conforman el grueso del suministro (las fósiles) es fundamento suficiente para una nueva batalla de derechos civiles, donde unos tratan de conservar el acceso a las fuentes seguras y otros –como Al Gore y otros- tratarían supuestamente de impedirlo a través de su discurso en torno al cambio climático, que condiciona el acceso a nuevas perforaciones en territorio federal y la explotación de los necesarios recursos disponibles.

Detrás de unas posiciones y otras existen grandes debates ideológicos que con frecuencia se sustentan en afirmaciones asentadas en la conciencia colectiva que no han sido cuestionadas. También en España estamos asistiendo a como el intrincado debate sobre la energía supera las estrechas fronteras del sector para ocupar la primera fila del debate público: las tarifas eléctricas –el recibo de la luz-, el alza del precio del crudo, la energía nuclear... Sobre estos temas gravitan algunos de los más increíbles dogmas, que han sido impuestos y aceptados por la opinión sin apenas debate y que condicionan el alumbramiento de consensos sociales nuevos y modernos, adecuados y necesarios para responder a la compleja situación que el mundo, también España, debe afrontar en torno a la cuestión energética. Si no se produce un debate con cierta profundidad que combata los tics, dogmas y falsos mitos que componen el fundamentalismo energético, la factura y nuestra relación con la energía se complicarán y dificultarán cada día más.

Desde la noche de los tiempos el hombre ha vivido fascinado por la energía. Se podría escribir nuestra historia como la de un esfuerzo continuo para dominar las fuerzas de la naturaleza y aprovechar su potencial. Ya los mitos más antiguos nos permiten vislumbrar los entresijos de los episodios más primitivos de esa lucha por obtener energía, empezando por el fuego. Los griegos contaban de un héroe, Prometeo, que arrebató la poderosa llama del Olimpo para entregársela a los hombres. Como venganza, el poderoso Zeus le encadenó a una roca del Cáucaso para que un águila le torturara diariamente, pues la inmortalidad de Prometeo hacía interminable su sufrimiento.

Parecería que, tras vengarse de Prometeo, ahora los dioses estén castigando también al hombre que se aprovecha de la energía. Por un lado, la energía cada vez es más cara. El petróleo ha alcanzado precios astronómicos y el gas natural sigue esa tendencia. Por otro lado, la hipótesis del cambio climático nos advierte del peligro de las excesivas emisiones de CO2, por lo que el carbón nos ocasiona graves problemas medioambientales. Desgraciadamente, las energías renovables, como la eólica y la fotovoltaica, todavía son demasiado caras para sustituir las energías fósiles. Y una alternativa de la energía nuclear, eficaz a día de hoy, suscita todavía muchos recelos en la opinión pública y, consecuentemente, entre la clase política.

El panorama resulta inquietante. El desarrollo económico y social de la humanidad parece navegar entre la Escila de la escasez de energía y la Caribdis del calentamiento global. ¿Cómo podemos proseguir sin percance nuestra travesía hacia el futuro?  Apolonio de Rodas nos cuenta que los únicos que fueron capaces de evitar ambos peligros fueron Jasón y sus argonautas, gracias a la guía de Tetis, una de las nereidas del mar. Se impone, también para nosotros, la necesidad de pararnos a reflexionar y analizar el problema acudiendo a la orientación de los expertos.

Entre los especialistas domina la opinión de que la energía no es un tema, sino un mosaico de cuestiones entrelazadas mucho más complejas de lo que llega a la opinión pública. Los técnicos más independientes coinciden en señalar que esa complejidad se ha agravado en las últimas décadas por los mensajes de las distintas partes interesadas. Cada vez resulta más claro que nos han impuesto una serie de afirmaciones que debemos compartir sin rechistar. Son los nuevos dogmas que enarbolan los actuales profetas del fundamentalismo energético.

La intolerancia con que se pretenden imponer los dogmas energéticos dificulta el conocimiento de lo qué está pasando realmente con la energía. Si no podemos discenir entre la realidad de la energía y la retórica de la energía, nos exponemos fácilmente a tomar decisiones contrarias nuestros propios intereses. Por ejemplo, de una parte los productores de energía insisten mucho en la importancia de sus recursos para el desarrollo económico pero tienden a minimizar su impacto ecológico. De otra, muchos ecologistas demonizan las energías fósiles sin reconocer que son las únicas que funcionan actualmente y sin mencionar su contribución a la conservación del medioambiente.

El dogma de la existencia de energías buenas y de energías malas es sólo el principio. Hay muchas otras cuestiones que conviene preguntarse: ¿Es cierto que la energía es barata? ¿Se están acabando las fuentes de energía fósiles? ¿Cuánto nos cuestan las energías renovables? ¿Qué impacto medioambiental tienen?  ¿Debe intervenir el Estado en el sector energético? ¿Por qué el precio del petróleo está liberalizado, mientras que el de la electricidad no? ¿Son las grandes compañías energéticas una muestra del capitalismo voraz? Deberíamos hacernos estas y otras cuestiones parecidas cada vez que somos empapados con la consabida catarata de tópicos.

Para manejarse en la maraña de los conceptos técnicos y económicos que salpican estos temas resulta muy útil contar con unas cuantas ideas claras. La más importante es saber que en el suministro de energía se deben cumplir tres principios básicos: la máxima seguridad de aprovisionamiento, el menor impacto medioambiental y al menor coste posible. Normalmente, se suele enfatizar alguno de estos elementos en detrimento del resto. Pero ocurre como con un trípode: si una pata falla, el desequilibrio es fatal.

Además, hay que tener en cuenta que la energía es un recurso clave que afecta a las relaciones internacionales. Un ejemplo claro lo hemos visto, principios de 2007, cuando  se presentó un paquete integrado para una política energética común en la Unión Europea. El modelo que se propone busca, precisamente, garantizar el equilibrio entre seguridad energética, competitividad y sostenibilidad medioambiental. Tres factores que se corresponden con los tres pilares de nuestro trípode, y que se han concretado en una política con tres ejes básicos: la creación de un auténtico mercado interior liberalizado de la energía, el impulso a las renovables y la mejora del ahorro y de la eficiencia energética.

Necesitamos un consumo responsable de energía. Promover esa nueva cultura exige comprometerse a compartir el esfuerzo necesario para asegurar a nuestros hijos una energía sostenible. Ese compromiso comienza con un consumo responsable, que paga lo que cuesta la energía. Sólo si todos ponemos algo de nuestra parte, se hará realidad la lucha contra el cambio climático sin perjuicio del desarrollo económico necesario para sacar de la pobreza a millones de personas.

Este texto corresponde a la 'Introducción' de su libro: 'El fundamentalismo energético'
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