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Madrid celebra el primer centenario

Madrid celebra el primer centenario

Por Isabel Hernández de Diego
miércoles 16 de abril de 2008, 00:00h
Si las calles de Madrid pudieran sentir, quizás despertarían el próximo 2 de mayo con una ligera sensación de "ya visto". Hace cien años, una 'brillantísima jornada' daba paso a seis días de festejos y pompa en homenaje al levantamiento en las calles de Madrid contra las tropas napoleónicas. Fue una fiesta muy del gusto de la época, en la que el Rey, el Ejército y el clero fueron los protagonistas, acompañados siempre por las aclamaciones y la admiración de un pueblo curioso y entregado.

El Dos de Mayo de 1908, la capital se vistió de gala. Apenas amanecía cuando una romería incesante de madrileños acudió desde todos los puntos de la capital hacia la plaza del Dos de Mayo, convertida en el epicentro del Centenario. Cerca de la plaza, los balcones adornados con colgaduras reventaban de vecinos, ansiosos por no perderse ni un ápice de lo que iba a ocurrir en torno al Arco de Monteleón.

En un altar instalado bajo la puerta y entre una profusión de guirnaldas y coronas de flores confeccionadas por los vecinos, se ofició la misa con la que se iniciaron los festejos. En frente del Arco, en un lugar privilegiado, se alzaba una lujosa tribuna reservada a la Familia Real. Dada la ilustre concurrencia y para prevenir incidentes -Mateo Morral había intentado asesinar al rey dos años antes, el mismo día de la boda real- el regimiento de Sitio vigilaba las calles y una imponente verja de fusiles y bayonetas caladas cercaba la plaza.

Apenas eran las 8.30 cuando toda la Familia Real, excepto la Reina Victoria, a punto de dar a luz, hacía su aparición. Un revuelo de claveles y mantillas recorrió la multitud y cientos de cabezas se giraron intentando vislumbrar el paso de Alfonso XIII y del pequeño Alfonso, el primer hijo de la pareja real, que apenas había cumplido un año.

Media hora más tarde, el homenaje cambiaba su escenario. El rey y todo su séquito de personajes notables- entre ellos el alcalde, entonces el conde de Peñalver- se trasladaron en carretelas descubiertas a la basílica de San Francisco el Grande. Allí, sobre un negro catafalco esperaban las dos tumbas de Daoiz y Velarde que se conservaban por esa época en San Isidro el Real y que no serían llevados hasta 1914 al monumento en su honor del Paseo del Prado. De nuevo, los ‘elegantes’, que abarrotaban la basílica, asistieron durante una hora y media a otra ceremonia religiosa.

Acabada la segunda misa, el rey y su brillante séquito marcharon a pie por las calles, precedidos por las banderas de la Guerra de la Independencia, en dirección al paseo del Prado. Cuentan los cronistas, que la respiración de la comitiva se detuvo por un instante cuando Alfonso XIII, se paró en seco ante el número 88 de la calle Mayor y alzó la vista al balcón desde el que Mateo Morral le había lanzado la bomba el día de su enlace. La multitud, tras un impresionante silencio, prorrumpió en espontáneos aplausos ante el gesto del monarca.

Cercano ya el mediodía, la concurrencia disfrutó de un original desfile de carrozas en el paseo del Prado. Tres vehículos alegóricos enviados por las Diputaciones, mostraban a los madrileños las bellezas de otras regiones. Especialmente curiosa fue la de Castilla la Vieja, en forma de castillo, custodiado, nada menos, que por matronas castellanas pertrechadas con herramientas de labrar. Un solemne desfile militar siguió a las carrozas.

A las cinco de la tarde, se homenajeó al tercer militar que se haría célebre en el levantamiento de 1808: Jacinto Ruiz. Los miembros de la Comisión organizadora pasaron, uno a uno, ante la estatua del teniente, la saludaron militarmente y le arrojaron una flor. Al anochecer, el pueblo celebró la fiesta hasta altas horas de la madrugada y apenas era posible dar un paso en las cercanías de la plaza del Dos de Mayo. En el resto de la ciudad, los edificios oficiales brillaban iluminados para la ocasión.

Una semana de festejos

El programa de homenajes que se rindieron en aquellos días a los sublevados fue muy extenso. Los niños fueron protagonistas del segundo día de fiesta, con un divertido desfile de batallones escolares en el que participaron todos los colegios de la capital. El día 4 se inauguró en la glorieta de San Bernardo el monumento 'Al pueblo del Dos de Mayo' y por la tarde se organizó una excursión a Móstoles, donde el alcalde de la villa descubrió una estatua en memoria de su homólogo de 1808.

Y la mañana del día 5, Alfonso XIII descorrió las cortinillas que cubrían tres lápidas en honor a 'Los Héroes del 2 de Mayo', en la plaza del mismo nombre, en las Reales Caballerizas y en la Real Casa de Correos en la Puerta del Sol. Una sesión de zarzuela en el teatro Apolo y una becerrada estudiantil, cerraron una intensa semana de celebración cuyas huellas pueden verse, aún hoy, repartidas por la geografía urbana madrileña.

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