Este tórrido sábado Madrid concentraba, como si de una rara confluencia astral se tratase, la que sin duda ha sido la mayor oferta musical del año en la capital. Las razones poco tienen que ver, sin embargo, con mecánicas celestes y sí mucho con un arduo pulso entre promotoras por llevarse al agua el gato capitalino de los festivales veraniegos, en lo que es ya una guerra abierta que roza tintes absurdos de saturación que difícilmente podrán mantenerse en años venideros.
De este modo, mientras en Boadilla del Monte se celebraba la segunda jornada del Summercase, el Auditorio Juan Carlos I acogía la primera incursión en la capital, a modo de tanteo, del veterano FIB, en lo que se ha dado en llamar Saturday Night Fiber, bajo un sol de justicia (que hacía especial mella en la grada VIP) y con una asistencia que sin duda se vio incrementada por descuentos de última hora.
La jornada tuvo su primer acicate en los Babyshambles. La correcta actuación del grupo del controvertido Pete Doherty fue celebrada por una legión de jovencísimos fans, en su mayoría clónicos del muñeco drogota, sombrerito incluido. Siouxsie, plena de forma física y de simpatía, aunque previsible y aburrida en lo musical, también contó con su correspondiente cupo de incondicionales, más oscuros y más entrados en edad. Caída la noche, los dos platos fuertes estaban listos para servir.
Lo de Morrissey con Madrid era una deuda sangrante. Desde aquel legendario concierto gratuito de los Smiths en el paseo de Camoens, en 1985, no había vuelto a visitar la capital. El propio Mozz lo recordó con humor, y es muy probable que fuese de algún modo consciente de la importancia de esa herida abierta, a tenor del excelente concierto que ofreció. Con modos espléndidos de divo y un acertado repertorio atemporal, hizo saltar las lágrimas a más de un fan y complació sobradamente a todos los presentes.
My Bloody Valentine, por su parte, tenían una cuenta pendiente con la historia del rock en general. El grupo que llevó el ruido a dimensiones antes insospechadas, que ha tocado al volumen más alto jamás oído, que hizo quebrar a su discográfica con el parto más difícil que un disco haya tenido -el mítico Loveless (1991)-, llevaba 16 años mudo. La leyenda les daba por sordos. Fabuloso as en la manga el de los responsables del FIB al traerlos a Madrid en su regreso a los escenarios.
Capas y capas de ruido, de vapor y de colores acuosos y la sensación de estar frente a la turbina de un avión en marcha hicieron del concierto de My Bloody Valentine una experiencia difícilmente repetible, excitante e hiriente a partes iguales. Algunos se tapaban los oídos mientras otros se ayudaban con las manos a modo de orejas de soplillo para captar mejor su densidad. Daba igual, el sonido se escuchaba en el estómago. Los veinte minutos de su última canción son difícilmente adjetivables.
Después de esto, Hot Chip poco pudieron hacer para resultar más que una mera transición hasta el animado show de Mika, un infalible espectáculo de variedades, divertido y colorista, que a modo de dulce postre hizo brincar y bailar al público más festivo e incombustible. De lo que no cabe duda es que las bochornosas noches del verano madrileño agradecen eventos como este.